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HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO MONS. JOSE MARIA ARANCEDO

 

DURANTE LA MISA CRISMAL

presidida en la CATEDRAL METROPOLITANA

23 de Marzo de 2005

 

 

  

 

Queridos hermanos:

 

1 - Próximos a iniciar junto a nuestras comunidades la celebración del Triduo Pascual la Iglesia nos habla, con la riqueza de la liturgia de la Misa Crismal, de nuestra identidad como miembros del Pueblo de Dios. Oh Dios, rezábamos en la oración colecta, "que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo, Mesías y Señor, y a nosotros, miembros de su Cuerpo, nos haces partícipes de la misma unción".Tomar conciencia de esta verdad, mis queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, laicos y seminaristas, tomar conciencia de que es la misma unción del Espíritu la que constituye a Cristo, Mesías y Señor, y a nosotros miembros de su Cuerpo, es comprender la grandeza del don recibido como el sentido eclesial de nuestras vidas. Para actualizar el significado teológico y pastoral de esta unción del Espíritu Santo la Iglesia nos recuerda y nos pide en la celebración de la Semana Santa, que renovemos el gozo de sabernos sus miembros.   

 

2 - Vivamos esta celebración, por lo mismo, con un profundo espíritu de fe y compromiso eclesial, que nos ayude a amar la obra que Dios desea realizar con nosotros, que somos parte de su pueblo mesiánico como acabamos de pedir en la misma oración: "ayúdanos (Señor) decíamos, a ser testigos de la redención que ofreces a todos los hombres". Esta unción de Dios, que por la fuerza de su Espíritu hace de nosotros: "una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido" (1 Ped. 2, 9), es la que nos constituye en Iglesia y nos convierte para el mundo en sacramento de salvación. Los sacerdotes viviremos de un modo especial esta Liturgia, porque en ella expresaremos nuestra comunión presbiteral junto al Obispo y renovaremos nuestras promesas sacerdotales, sintiéndonos siempre parte de ese mismo pueblo al cual pertenecemos, del cual hemos sido llamados y para el cual fuimos constituidos sus ministros. Pienso también en ustedes, mis queridos fieles, a quienes agradezco su presencia y los invito a renovar la alegría de sentirse miembros de este pueblo sacerdotal, profético y real, llamado a anunciar las maravillas del Reino de Dios.

 

3 -  Cuánta exigencia de participación y comunión surge de esta común identidad que es obra de la unción que hemos recibido, y que nos hace partícipes de la vida y de la misión de Jesucristo. En la celebración de cada Eucaristía manifestamos esta novedad mesiánica del pueblo de Dios; en ella, sacerdotes y pueblo fiel unidos en la fe y por la mediación sacramental del orden sagrado, actualizamos la presencia viva de Cristo. Esta realidad adquiere para nosotros, mis queridos sacerdotes, el sentido de una verdad que nos reclama y compromete. Con cuánta certeza y gratitud ve el pueblo de Dios la presencia del sacerdote en quién reconoce la providencia de Dios que no los ha dejado huérfanos, pero también, cuánta responsabilidad de santidad y de entrega generosa hacia nuestros fieles, para hacer presente ante ellos la vida y el mensaje de Jesucristo, el Buen Pastor. Esta clara conciencia de servicio y de celo pastoral en nuestro ministerio, siempre debe estar presente en nuestros pensamientos, actitudes y proyectos de vida.

 

4 - Todos como Pueblo de Dios participamos de la misma unción de Cristo, por ello todos, ministros y fieles, debemos acercarnos a Él para contemplar y escuchar de sus labios y con actitud de discípulos el significado de este don recibido, para que sólo sea Él, con sus mismas palabras, quién ilumine y oriente nuestro camino eclesial. "El Espíritu del Señor está sobre mí, leíamos en el evangelio de San Lucas, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor" (Lc. 4, 18-19). No puede haber, por ello, una vida cristiana, sea sacerdotal, religiosa o laical, como tampoco proyectos pastorales en la vida de la Iglesia que no tengan su raíz profética, su sentido ejemplar y su verificación permanente en la fidelidad a esta palabra que expresa la conciencia mesiánica de Cristo.  

 

5 - Desde de esta verdad fundante de la Iglesia, en la que el profeta Isaías nos define como "plantación del Señor" (Is. 61, 3), es que quisiera reflexionar en esta Eucaristía sobre algunas ideas que considero importantes en nuestro camino pastoral. Pero antes les insistiría que no dejemos de agradecer a Dios el don de la fe, que es la gracia que nos permite leer y comprender el sentido salvífico de este misterio de elección. De agradecer, también, la historia de esta unción del Señor que se hizo vida y camino eclesial en nuestra amada Arquidiócesis de Santa Fe. Sólo desde una lectura agradecida de fe podremos avanzar con un corazón nuevo para discernir el paso del Señor y saber comprender sus tiempos, que no son siempre los nuestros. Que sepamos convertir, Señor, nuestra historia con sus luces y sombras, sus dolores y alegrías, en historia de salvación.

 

6 - Permítanme que vuelva a un texto de San Pablo, al que acostumbro a recurrir cuando tengo que meditar sobre el fundamento que define y sostiene la vida de la Iglesia, me refiero a aquel en el que el apóstol en su llamado a la unidad les dice a los cristianos de Efeso: "Por el contrario, viviendo en la verdad y el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo. El es la Cabeza, y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión" (Ef. 4, 15). Qué necesario es fortalecer en primer lugar estos vínculos con Cristo para hacer de nosotros, de nuestra Iglesia santafesina que es "santa (pero) al mismo tiempo necesitada de purificación" (L.G. 8), su rebaño fiel. Sabemos que la realización de esta obra de Dios, muchas veces oculta a nuestros ojos, necesita de la humildad del diálogo y del gesto de confianza, para construir o reconstruir, los lazos de una Iglesia viva. Por ser la vida de comunión un ideal que hace a nuestra identidad eclesial, siempre nos deberemos un encuentro fraterno que nos ayude a superar desencuentros y a no herirnos y, si es necesario, a perdonarnos mutuamente. Se que no es fácil, pero se trata de fidelidad al evangelio que hemos recibido y del cual somos sus ministros.     

 

7 - Este año de modo particular nuestra atención va a estar dirigida al Gran Misterio de nuestra fe: la Eucaristía. Recordemos que de ella "mana hacia nosotros, nos dice el Concilio, la gracia como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin" (S.C. 10). El contenido de esta afirmación significa que todo proyecto pastoral debe tener en la Eucaristía su referencia de origen y de finalidad, porque de lo contrario carecería de raíz que lo sustente como del ámbito eclesial que le de sentido. La conciencia de aquellos primeros mártires de que les hablara en el Mensaje de Cuaresma, cuando afirmaban que "sin la celebración de la Eucaristía no podemos vivir", se referían también a la necesidad de este sacramento como fuente de vida para los proyectos y actividades de la Iglesia naciente. Creo que la fuerza de este testimonio  nos puede ayudar a meditar en el significado de crecimiento personal que tiene la Eucaristía que recibimos, como en la dimensión eclesial que tiene su celebración.

 

8 - En este sentido me remito a recordar el contenido de la Carta Apostólica del Santo Padre, en especial cuando nos habla de interiorizar aquellas actitudes de "celebrar, adorar y contemplar"; en ellas se afianza la vida cristiana, se fortalecen los lazos de comunión y se define nuestra identidad católica (M.N.D. 17). Estas actitudes que nacen de una mirada de fe y crecen en la vida de oración, necesitan del ámbito de una comunidad para alcanzar su plenitud eclesial. Desde la celebración y adoración de la Eucaristía, toda la vida pastoral de la Iglesia se renueva y va adquiriendo vitalidad y compromiso apostólico. Qué importante que la celebración del Corpus Christi en este año eucarístico sea una expresión clara y testimonial de nuestra fe; por ello les recomiendo que trabajemos desde ya en cada comunidad, sea religiosa o parroquial, de colegio, institución o movimiento apostólico en su preparación catequística, litúrgica y pastoral.

 

9 -  He considerado oportuno esta celebración, les decía, para señalar algunas líneas en el camino pastoral de nuestra Arquidiócesis. No olvidemos, sin embargo, que: "antes de programar iniciativas concretas, nos dice el documento citado, es necesario promover una espiritualidad de comunión. Se trata de un principio educativo y un camino espiritual". Es más: "el gran desafío de nuestras diócesis, concluye, es abrir espacios de encuentro....para hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión" (N.M.A. 83-84). Esta teología de la Iglesia-Comunión debe mostrar su rostro concreto en la vida de cada Iglesia particular, "en las cuales y a partir de las cuales se constituye la Iglesia católica una, y única" (L.G. 23). Desde este marco doctrinal como espiritual, y teniendo en cuenta algunas de las acciones que se nos señalan en dicho documento del Episcopado Argentino, les propondría cuatro temas mayores, no excluyentes, y de los cuales ya les he hablado en diversas oportunidades, me refiero a la Familia, los Jóvenes, la Cultura y el Pobre.

 

10 -  Por pertenecer al designio creador de Dios la Familia es una de las realidades más abarcativas en la vida pastoral de la Iglesia. Consciente de su importancia y en orden a garantizar los valores humanos y cristianos del hombre y de la sociedad, diversos textos del Magisterio nos recuerdan que "en los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral familiar" (F.C. 70). Por ello nos invitan a "hacer de la pastoral familiar una prioridad básica, sentida, real y operante" (S.D. 64). La pastoral familiar debe hacer tomar conciencia ante todo a los mismo esposos, del valor y de las dimensiones humanas y espirituales del matrimonio cristiano: "Familia, sé lo que eres" (Juan Pablo II), es el primer reclamo vocacional que debemos dirigirles. Habiendo definido a la Familia, por otra parte, con aquella bella y profunda expresión de "Santuario de la Vida", con cuánto dolor hoy escuchamos, incluso de autoridades públicas, hablar con una ligereza llamativa del crimen del aborto. En esto no podemos equivocarnos, ni callar nuestra voz.

 

11 - La Familia es, además, el camino privilegiado de la fe. Hay que insistir que como Iglesia doméstica la familia es un espacio donde el evangelio debe ser recibido, vivido e irradiado (cfr. E.N. 7; F.C. 52). El primer testimonio de la existencia de Dios se recibe en esa sencilla pero profunda escuela de vida y de oración que es la familia cristiana. La catequesis familiar adquiere, por lo mismo, una importancia evangelizadora y de renovación eclesial que compromete nuestros mejores esfuerzos. La atención pastoral de la familia debe encontrar, también, una particular dedicación en los planes de las escuelas y colegios católicos. Este objetivo de trabajo hace al sentido e identidad católica de nuestras instituciones educativas. No  podemos dejar de acompañar, además, desde nuestros planes de pastoral familiar a aquellos matrimonios con dificultades o que viven en situaciones irregulares, y que la Iglesia nos recomienda vivamente (cfr. F.C. 77-85). Como les dije en alguna oportunidad  a la Familia no sólo hay que defenderla sino sobre todo predicarla, porque ella es anuncio gozoso del evangelio de Jesucristo y es, para los esposos, camino de vida y de plenitud humana y espiritual.

 

12 -  Una Iglesia que no preste una real atención a los Jóvenes es una Iglesia sin futuro, nos decía el Santo Padre al iniciar el tercer milenio. La pastoral juvenil es una pregunta desafiante que requiere de todos los agentes pastorales, gestos y actitudes de: cercanía, dedicación y creatividad. Una de las tareas más sentidas y urgentes en esta área de la vida de la Iglesia es la formación de dirigentes que posibilite, en las diversas comunidades, instituciones y movimientos apostólicos, el acompañamiento y el proceso formativo de los jóvenes. Creo que de la animación y revitalización de estas estructuras juveniles depende en gran medida la catequesis post-sacramental y, en ellas, el desarrollo de un sentido de pertenencia eclesial de nuestros jóvenes. En este campo cumple una función decisiva e insustituible la presencia del sacerdote quien, mediante el ejercicio docente y sacramental de su ministerio, está llamado a animar doctrinal y espiritualmente el camino religioso y apostólico de los jóvenes. Sepamos crear espacios en nuestra vida y ministerio para acompañar esta realidad de la pastoral juvenil. Ellos nos necesitan y, de alguna manera, ellos marcan la fecundidad de nuestro ministerio sacerdotal.

 

13 - Es importante, igualmente, tener en cuenta que una pastoral de juventud debe mirar a todos los jóvenes, en sus diversos lugares y diferentes niveles de relación respecto de la Iglesia. En este sentido podemos hablar de grupos más cercanos que van creciendo en el marco de nuestras comunidades y requieren de un sólido y creciente itinerario de fe; otros, en cambio, participan ocasionalmente, pero conservan una referencia cordial con la Iglesia; están, luego, los alejados, o tal vez indiferentes a toda propuesta eclesial; y, finalmente, aquellos jóvenes que viven, lamentablemente, por diversos motivos o circunstancias, una cierta o total marginalidad. Para todos ellos es el Evangelio de Jesucristo. Se trata de una pregunta pastoral que nos compromete y exige de todos nosotros, como Iglesia, una respuesta creativa, entusiasta y responsable.

 

14 -  Otro desafío englobante que queremos asumir en la Argentina, decíamos en Navega Mar Adentro, "es la profunda crisis de valores de la cultura y la civilización en la que estamos inmersos" (N.M.A. 23). Esto debe llevarnos a prestarle a la dimensión de la Cultura, como realidad que abarca e incide en la totalidad de los ámbitos en los que se desarrolla la actividad del hombre, una decidida atención. Aquí vuelve a aparecer el tema del secularismo, no como "la justa y legítima autonomía de las realidades temporales", sino como una reducción de todo lo creado a la sola dimensión de lo inmanente (L.P.N.E. 12). El mundo creado por Dios vive al margen de Dios. Este hecho, prescindir de Dios, adquiere consecuencias desvastadoras cuando se instala en la sociedad y se manifiesta, en muchos casos, de un modo agresivo e intolerante. Por ello concluye el  documento del Episcopado diciendo que: "En la raíz misma del estado actual de la sociedad percibimos la fragmentación que cuestiona y debilita los vínculos del hombre con Dios, con la familia, con la sociedad y con la Iglesia" (N.M.A. 23).

 

15 - Frente a este fenómeno no cabe la nostalgia restauradora de un pasado que ya fue, sino el testimonio de una esperanza que se apoya en la certeza de nuestra fe en Jesucristo, que es el mismo "ayer, hoy y lo será siempre" (Hb. 13, 8), y que es por lo mismo: "la medida de todo lo humano y por tanto también de la cultura" (S.D. 228). Uno de los temas que adquiere mayor relevancia en la evangelización de la cultura es el de la formación. No podemos hablar responsablemente de impulsar la evangelización de la cultura, si primero no reconocemos la necesidad de ahondar el contenido de nuestra fe por el camino de la formación, que nos permita crecer para dar razones de nuestra esperanza como nos diría el apóstol. Recuerdo la insistencia con que el Sínodo sobre los Laicos le decía a los Obispos que: "la formación de los fieles se ha de colocar entre las prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral" (n° 40).

 

16 - En este campo tiene un papel decisivo por su proyección en la sociedad el tema de la educación, al que Santo Domingo consideraba como: "la mediación metodológica para la evangelización de la cultura" (S.D. 271). Aquí cobra toda su importancia el papel de la Universidad Católica como el de nuestros Colegios. Cuántos instrumentos en nuestras manos que deben estar al servicio del hombre desde la verdad de Jesucristo. Cuánta urgencia y necesidad de recrear un "humanismo cristiano", que exprese una cosmovisión del mundo y del hombre a la luz del Evangelio (cfr. N.M.A. 96). Valoremos en este aspecto todo esfuerzo de formación que se pueda realizar, pienso particularmente en el trabajo permanente que viene realizando nuestro Instituto de Ciencias Sagradas (IACS) con sus filiales del interior, llamado a ofrecer un espacio de estudio y de reflexión a nuestros agentes de pastoral. En esta línea de evangelización no podemos olvidar, por su alcance e importancia multiplicadora, la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación social, un campo difícil pero al que el Santo Padre los definía como "el primer areópago del tiempo moderno" (R.M. 37).

 

17 -  Frente al escándalo de la pobreza y de la exclusión social permanece aún "el desafío de una justicia demasiado largamente esperada, y se hace necesario volver a reafirmar la opción preferencial por los pobres, débiles y sufrientes" nos recuerda Navega Mar Adentro (N.M.A 34). Cuando la Iglesia nos habla de esta manera, les decía, no lo hace desde una postura ideológica, sino desde su compromiso de fidelidad con el Evangelio. El Pobre es un tema evangélico, porqué es en ellos dónde el Señor "mantiene oculta su gloria" y desde dónde se nos manifiesta e interpela. ¿Cuándo te hemos visto?, es la pregunta a la que él ya ha respondido desde "la oscuridad de la pobreza" (cfr. L.P.N.E. 27 y 32). Esta dimensión de la pastoral que nos habla de la solidaridad y del compromiso eclesial con quienes menos tienen, supone una actitud de madurez humana y espiritual.  Aquí cobra todo su valor y actualidad el conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia, como reflexión que nace del encuentro del Evangelio con la realidad. Ella nos ofrece una visión integral del hombre en su dimensión personal y social, y nos compromete a dar testimonio de la presencia de una "Iglesia servidora para (construir) una sociedad responsable y justa" (N.M.A. 95), como se nos propone en una de las acciones destacadas a nivel de país.

 

18 -  Dentro de esta franja social de carencias y sufrimientos debemos expresar como Iglesia, y desde cada comunidad cristiana, la presencia del amor providente de Dios para con sus hijos más débiles y necesitados. Pienso en la tarea de la Pastoral de la Salud con su cercanía a nuestros hermanos enfermos y ancianos. Quiero valorar el testimonio y la presencia eclesial de la Pastoral Carcelaria, que es un signo de amor en la atención del Señor (Mt. 25, 31-46). No quiero olvidarme de la tarea de asistencia a los llamados "chicos de la calle" o en situación de riesgo, a los que me he referido en otra oportunidad. Sepamos ver en esta realidad de dolor que nos rodea la necesidad y la urgencia de una Iglesia presente y servidora. En este sentido debemos dar gracias a Dios, pero también alentar y acompañar el trabajo de Caritas que, como expresión institucional de la Iglesia y con la generosidad de tantos voluntarios, hace realidad el mensaje de amor de Jesucristo al servicio de nuestros hermanos más débiles.

 

19 - Queridos hermanos, he querido aprovechar esta ocasión tan eclesial como sacerdotal de la Misa Crismal, y ya próximo a cumplir dos años de estar con ustedes, para expresar algunas ideas o acentos, no excluyentes les decía, pero que considero importantes en la vida y en el espíritu que debe animar la pastoral de nuestra Arquidiócesis. Le pido a nuestra Madre de Guadalupe, a quién próximamente visitaremos en su Fiesta Mayor, que reciba nuestros proyectos y nos acompañe en este camino de predicar el Evangelio de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

 

  

                                       Mons. José María Arancedo

                              Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

 

 Santa Fe de la Vera Cruz, 23 de Marzo de 2005