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MENSAJE DE CUARESMA 2005

Diócesis de Jujuy

“CONVERSIÓN CAMINO A LA COMUNIÓN”

 

Queridos sacerdotes, consagrados, familias y  comunidades cristianas

         “De la cabeza a los pies”

Este es el recorrido de la Cuaresma, este es el camino de conversión y de renovación que nos pide al Señor en este tiempo.

Las cenizas que recibimos en nuestra cabeza al comienzo de la Cuaresma nos ayudarán a “lavar los pies de los hermanos” en el jueves santo para poder luego sentarnos a la mesa para celebrar la Eucaristía.

Si no hacemos este camino no podremos concientemente celebrar nuestra Pascua de Resurrección.

Toda la Cuaresma es una preparación para esta celebración de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es la proclamación de su triunfo sobre la muerte y el pecado, es el paso de la mezquindad a la generosidad, del egoísmo a la solidaridad, de la ambición a la humildad, del poder que oprime al servicio que dignifica a todos los miembros de la comunidad.

El Papa nos recuerda en su carta de Cuaresma de este año:

“La Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado”.

 

Es para todos nosotros un “tiempo propicio para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina”, y por lo tanto  para mirarnos por dentro como persona y como Diócesis:

Estamos celebrando todavía los setenta años de nuestra Diócesis. Ha sido y es una celebración que nos ha hecho mirar para atrás, recordando los pasos hechos hasta el momento, una historia vivida con alegrías y sufrimientos, con aciertos y dificultades que a veces nos han hecho claudicar.

 Hemos dado gracias y pedido perdón.

Hemos constatado como el Santísimo Salvador nos ha guiado junto con su Madre María  del Rosario de Río Blanco y Paypaya para que anunciemos el Evangelio en este mundo que quiere cada vez más prescindir de la presencia de Dios en las estructuras de nuestra sociedad…

Hemos gozado de los logros de tantos años de evangelización, fruto del esfuerzo generoso de tantos sacerdotes, religiosos y laicos.

Hemos constatado el camino de madurez de tantos cristianos que asumen cada día más su compromiso de ser evangelizadores en su lugar de trabajo y en los barrios.

Nos hemos propuesto ser una “Iglesia servidora y misionera”, “signo de esperanza para nuestra sociedad”, una “Iglesia que con María construye el Reino de Cristo”.

Todo esto es un ideal hermoso que nos esforzamos de hacer realidad. Para eso nos han ayudado y nos seguirán ayudando mucho las Asambleas diocesanas, las asambleas parroquiales, todas las estructuras que nos permiten crecer en nuestra respuesta comprometedora de ser Iglesia que mira al Jesús del Evangelio como maestro y a la realidad humana como destinatario de nuestro trabajo pastoral.

 

Debemos tomar conciencia cada día más que necesitamos de una conversión cotidiana: “Conviértete y cree en el Evangelio”, se nos dice a cada uno el miércoles de cenizas cuando sobre nuestra cabeza el celebrante pone un poco de ceniza que nos recuerda la fragilidad humana y la grandeza de la misericordia de Dios.

Con humildad la recibimos para después vivir la conversión fruto de la apertura del corazón al Evangelio de Cristo, que nos habla de amor, de unidad, de servicio, de triunfo a través de la cruz.

Y la Cuaresma termina el Jueves Santo con la Eucaristía: Misterio de misericordia, de presencia en medio de nosotros, pero sobre todo misterio de la entrega total de Cristo en la Cruz, para lavarnos de nuestros pecados, para darnos la vida nueva.

En el Evangelio de Juan no encontramos la descripción de la institución de la  Eucaristía: Juan la sustituye con el lavatorio de los pies. Jesús se entrega al servicio humilde, sacándose el manto (su dignidad divina) y haciéndose siervo (se pone la toalla) para lavar los pies de los discípulos, también de los que luego lo negarían, del que lo traicionaría. Se entrega dándose todo por amor. Completará este servicio a los hombres con su muerte en la cruz, para lavar todos los pies (los pecados de la humanidad entera) e invitarnos luego al banquete donde nos habla de amor, de unidad, de amistad.

La Eucaristía que celebramos el jueves santo debe llegar a ser la conclusión de este itinerario cuaresmal que nos ha ayudado a convertirnos interiormente, a adherir al proyecto de Dios en nuestra vida. La conversión no es solamente pasar de una vida  de pecado a una vida de gracia, sino es sobre todo para el cristiano comprometido  pasar de la indiferencia al entusiasmo por Cristo; de la resignación a la decisión de cambiar el mundo con la fuerza de la Palabra hecha vida; de la preocupación por uno mismo al compromiso por el hermano; de una lectura individualista de los acontecimientos a una lectura de los signos de los tiempos con el espíritu de Cristo; de una actitud de comodidad  a un jugarse por la justicia y la verdad; de un mirar desde la otra vereda a un sentirse involucrado por todo lo que sucede con el empeño de transformarlo.

De esta manera también nosotros con Jesús lavaremos los pies a los hermanos, sin mirar a quién y sin tener miedo que no nos respondan con la misma medida generosa.

La Eucaristía no es solamente un encuentro personal e íntimo con Jesús, es sobre todo un dar la vida con Él, como Él y para Él.

El Sacerdote, el consagrado, el laico que participa de la Eucaristía no puede salir de la celebración como entró: Cristo lo envía a “lavar los pies” de los pobres, los desocupados, los desprotegidos, los que están solos, los que han perdido el rumbo de la vida, los que han perdido el sentido de su Bautismo.

En este año dedicado a la Eucaristía, asumamos como un desafío lo que nos propone Juan Pablo II: ¿Porqué, pues, no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades diocesanas, y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo?

No olvidemos que en nuestras comunidades  hay muchos “pies para lavar”; hay muchas heridas para sanar, hay muchas separaciones para unir; hay mucho “polvo” para limpiar…

Si empezamos con el acto de humildad de las cenizas nuestra Cuaresma, podremos concluir con la alegría de la Cena del Señor que es mesa compartida, pan partido para la salvación de todos, esperanza de unidad y de amistad con Cristo y con cada hermano que se debe sentir amado por Jesús que vino para salvar a todos y que nos llama a todos “amigos”.

Que esta Cuaresma nos ayude a caminar hacia la verdadera Comunión, con Cristo y con los hermanos y así con toda la alegría del corazón celebraremos la Pascua del Señor, el Paso a la verdadera vida.

De corazón los bendigo  y les deseo que como familias cristianas y como comunidades de fe vivan este tiempo de gracia con el entusiasmo de los que se sienten purificados, perdonados, amados por Dios.

Su padre obispo Marcelo Palentini