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HOMILIA MISA CRISMAL

 Mar del Plata, 23 de marzo de 2005

Año de la Eucaristía

  

Queridos hermanos Sacerdotes

Queridos Diáconos, Consagrados y Consagradas

Queridos hermanos:

  

                 Esta Eucaristía que el Obispo celebra con su presbiterio y rodeado del pueblo fiel, tiene un profundo sentido para nuestra Iglesia Diocesana, pues pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Y tiene un hondo significado y valor para nuestro presbiterio, puesto que en la consagración del Santo Crisma y en la bendición de los Óleos, son testigos y cooperadores del Obispo de cuya sagrada función participan para la construcción del pueblo de Dios, su santificación y su conducción.

                 Santo Crisma y oleos benditos que luego serán para toda la Diócesis materia de varios sacramentos. Oleos y Crisma que serán llevados por los sacerdotes a sus parroquias, para santificar a su pueblo, porque una vez más, hoy,  escuchan la voz del Señor que les renueva la elección y la misión, ¿me aman? para que movidos por su respuesta  de amor a Él sean fieles administradores de los misterios de Dios para servicio de la Iglesia, como se comprometieron el día de su ordenación,  y que hoy renovarán con nueva generosidad y entrega, delante de todos ustedes a quienes quieren servir. Nuestra vida, queridos hermanos, no tiene sentido, sino no es para servir a ustedes. Nadie se ordena sacerdote para sí. Sólo para la edificación del reino.

                 El centro de toda la liturgia está iluminada por las palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar en la primera lectura, y que Jesús se aplica a si mismo en la Sinagoga de Nazaret: " El Espíritu del Señor está sobre mi, porque el Señor me ha ungido". Él es el "Cristo", es decir el verdadero Rey Sacerdote y Profeta. Enviado por el Padre para anunciar la Buena Nueva. Y nosotros, queridos sacerdotes, hemos sido consagrados, para participar del único sacrificio de Cristo. Hemos sido "ungidos" para perpetuar la misión del que fue "enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y proclamar el año de gracia del Señor" ( prefacio)

                 Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual y de nuestras diócesis, donde es patente la escasez de sacerdotes, es fácil entender que el sacerdote está muy expuesto al peligro de la dispersión. Su vida está compuesta por un sin número de tareas diferentes, urgentes e importantes que requieren toda su atención. Por eso, no resulta difícil caer en una disipación del trabajo en la que se pierde la unidad. Y, sin embargo, nos damos cuenta de que necesitamos esa unidad en nuestra vida. Los sacerdotes, el obispo, los cristianos, necesitamos esa unidad de nuestras facultades, de nuestros deberes, de nuestras actividades y trabajos para no sentirnos fuera de nuestro ser, para no caer en el activismo.

                 Hace falta un principio poderoso que anime nuestra vida sacerdotal, nuestro ministerio. Necesitamos un anclaje en medio de esta continua tensión entre el ser y el hacer, entre nuestras debilidades y la exigencia de santidad. Necesitamos un anclaje para entender y entendernos, para comprender el mundo y transformarlo según el Evangelio, para conocer a los hombres y guiarlos en su santificación, para aprender y enseñar, para santificarnos y santificar. Necesitamos llegar al centro de nuestra identidad para entendernos, para saber quiénes somos, cuál es nuestra misión. ¿Y cuál es nuestro centro? ¿Dónde está el ancla de nuestro ministerio, la roca sobre la que edificamos nuestra vida de cada día? ¿Qué es lo que nos sostiene?

              La respuesta ya la conocemos: La Eucaristía en el centro de la vida del sacerdote y de la Iglesia. Fuente y culmen. No podemos perder de vista que la Eucaristía es "la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, "somos en cierto sentido por Ella y para Ella. Nacimos junto a Ella, en el Cenáculo. Nunca nos podremos realizar si Ella no se convierte en el centro y la raíz de nuestra vida, de tal manera que toda nuestra actividad  deba ser la irradiación de la Eucaristía.

                 Permítanme que haga referencia a la carta, que como todos los años, nos envía el Santo Padre con ocasión del Jueves Sacerdotal, esta vez, como seguramente ustedes saben, la escribió desde el Policlínico Gemelli. Es una carta muy bella y densa, que aconsejo vivamente su meditación, porque nos señala un verdadero camino espiritual para llegar a ser sacerdotes profundamente eucarísticos. El Santo Padre, nos presenta las palabras de la Consagración, que pronunciamos cada día in persona Christi, como una verdadera "fórmula de vida", que se desprende de esa identificación tan profunda entre Cristo y el sacerdote cada vez que pronunciamos: "Tomad y comed este es mi cuerpo...Tomad y bebed esta es mi sangre". Palabras que transforman y nos van transformando desde lo más intimo dándonos una existencia nueva. Y esta existencia nueva tiene que ser profundamente agradecida, entregada, salvada para salvar; una existencia que recuerda, que hace memoria; una existencia "consagrada", orientada a Cristo.

                 Sería muy largo hacer mención a cada una de estas características de nuestra existencia según nos enseña el Papa, pero quiero detenerme en una de ellas, que hace referencia especial al día de hoy. Toda la liturgia nos habla de unción, de consagración. Mis hermanos nuestra existencia es consagrada, hemos sido ungidos con el Santo Crisma... (bautismo, confirmación, Orden Sagrado).. también nosotros somos "un Misterio de fe". "De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar." Somos consagrados, no nos pertenecemos, somos propiedad exclusiva de Dios.

                 Signo de esta consagración será claramente nuestro amor, nuestra devoción, nuestra piedad para tan gran sacramento. Estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

                 Como Iglesia Diocesana estamos empeñados a dar una mejor respuesta a las Líneas Pastorales Navega Mar Adentro, y por eso nos preparamos para la Asamblea Diocesana; "en este contexto de la nueva evangelización, nuestro pueblo tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de « ver » en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad de esto particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán, ciertamente, vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote « conquistado » por Cristo (cf. Flp 3, 12) « conquista » más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura."

                 Mis hermanos sacerdotes, le pido la gracia a Dios para que nos ayude a todos ha descubrir cada día más a Cristo Eucaristía, para que desde allí, con su fuerza, se encienda el amor apasionado a nuestro pueblo, y por él seamos capaces de dar la vida. Evangelización, misión, caridad desde los sagrarios hasta cada uno de nuestros hermanos especialmente los más queridos por Jesús. Gracias por todo lo que trabajan, adelante no se cansen, Jesucristo camina junto a nosotros, Él ilumina con Su Palabra nuestra inteligencia y el corazón y se nos manifiesta en la fracción del Pan.

                 Queridos consagrados y laicos: recen por nosotros, necesitamos su oración y su apoyo. La Nueva Evangelización es tarea de todos, hay lugar en la Iglesia para todos, vivimos un momento apasionante para anunciar a Jesucristo en nuestro mundo confundido. No es momento de claudicaciones o indiferencia. Contemplemos los misterios de Jesús en estos días y después ¿podremos dejarlo?.

                 Quisiera, para terminar, pedirles a todos un compromiso... que la próxima fiesta de Corpus Christi sea nuestro gran acto diocesano en este año Eucarístico ; agradecer el gran don de la Eucaristía, rezar por el aumento de las vocaciones, para que en todos los rincones de la Diócesis llegue la presencia del Señor y por la próxima asamblea diocesana para que el Espíritu suscite en nuestra Iglesia un nuevo celo por la evangelización.

                 Que María, Santísima nos ayude a todos a contemplar el rostro de Cristo, ella es nuestra gran maestra. En la encíclica sobre la Eucaristía el Santo Padre la ha presentado también como «Mujer eucarística» (cf. n. 53). "¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo debemos estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas."

                 A ella le pido con toda confianza: " Madre que la Diócesis de Mar del Plata, descubra en este año, que en la Eucaristía está la fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia.