AETATIS
NOVAE
Las comunicaciones sociales en el XX aniversario de
Communio et progressio
PONTIFICIO CONSEJO
PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES
INSTRUCCIÓN PASTORAL
SOBRE LAS COMUNICACIONES SOCIALES EN EL VIGÉSIMO
ANIVERSARIO DE COMMUNIO ET PROGRESSIO
Febrero de 1992
INTRODUCCIÓN
Una revolución en las
comunicaciones
1. Con la llegada de una nueva era,
las comunicaciones conocen una expansión considerable que influye
profundamente en las culturas de todo el mundo. Las revoluciones
tecnológicas representan sólo un aspecto de este fenómeno. No hay lugar en
el que no se haga sentir el impacto de los medios de comunicación sobre las
actitudes religiosas y morales, los sistemas políticos y sociales, la
educación.
Nadie ignora, por ejemplo,
el papel de las comunicaciones, que las fronteras geográficas y políticas no
han podido detener, en los cambios que se han verificado a lo largo de los
años 1989 y 1990, y cuyo alcance histórico ha subrayado el Papa.
«El primer areópago del
tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la
humanidad y transformándola - como suele decirse - en una “aldea global”.
Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para
muchos son el principal instrumento informativo y formativo, de orientación
e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales».
Más de un cuarto de siglo
después de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre las
comunicaciones sociales, Inter mirifica, y dos décadas después de la
Instrucción pastoral Communio et progressio, el Pontificio Consejo para las
Comunicaciones Sociales desea reflexionar sobre las consecuencias pastorales
de esta nueva situación. Lo hace con el espíritu de la conclusión de
Communio et progressio: «El Pueblo de Dios, que camina a través del tiempo
construyendo la historia, como protagonista a la vez que destinatario de la
comunicación, fijos en el mañana los ojos confiados y atentos, vislumbra lo
que a manos llenas le promete la era espacial recién nacida».
Estimando que los
principios y las ideas de estos documentos conciliares y postconciliares
poseen un valor duradero, queremos aplicarlos al contexto nuevo. No
pretendemos pronunciar palabras definitivas sobre una situación compleja,
cambiante y en perpetua evolución, sino solamente procurar un instrumento de
trabajo y estimular a los que deben afrontar las consecuencias pastorales de
estas nuevas realidades.
2. A lo largo de los años que han
sucedido a la aparición de Inter mirifica y de Communio et Progressio se nos
ha habituado a expresiones tales como «sociedad de información», «cultura de
los medios de comunicación» y «generación de los medios de comunicación».
Este tipo de expresión debe ser notado: subraya que lo que saben y piensan
los hombres y mujeres de nuestro tiempo está condicionado, en parte, por los
medios de comunicación; la experiencia humana como tal ha llegado a ser una
experiencia de los medios de comunicación.
Las últimas décadas han
sido asimismo el escenario de novedades espectaculares en materia de
tecnologías de comunicación. Esto ha implicado tanto una rápida evolución de
antiguas tecnologías como la aparición de nuevas tecnologías de
telecomunicación y comunicación social, entre las que figuran los satélites,
la televisión por cable, las fibras ópticas, los videocassettes, los discos
compactos, la concepción de imágenes por ordenador y otras técnicas
digitales e informáticas. La utilización de los nuevos medios de
comunicación ha dado origen a lo que se ha podido llamar «nuevos lenguajes»
y ha suscitado posibilidades ulteriores para la misión de la Iglesia así
como nuevos problemas pastorales.
3. En este contexto animamos a los
pastores y al pueblo de Dios a que profundicen el sentido de todo lo que se
refiere a las comunicaciones y a los medios de comunicación y a traducirlo
en proyectos concretos y realizables.
«Cuando los Padres del
Concilio estaban dirigiendo su mirada hacia el futuro e intentaban discernir
el contexto en el que la Iglesia estaría llamada a llevar a cabo su misión,
pudieron ver claramente que el progreso y la tecnología ya estaban
“transformando la faz de la tierra”, e incluso que ya se estaba llegando a
la conquista del espacio. Reconocieron, especialmente, que los desarrollos
en la tecnología de las comunicaciones con toda probabilidad iban a provocar
reacciones en cadena de consecuencias imprevisibles»4.
«Lejos de insinuar que la
Iglesia tendría que quedarse al margen o intentar aislarse de la riada de
esos acontecimientos, los Padres del Concilio vieron que la Iglesia tenía
que estar dentro del mismo progreso humano, compartiendo las experiencias de
la humanidad e intentando entenderlas e interpretarlas a la luz de la fe.
Era a los fieles de Dios a quienes correspondía hacer un uso creativo de los
descubrimientos y nuevas tecnologías en beneficio de la humanidad y en
cumplimiento del designio de Dios sobre el mundo»... para «una utilización
sabia de las potencialidades de esta “era informática”, con el fin de servir
a la vocación humana y trascendente de cada ser humano, y así glorificar al
Padre de quien viene todo bien».
Debemos expresar nuestro
reconocimiento hacia todos aquellos que han permitido la constitución de una
red de comunicaciones creativa en la Iglesia. A pesar de las dificultades
-debidas a los recursos limitados, a los obstáculos interpuestos a veces a
la Iglesia en su acceso a los medios de comunicación, a la remodelación
constante de la cultura, de los valores y las actitudes que provoca la
omnipresencia de los medios de comunicación- se ha hecho ya mucho y se
continúa haciendo. Los obispos, los clérigos, los religiosos y los laicos
que se consagran a este apostolado capital merecen la gratitud de todos.
También tenemos que
expresar nuestra satisfacción en lo que respecta a todos los esfuerzos
positivos de colaboración ecuménica en el ámbito de los medios de
comunicación, en el que están implicados los católicos y sus hermanos y
hermanas de otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como de cooperación
interreligiosa con hermanos y hermanas de otras grandes religiones. No sólo
ello es deseable sino que “empeña a los cristianos a unirse más
profundamente en su acción comunicativa y a concertarse más directamente con
las otras religiones de la humanidad, respecto a su presencia común en el
seno de las comunicaciones”6.
I. CONTEXTO DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
A. Contexto cultural y social
4. El cambio que hoy se ha
producido en las comunicaciones supone, más que una simple revolución
técnica, la completa transformación de aquello a través de lo cual la
humanidad capta el mundo que le rodea y que la percepción verifica y
expresa. El constante ofrecimiento de imágenes e ideas así como su rápida
transmisión, realizada de un continente a otro, tienen consecuencias,
positivas y negativas al mismo tiempo, sobre el desarrollo psicológico,
moral y social de las personas, la estructura y el funcionamiento de las
sociedades, el intercambio de una cultura con otra, la percepción y la
transmisión de los valores, las ideas del mundo, las ideologías y las
convicciones religiosas. La revolución de las comunicaciones afecta incluso
a la percepción que se puede tener de la Iglesia y contribuye a formar sus
propias estructuras y funcionamiento.
Todo esto tiene importantes
consecuencias pastorales. En efecto, se puede recurrir a los medios de
comunicación tanto para proclamar el Evangelio como para alejarlo del
corazón del hombre. El entramado cada vez más estrecho de los medios de
comunicación con la vida cotidiana influye en la comprensión que pueda
tenerse del sentido de la vida.
Los medios de comunicación
tienen la capacidad de pesar no sólo sobre los modos de pensar, sino también
sobre los contenidos del pensamiento. Para muchas personas la realidad
corresponde a lo que los medios de comunicación definen como tal; lo que los
medios de comunicación no reconocen explícitamente parece insignificante. El
silencio puede, así, hallarse impuesto de hecho a los individuos o a los
grupos ignorados por los medios de comunicación; la voz del Evangelio puede,
también, ella, encontrarse reducida al silencio sin ser apagada totalmente.
Por ello es importante que los cristianos sean capaces de suministrar una
información que «cree las noticias», dando la palabra a los que están
privados de ella.
El poder que tienen los
medios de comunicación de fortalecer o de destruir las referencias
tradicionales en materia de religión, de cultura y de familia subraya bien
la pertinente actualidad de las palabras del Concilio: «Para el recto empleo
de estos medios es totalmente necesario que todos los que los usan conozcan
y lleven a la práctica fielmente en este campo las normas del orden moral»7.
B. Contexto político y económico
5. Las estructuras económicas de
las naciones dependen de los sistemas de comunicaciones contemporáneas.
Generalmente se considera necesario para el desarrollo económico y político
que el Estado invierta en una infraestructura eficaz de comunicaciones. El
aumento de costo de esta inversión ha constituido, por otra parte, un factor
de capital importancia que ha llevado a los gobiernos de numerosos países a
adoptar políticas que miran a aumentar la concurrencia. Especialmente por
esta razón en muchos casos los sistemas públicos de telecomunicaciones y de
difusión han sido sometidos a políticas de falta de normativa y de
privatización.
Del mismo modo que el mal
uso del servicio público puede llevar a la manipulación ideológica y
política, así, la comercialización no reglamentada y la privatización de la
difusión tiene profundas consecuencias. En la práctica, y frecuentemente de
forma oficial, la responsabilidad pública del uso de las ondas está
infravalorada. Se tiende a evaluar su éxito en función del beneficio y no
del servicio. Los motivos de beneficio y los intereses de los anunciantes
ejercen una influencia anormal sobre el contenido de los medios de
comunicación: se prefiere la popularidad a la calidad y uno se alinea en el
mínimo común denominador. Los anunciantes, traspasando su legítimo papel,
que consiste en identificar las verdaderas necesidades y responder a ellas,
empujados por motivos mercantiles, se esfuerzan por crear necesidades y
modelos artificiales de consumo.
Las presiones comerciales
se ejercen igualmente más allá de las fronteras nacionales con perjuicio
para ciertos pueblos y su cultura. Ante el aumento de la competencia y la
necesidad de encontrar nuevos mercados, las empresas de comunicaciones
revisten un carácter cada vez más «multinacional»; la carencia de recursos
locales de producción provoca al mismo tiempo que algunos países dependan
cada vez más de naciones extranjeras. Así es como la producción de ciertos
medios de comunicación populares, característicos de una cultura, se
difunden en otra, frecuentemente con detrimento de formas artísticas y de
medios de comunicación que se encuentran en ellas y de los valores que
contienen.
La solución de los
problemas nacidos de esta comercialización y de esta privatización no
reglamentadas no siempre reside en un control del Estado sobre los medios de
comunicación, sino en una reglamentación más importante, conforme a las
normas del servicio público, así como en una responsabilidad pública mayor.
Hay que destacar, a este respecto, que si los causes jurídicos y políticos
en los que funcionan los medios de comunicación de ciertos países están
actualmente en franca mejora, hay otros lugares en los que la intervención
gubernamental es un instrumento de opresión y de exclusión.
II. TAREA DE LAS COMUNICACIONES
6. Communio et progressio se
basa en una presentación de las comunicaciones como una vía hacia la
comunión. El texto declara que la comunicación, «más que la sola
manifestación de ideas o expresión de sentimientos», es «una entrega de sí
mismo por amor»8. La comunicación en este sentido, es el reflejo de la
comunión eclesial y puede contribuir a ella.
La comunicación de la
verdad puede tener realmente una potencia redentora que brota de la persona
de Cristo. Él es el Verbo de Dios hecho carne y la imagen del Dios
invisible. En Él y por Él la vida de Dios se comunica a la humanidad por la
acción del Espíritu. «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del
mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno
y su divinidad»9. Se puede también citar el versículo siguiente: «Y la
Palabra se hizo carne y puso su morad entre nosotros, y hemos contemplado su
gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de
verdad»10.
Dios se comunica
definitivamente en el Verbo hecho carne. La palabra se hace liberadora y
redentora para toda la humanidad en la predicación y en la acción de Jesús.
Este acto de amor por el que Dios se revela, asociado a la respuesta de fe
de la humanidad, engendra un diálogo profundo.
La historia humana y el
conjunto de relaciones entre los hombres se desarrollan en el marco de esta
comunicación de Dios en Cristo. La historia misma está destinada a
convertirse en un tipo de palabra de Dios y la vocación del hombre consiste
en contribuir a ella, de forma creadora, viviendo esta comunicación
constante e ilimitada del amor reconciliador de Dios. Estamos llamados a
traducir esto en palabras de esperanza y en actos de amor, es decir,
mediante nuestro modo de vida. En consecuencia, la comunicación debe
situarse en el corazón de la comunidad eclesial.
Cristo es a la vez el
contenido y la fuente de lo que la Iglesia comunica cuando proclama el
Evangelio. La Iglesia no es otra cosa que el «cuerpo místico de Cristo y
plenitud misteriosa de Cristo glorificado, “Él llena todas las cosas”». Por
tanto, nos movemos en la Iglesia, por la palabra y los sacramentos, hacia la
esperanza de unidad definitiva donde «Dios será todo en todos».
A. Los medios de comunicación social
al servicio de las personas y de las culturas
7. Paralelamente a todo el bien que
hacen y que son capaces de hacer, los medios de comunicación «pueden ser a
la vez eficaces instrumentos de unidad y comprensión mutua y transmisores de
una visión deformada de la vida, de la familia, de la religión y de la
moralidad -según una interpretación que no respeta la auténtica dignidad ni
el destino de la persona humana». Es necesario que los medios de
comunicación respeten y participen en el desarrollo integral de la persona
que comprende «la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y
de la sociedad».
La fuente de determinados
problemas individuales y sociales reside también en el progresivo uso de los
medios de comunicación en sustitución de las relaciones interpersonales y en
la considerable dedicación prestada a los personajes de ficción que
presentan esos medios. Los medios de comunicación no pueden reemplazar el
contacto personal inmediato ni tampoco las relaciones entre los miembros de
una familia o entre amigos. Sin embargo, sí que pueden contribuir a la
solución de esta dificultad -mediante grupos de discusión, debates sobre las
películas o las emisiones- estimulando la comunicación interpersonal, en vez
de reemplazarla.
B. Los medios de comunicación
al servicio del diálogo con el mundo actual
8. El Concilio Vaticano II ha
subrayado que «el Pueblo de Dios... procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de
Dios». Quienes proclaman la Palabra de Dios tienen el deber de tomar en
consideración e intentar comprender las «palabras» de los diferentes pueblos
y culturas, no sólo para dejarse instruir por ellos, sino también para
ayudarles a reconocer y aceptar esa Palabra de Dios. Por tanto, la Iglesia
debe mantener una presencia activa y atenta hacia el mundo, con el fin de
nutrir a la comunidad y de ayudar a quienes buscan soluciones aceptables a
los problemas personales y sociales.
Además de ello, si la
Iglesia ha de comunicar su mensaje, adaptándolo a cada época y también a las
particulares culturas de las diferentes naciones y pueblos, hoy en día debe
hacerlo de forma especial con la cultura de los nuevos medios de
comunicación. He ahí una condición fundamental si se quiere dar una
respuesta a una de las preocupaciones esenciales del Concilio Vaticano II:
«que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples
vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad
completa en Cristo». Juzgando el importante papel que pueden desempeñar los
medios de comunicación en sus esfuerzos por favorecer esta unidad, la
Iglesia los mira como logrados “por providente designio de Dios” para el
desarrollo de las comunicaciones y la comunión entre los hombres mientras
dura su peregrinación sobre la tierra.
La Iglesia, que trata de
dialogar con el mundo moderno, desea poder entablar un diálogo honesto y
respetuoso con los responsables de los medios de comunicación. Este diálogo
implica que la Iglesia se esfuerce en comprender los medios de comunicación
-sus objetivos, sus estructuras internas y sus modalidades- y que sostenga y
anime a los que trabajan en ellos. Basándose en esta comprensión y este
apoyo, se pueden hacer propuestas significativas con vistas a la eliminación
de los obstáculos que se oponen al progreso humano y a la proclamación del
Evangelio.
Un diálogo de este tipo
necesita que la Iglesia se preocupe activamente de los medios de
comunicación profanos, y especialmente de la elaboración de la política que
les concierne. Los cristianos tienen el deber de hacer oír su voz en el seno
de todos los medios de comunicación. Su tarea no se limita a la transmisión
de noticias eclesiásticas. Por otro lado, este diálogo requiere que la
Iglesia sostenga a los profesionales de los medios de comunicación, que
elabore una antropología y una verdadera teología de la comunicación, a fin
de que la misma teología se haga más comunicativa, más eficaz para revelar
los valores evangélicos y aplicarlos a las realidades contemporáneas de la
condición humana; además, es necesario que los responsables de la Iglesia y
los agentes pastorales respondan con buena voluntad y prudencia a las
demandas de los medios de comunicación, tratando de establecer con ellos
relaciones de confianza y de respeto mutuo, fundadas sobre valores comunes
con los que no comparten nuestra fe.
C. Los medios de comunicación
al servicio de la comunidad humana y del progreso social
9. Las comunicaciones que se
hacen en la Iglesia y por la Iglesia consisten esencialmente en el anuncio
de la Buena Nueva de Jesucristo. Es la proclamación del Evangelio como
palabra profética y liberadora dirigida a los hombres y a las mujeres de
nuestro tiempo; es el testimonio dado de la verdad divina y el destino
trascendente de la persona humana, frente a una secularización radical; es
ponerse de parte de la justicia, en solidaridad con todos los creyentes, al
servicio de la comunión de los pueblos, las naciones y las culturas, frente
a los conflictos y las divisiones.
Este sentido que la Iglesia
da a las comunicaciones ilumina de forma excepcional los medios de
comunicación y el papel que éstos han de jugar, de acuerdo con el plan
providencial de Dios, en la promoción del desarrollo de las personas y de
las sociedades humanas.
D. Los medios de comunicación
al servicio de la comunión eclesial
10. A todo lo que se acaba de decir,
conviene añadir la llamada importante del derecho al diálogo y a la
información en el seno de la Iglesia, tal como lo afirma Communio et
progressio20, así como la necesidad de proseguir en la búsqueda de medios
eficaces que favorezcan y protejan este derecho, especialmente mediante una
utilización responsable de los medios de comunicación. Pensamos, entre otras
cosas, en las afirmaciones del Código de Derecho Canónico según las cuales
los fieles, salvando siempre la debida obediencia, «tienen la facultad de
manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las
espirituales, y sus deseos»21 y, en función de su conocimiento, competencia
y prestigio, estos fieles tienen también «el derecho, y a veces incluso el
deber», de expresar a sus pastores su opinión sobre las cuestiones que
conciernen al bien de la Iglesia.
Existe ahí un medio para
mantener y reforzar la credibilidad y la eficacia de la Iglesia. Más
importante todavía, esto podría ser una forma concreta de llevar a la
práctica el carácter de «comunión» de la Iglesia, que se fundamenta en la
comunión íntima de la Trinidad, de la que la Iglesia es reflejo. Entre los
miembros de esta comunidad que constituye la Iglesia, existe una igualdad
básica de dignidad y de misión, proveniente del bautismo y que está en la
base de la estructura jerárquica y de la diversidad de tareas y de
funciones. Esta igualdad se expresará en la participación honrada y
respetuosa de la información y de las opiniones.
En caso de desacuerdo, es
importante saber que «no es ejerciendo una presión sobre la opinión pública
como se contribuye a la clarificación de los problemas doctrinales y se
sirve a la verdad». Efectivamente, «las opiniones de los fieles no pueden
pura y simplemente identificarse con el “sensus fidei”».
¿Por qué insiste la Iglesia
en el derecho de todos a tener una información correcta, en su propio
derecho a proclamar la auténtica verdad del Evangelio y en la
responsabilidad que tienen sus pastores de comunicar la verdad y de formar a
los fieles para que hagan lo mismo? Porque la comunicación, en la Iglesia,
se entiende a partir de la comunicación que hace de sí mismo el Verbo de
Dios.
E. Los medios de comunicación
al servicio de una nueva evangelización
11. Además de los medios
tradicionales en vigor, como el testimonio de vida, la catequesis, el
contacto personal, la piedad popular, la liturgia y otras celebraciones
similares, la utilización de los medios de comunicación se ha hecho esencial
para la evangelización y la catequesis. Ciertamente «la Iglesia se sentiría
culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia
humana perfecciona cada vez más». Los medios de comunicación social pueden y
deben ser los instrumentos al servicio del programa de reevangelización y de
nueva evangelización de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Con vistas a
la nueva evangelización, habrá que dar una particular atención al impacto
audiovisual, central en las comunicaciones, según el adagio «ver, juzgar,
actuar».
Y, sin embargo, es muy
importante, para la actitud que la Iglesia debe adoptar respecto a los
medios de comunicación social y la cultura que ellos contribuyen a elaborar,
tener siempre presente en el espíritu que «no basta usarlos para difundir el
mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar
el mensaje mismo en esta “nueva cultura” creada por la comunicación
moderna... con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos
sicológicos»26. La evangelización actual debería encontrar recursos en la
presencia activa y abierta de la Iglesia en el seno del mundo de las
comunicaciones.
III. RETOS ACTUALES
A. Necesidad de una evaluación crítica
12. Si la Iglesia adopta una actitud
positiva y abierta hacia los medios de comunicación, tratando de penetrar en
la nueva cultura creada por las comunicaciones modernas con el fin de
evangelizar, es necesario que proponga también una evaluación crítica de los
medios de comunicación y de su impacto sobre la cultura.
Como se ha dicho en tantas
ocasiones, la tecnología de las comunicaciones constituye una maravillosa
expresión del genio humano, del que los medios de comunicación aprovechan
considerablemente a la sociedad. Sin embargo, como también se ha subrayado,
la aplicación de la tecnología de las comunicaciones no se ha hecho bien del
todo y todos sabemos que su utilización adecuada necesita valores sanos y
elecciones prudentes por parte de las personas, del sector privado, de los
gobiernos y del conjunto de la sociedad. La Iglesia no pretende dictar estas
decisiones y estas elecciones, sino que trata de proporcionar una verdadera
ayuda, indicando los criterios éticos y morales aplicables a este campo,
criterios que se encontrarán en los valores a la vez humanos y cristianos.
B. Solidaridad y desarrollo integral
13. En la situación actual,
ocurre que los medios de comunicación exacerban los obstáculos individuales
y sociales que impiden la solidaridad y el desarrollo integral de la persona
humana. Estos obstáculos son especialmente el secularismo, el consumismo, el
materialismo, la deshumanización y la ausencia de interés por la suerte de
los pobres y los marginados.
En esta situación, la
Iglesia, que reconoce en los instrumentos de comunicación social
«actualmente el camino privilegiado para la creación y para la transmisión
de la cultura», considera un deber proponer una formación a los
profesionales de las comunicaciones sociales y al público para que miren los
medios de comunicación social como un «sentido crítico animado por la pasión
por verdad»; juzga también que es deber suyo realizar una «labor de defensa
de la libertad, del respeto de la dignidad personal, de la elevación de la
auténtica cultura de los pueblos, mediante el rechazo firme y valiente de
toda forma de monopolio y manipulación».
C. Políticas y estructuras
14. Es evidente que determinados
problemas son el fruto de determinadas políticas y estructuras de los medios
de comunicación: citemos, sólo a título de ejemplo, el hecho de que ciertos
grupos o clases ven cómo se les impide el acceso a los medios de
comunicación, la reducción sistemática del derecho fundamental a la
información en ciertos lugares, la extensión de la autoridad que
determinados grupos económicos, sociales y políticos ejercen sobre los
medios de comunicación.
Todo ello es contrario a
los objetivos fundamentales y a la misma naturaleza de los medios de
comunicación, cuyo papel social específico y necesario es contribuir a
garantizar el derecho del hombre a la información, promover la justicia en
la búsqueda del bien común y ayudar a las personas, grupos y pueblos en su
búsqueda de la verdad. Los medios de comunicación ejercen estas funciones
capitales cuando favorecen el intercambio de ideas y de informaciones entre
todas las clases y los sectores de la sociedad y cuando ofrecen a todas las
opiniones responsables la oportunidad de hacerse oír.
D. Defensa del derecho a la información y a
las comunicaciones
15. No se puede aceptar que el
ejercicio de la libertad de comunicación dependa de la fortuna, de la
educación o del poder político. El derecho a la comunicación pertenece a
todos.
Esto requiere especiales
esfuerzos nacionales e internacionales, no sólo para otorgar a los pobres y
a los menos pudientes el acceso a la información que necesitan para su
desarrollo individual y social, sino también para hacer realidad que ellos
mismos tengan un papel efectivo y responsable en la decisión de los
contenidos de los medios de comunicación y en la determinación de las
estructuras y de las políticas de sus instituciones nacionales de
comunicaciones.
Allí donde las estructuras
jurídicas y políticas favorecen el dominio de los medios de comunicación por
parte de grupos de presión, la Iglesia debe insistir en el respeto del
derecho a la comunicación, y especialmente sobre su propio derecho al acceso
a los medios de comunicación, sin olvidar la búsqueda de otros modelos de
comunicaciones para sus propios miembros y para el conjunto de la población.
Por otra parte, el derecho a la comunicación forma parte del derecho a la
libertad religiosa, el cual no debería estar limitado a la libertad del
culto.
IV. PRIORIDADES PASTORALES
Y MEDIOS DE RESPUESTA
A. Defensa de las culturas humanas
16. Conociendo la situación
existente en tantos lugares, la sensibilidad por los derechos y los
intereses de las personas frecuentemente puede incitar a la Iglesia promover
otros medios de comunicación. En el campo de la evangelización y la
catequesis, la Iglesia deberá tomar medidas a menudo para preservar y
favorecer los «medios de comunicación populares» y otras formas
tradicionales de expresión, reconociendo que, en determinadas sociedades,
pueden ser más eficaces para la difusión del Evangelio que los medios de
comunicación más modernos, porque permiten una participación personal mayor
y alcanzan niveles más profundos de sensibilidad humana y de motivación.
La omnipresencia de los
medios de comunicación en el mundo contemporáneo no disminuye en nada la
importancia de otros medios de comunicación que permiten a las personas
comprometerse activamente en la producción e incluso en la concepción de las
comunicaciones. Los medios de comunicación tradicionales y populares no sólo
representan un importante cauce de expresión de la cultura local, sino que
también permiten el desarrollo de una competencia en la creación y en la
utilización de los medios de comunicación.
También consideramos de
manera positiva el deseo de numerosos pueblos y grupos humanos de disponer
de sistemas de comunicación y de información más justos y equitativos, a fin
de preservarse de la dominación y de la manipulación, provenientes del
extranjero o de sus compatriotas. Los países en vías de desarrollo tienen
este miedo con respecto a los países desarrollados; las minorías de ciertas
naciones, desarrolladas o en vías de desarrollo, comparten esta misma
preocupación. Sea cual fuere la situación, es preciso que los ciudadanos
puedan tomar parte activa, autónoma y responsable en las comunicaciones,
pues, influyen, de muchas formas, en sus condiciones de vida.
B. Desarrollo y promoción de los medios de
comunicación
de la Iglesia
17. La Iglesia, al mismo tiempo que
continúa empeñándose de diverso modo en el campo de las comunicaciones y de
los medios de comunicación, a pesar de las numerosas dificultades
encontradas, debe seguir desarrollando, manteniendo y favoreciendo sus
propios instrumentos y programas católicos de comunicaciones. Estos abarcan
la prensa católica y las editoriales católicas, la radio y la televisión
católicas, las oficinas de información y relaciones públicas, institutos
para la formación y la práctica en los medios de comunicación, la
investigación sobre la información, organizaciones vinculadas a la Iglesia
para los profesionales de las comunicaciones, especialmente las
organizaciones católicas internacionales de comunicaciones, cuyos miembros
pueden ser colaboradores valiosos y competentes de las Conferencias
episcopales y de los diferentes obispos.
El trabajo de los medios de
comunicación católicos no es sólo una actividad suplementaria y añadida a
las demás de la Iglesia: ciertamente las comunicaciones sociales tienen que
desempeñar un papel en todos los aspectos de la misión de la Iglesia. Por
ello, no hay que contentarse con tener un plan pastoral de comunicaciones,
sino que es preciso que las comunicaciones formen parte integrante de todo
plan pastoral, ya que ellas tienen una contribución que dar a todo
apostolado, ministerio o programa.
C. Formación de los comunicadores cristianos
18. La educación y la formación
para las comunicaciones sociales deben formar parte integrante de la
formación de los agentes de pastoral y de los sacerdotes30. Varios elementos
y diversos aspectos son necesarios en esta formación.
En el mundo actual, tan
fuertemente influido por los medios de comunicación, es preciso, por
ejemplo, que el personal de la Iglesia tenga al menos una buena visión de
conjunto del impacto que las nuevas tecnologías de la información y los
nuevos medios de comunicación ejercen sobre las personas y la sociedad.
También los agentes pastorales deben estar dispuestos a dispensar su
ministerio tanto a los que son «ricos en información» como a los que son
«pobres en información». Hace falta que sepan invitar al diálogo, evitando
un estilo de comunicaciones susceptible de sugerir la dominación, la
manipulación o el provecho personal. Por lo que se refiere a los que están
más comprometidos en el trabajo de los medios de comunicación al servicio de
la Iglesia, es preciso que adquieran las competencias profesionales
necesarias en esta materia, así como una formación doctrinal y espiritual.
D. Pastoral de los profesionales de las
comunicaciones
19. El trabajo en los medios de
comunicación supone presiones psicológicas y dilemas éticos especiales.
Cuando se considera la importancia del papel que desempeñan los medios de
comunicación en la formación de la cultura contemporánea y en la
configuración de la vida de innumerables personas y sociedades enteras,
parece esencial que quienes son profesionales de los medios de comunicación
profanos y en las industrias de las comunicaciones consideren sus
responsabilidades con un ideal profundo y con la voluntad de servir a la
humanidad.
Esto conlleva para la
Iglesia su parte de responsabilidad: es preciso que elabore y proponga
programas pastorales que respondan con precisión a las condiciones
particulares de trabajo y a los desafíos éticos a los que se enfrentan los
profesionales de las comunicaciones. De hecho, estos programas pastorales
deberán comportar una formación permanente que pueda ayudar a estos hombres
y mujeres -muchos de los cuales desean sinceramente saber y practicar lo que
es justo en el plano ético y moral- a estar cada vez más imbuidos por los
criterios morales, en su vida tanto profesional como privada.
V. NECESIDAD DE UNA PLANIFICACIÓN PASTORAL
A. Responsabilidades de los obispos
20. Reconociendo el valor, e incluso
la urgencia, de las llamadas que surgen del mundo de las comunicaciones, los
obispos y las personas encargadas de decidir el reparto de los recursos en
la Iglesia, que son limitados tanto en el plano humano como en el material,
deberán esforzarse por conceder una adecuada prioridad a este campo,
teniendo en cuenta las circunstancias propias de su nación, de su región o
de su diócesis.
Puede ser que esta
necesidad se haga sentir de forma más aguda en el presente que en el pasado,
precisamente porque, al menos en parte, el gran «areópago» del tiempo
moderno, el mundo de la comunicación, ha estado más o menos olvidado por la
Iglesia hasta ahora31. Así lo ha señalado el Santo Padre: «Generalmente se
privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y para la
formación cristiana, mientras los medios de comunicación social se dejan a
la iniciativa de individuos o de pequeños grupos, y entran en la
programación pastoral sólo a nivel secundario»32. Esta situación reclama una
serie de correcciones.
B. Necesidad de un plan pastoral
sobre medios de comunicación social
21. Recomendamos particularmente que
las diócesis y las Conferencias o asambleas episcopales procuren que la
problemática de los medios de comunicación social sea abordada en todos sus
planes pastorales. Conviene que redacten planes pastorales dirigidos
especialmente a los medios de comunicación social, o que examinen y
actualicen los planes ya existentes, para que se mantenga un proceso
permanente de revisión y puesta al día. Para esto los obispos deberán buscar
la colaboración de profesionales de medios de comunicación, que trabajen en
instituciones civiles u organismos eclesiales ligados al ámbito de las
comunicaciones, incluidos especialmente los organismos internacionales y
nacionales de cine, radio, televisión y prensa.
Algunas Conferencias
episcopales se han servido ya de planes pastorales que describen
concretamente las necesidades existentes y los posibles objetivos, y que
alientan la coordinación de esfuerzos. Los resultados del estudio, así como
de las evaluaciones y consultas que han permitido la redacción de estos
documentos, podrían y deberían circular en todos los niveles eclesiales, ya
que suministran datos útiles para la pastoral. De este modo planes realistas
y prácticos pueden adaptarse a las necesidades de las Iglesias locales. Los
mismos deberían revisarse y adaptarse permanentemente en función de la
evolución de las necesidades.
Terminamos este documento
facilitando elementos para un plan pastoral y sugiriendo cuestiones que
podrían tratarse en cartas pastorales o declaraciones episcopales tanto
nacionales como locales. Estos elementos han sido propuestos por
Conferencias episcopales o por profesionales de los medios de comunicación
social.
CONCLUSIÓN
22. Reiteramos que «la Iglesia ve
los medios de comunicación social como “dones de Dios”, ya que, según
designio de la divina Providencia, unen fraternalmente a los hombres para
que colaboren así con su voluntad salvadora»33. Así como el Espíritu ayudó a
los antiguos profetas a descifrar el plan de Dios a través de los signos de
su tiempo, hoy ayuda a la Iglesia a interpretar los signos de nuestro tiempo
y a realizar su misión profética que conlleva el estudio, la evaluación y el
recto uso de las tecnologías y medios de comunicación, que han llegado a ser
fundamentales.
ANEXO
Elementos de un plan pastoral
de comunicaciones
23. La situación de los medios
de comunicación y las posibilidades ofrecidas a la Iglesia en el campo de
las comunicaciones difieren de una nación a otra, incluso de una diócesis a
otra dentro de un mismo país. De ello se derivan naturalmente diferencias en
la actitud que la Iglesia ha de adoptar, según los lugares, acerca de los
medios de comunicación y la cultura que contribuyen a forjar, y las
diversidades de sus planes y modos de participación de acuerdo con las
situaciones locales.
Cada Conferencia episcopal
y cada diócesis deben elaborar un plan pastoral completo sobre las
comunicaciones, preferentemente consultando tanto a representantes de
organismos católicos internacionales y nacionales de medios de comunicación
social como a profesionales de medios locales. Además, sería necesario que
en los otros planes pastorales, incluidos los que conciernen al servicio
social, a la educación y a la evangelización, se tenga en cuenta, en su
elaboración y realización, lo que afecta a las comunicaciones sociales.
Varias Conferencias episcopales y diócesis ya han desarrollado tales planes,
identificando en los mismos necesidades referidas a las comunicaciones
sociales, definiendo objetivos, efectuando previsiones de financiación
realistas y coordinando los distintos esfuerzos llevados a cabo en esta
área.
Proponemos las siguientes
directrices para ayudar a los que tengan que elaborar estos planes
pastorales o se encarguen de actualizar los existentes.
Directrices para la elaboración
de planes pastorales de medios de comunicación social en una diócesis,
Conferencia episcopal o Sínodo patriarcal
24. Un plan pastoral de
comunicaciones debería contener los siguientes elementos:
a) una presentación de conjunto,
elaborada a partir de una amplia consulta, y que describa, para todos los
ministerios de la Iglesia, las estrategias de las comunicaciones sociales
que respondan a las cuestiones y a las circunstancias actuales;
b) un inventario o evaluación de la
problemática existente en el territorio: las diferentes clases de público,
los productores y directores de los medios de comunicación estatales y
comerciales, los recursos financieros y técnicos, las redes de distribución,
los recursos ecuménicos y educativos, el personal de los organismos y medios
de comunicación católicos, incluidos los de comunidades religiosas;
c) una proposición de
estructuración de los medios de comunicación eclesiales destinados a apoyar
la evangelización, la catequesis y la educación, el servicio social y la
colaboración ecuménica; deberá incluir, en la medida de lo posible, las
relaciones públicas, la prensa, la radio, la televisión, el cine, los
cassettes, las redes informáticas, los servicios de reproducción gráfica y
otras formas de telecomunicaciones;
d) una educación para los medios de
comunicación que insista particularmente en la relación entre éstos y los
valores;
e) una apertura pastoral de diálogo
con los profesionales de los medios de comunicación, que insista en el
desarrollo de la fe y en el crecimiento espiritual;
f) una indicación de las
posibilidades de obtener y asegurar los medios de financiación de esta
pastoral.
Modo de elaboración de un
plan pastoral de comunicaciones
25. El plan debería proponer
pautas y sugerencias que ayuden a los comunicadores en la Iglesia a
establecer objetivos y prioridades realistas para su trabajo. Recomendamos
que se constituya un equipo de personal eclesial y profesionales para su
elaboración. Esta se desarrollará en dos fases: investigación y
programación.
Fase de investigación
26. La fase de investigación
comprende la evaluación de las necesidades, la recopilación de información y
la búsqueda de modelos alternativos de planes pastorales. Esto implica un
análisis del contexto en el que se sitúan las comunicaciones, subrayando los
aciertos y lagunas de las estructuras y programas de comunicación eclesiales
existentes, así como las posibilidades que se les ofrecen y los retos que
tienen que afrontar.
Tres tipos de estudios
pueden ayudar a la recogida de la información necesaria: una evaluación de
las necesidades, un examen de la difusión de los medios de comunicación y un
inventario de los recursos. El primer estudio consistirá en hacer un
elenco de las prioridades pastorales que necesitan una atención particular
por parte de la Conferencia episcopal o de la diócesis. El segundo
investigará los programas vigentes - analizando su eficacia - de forma que
se indiquen los aciertos y fallos de las estructuras y procedimientos de los
medios de comunicación ya existentes. El tercero deberá describir los
recursos, tecnología y personal de los que la Iglesia dispone en materia de
comunicaciones, no contentándose con los recursos «propios» de la Iglesia,
sino teniendo en cuenta aquellos de los que podría disponer el mundo
empresarial, las industrias de los medios de comunicación y los organismos
ecuménicos.
Fase de programación
27. Después de esta recogida y
análisis de datos, el equipo que elabore el plan deberá determinar los
objetivos y prioridades de la Conferencia o de la diócesis en el campo de
las comunicaciones. Estaremos entonces en el comienzo de la fase de
programación. Atendiendo a las circunstancias locales, el equipo deberá
abordar después los siguientes problemas.
28. La educación:
las cuestiones de las comunicaciones y de la comunicación de masas afectan a
todos los niveles del ministerio pastoral, incluido el de la educación. Un
plan pastoral de comunicación deberá esforzarse en:
a) proponer posibilidades de
educación en materia de comunicación, presentándolas como componentes
esenciales de la formación de todos los que se han comprometido en la
actividad de la Iglesia: seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas o
animadores laicos;
b) animar a las escuelas y
universidades católicas a proponer programas y cursos relacionados con las
necesidades de la Iglesia y de la sociedad en materia de comunicaciones;
c) proponer cursos, talleres y
seminarios de tecnología, gestión, ética y política de los medios de
comunicación, destinados a los responsables de la Iglesia en este campo, a
los seminaristas, a los religiosos y al clero;
d) prever y realizar programas de
educación y comprensión de los medios de comunicación digiridos a
profesores, padres y estudiantes;
e) alentar a los artistas y
escritores para que estén atentos a transmitir los valores evangélicos
cuando utilizan sus talentos en la literatura, teatro, radio, emisiones
televisivas y películas recreativas y educativas;
f) señalar nuevas estrategias de
evangelización y catequesis mediante la aplicación de las tecnologías de
comunicación y las comunicaciones sociales.
29. Formación espiritual y
asistencia pastoral. Los profesionales seglares católicos y otras
personas que trabajan en el apostolado eclesial de las comunicaciones
sociales o en los medios profanos esperan frecuentemente de la Iglesia una
orientación espiritual y un apoyo pastoral. Un plan pastoral de
comunicaciones deberá pretender, pues:
a) proponer a los laicos católicos
y a otros profesionales de los medios de comunicación ocasiones para
enriquecer su formación profesional mediante jornadas de reflexión, retiros,
seminarios y grupos de apoyo profesional;
b) proponer una asistencia pastoral
que procure el apoyo necesario para alimentar la fe de los comunicadores y
sostener su sentido de entrega a esta difícil tarea que consiste en
comunicar al mundo los valores del Evangelio y los auténticos valores
humanos.
30. Cooperación.
La cooperación comprende la participación de los recursos entre las
Conferencias y/o las diócesis, y entre las diócesis y otras instituciones
tales como las comunidades religiosas, las universidades y los organismos
sanitarios. Un plan pastoral para las comunicaciones sociales deberá
intentar:
a) reforzar las relaciones y animar
la consulta recíproca entre los representantes de la Iglesia y los
profesionales de los medios de comunicación social, que pueden aportar mucho
a la Iglesia en el ámbito de la utilización de estos medios;
b) buscar las posibilidades de
cooperación en la producción entre centros regionales y nacionales y
favorecer el desarrollo de las redes comunes de promoción, comercialización
y distribución;
c) favorecer la cooperación con las
congregaciones religiosas que trabajan en el área de las comunicaciones
sociales;
d) colaborar con los organismos
ecuménicos y con las otras Iglesias y grupos religiosos en todo lo que se
refiere a asegurar y garantizar el acceso de la religión a los medios de
comunicación, así como «en el campo de los nuevos medios: especialmente» en
lo que se refiere «al uso común de los satélites, las redes vía cable y los
bancos de datos y, globalmente, la informática, empezando por la
compatibilidad de los sistemas»34;
e) cooperar con los medios de
comunicación profanos, particularmente en lo que incumbe a las
preocupaciones comunes que conciernen a las cuestiones religiosas, morales,
éticas, culturales, educativas y sociales.
31. Relaciones públicas.
Las relaciones públicas necesitan, por parte de la Iglesia, una comunicación
activa con la comunidad a través de los medios de comunicación social tanto
profanos como religiosos. Estas relaciones, que implican la disponibilidad
de la Iglesia para comunicar los valores evangélicos y dar a conocer sus
ministerios y programas, requieren por su parte que haga todo lo que esté en
su mano para verificar que efectivamente es la imagen de Cristo. Así, pues,
un plan pastoral de comunicaciones deberá tender a:
a) sostener oficinas de relaciones
públicas dotadas de recursos humanos y materiales suficientes para hacer
posible una verdadera comunicación entre la Iglesia y el conjunto de la
comunidad;
b) producir publicaciones y
programas de radio, televisión y video de calidad excelente, de manera que
haga visibles el mensaje del Evangelio y la misión de la Iglesia;
c) promover premios y otros medios
de reconocimiento que animen y apoyen a los profesionales de los medios de
comunicación;
d) celebrar la Jornada mundial de
las comunicaciones sociales como un medio de promover la toma de conciencia
de la importancia de las comunicaciones sociales, y de apoyo a las
iniciativas emprendidas por la Iglesia en materia de comunicaciones.
32. Investigación.
Las estrategias de la Iglesia en el ámbito de las comunicaciones sociales
deben fundarse en los resultados de una investigación seria en la materia,
que implica un análisis y evaluación realizadas con conocimiento de causa.
Conviene que el estudio de las comunicaciones atienda a las cuestiones y
problemas mayores a los que debe hacer frente la misión de la Iglesia dentro
de la propia nación o región. Un plan pastoral de comunicaciones deberá:
a) alentar a los institutos de
estudios superiores, los centros de investigación y las universidades a
emprender investigaciones fundamentales y aplicadas sobre las necesidades y
preocupaciones de la Iglesia y de la sociedad en materia de comunicaciones;
b) determinar las modalidades
prácticas de una interpretación de la investigación realizadas sobre las
comunicaciones, y de su aplicación a la misión de la Iglesia;
c) apoyar una reflexión teológica
permanente sobre los procesos y los instrumentos de la comunicación social y
sobre su papel en la Iglesia y en la sociedad;
33. Comunicación y
desarrollo de los pueblos. Las comunicaciones y los medios de
comunicación realmente accesibles pueden permitir a muchas personas
participar mejor en la economía del mundo moderno, experimentar una libertad
de expresión y contribuir al crecimiento de la paz y de la justicia en el
mundo. Un plan pastoral de comunicaciones sociales deberá procurar:
a) que los valores evangélicos
ejerzan una influencia sobre el amplio abanico de actividades contemporáneas
en el campo de la comunicación social -desde la publicación de libros hasta
las comunicaciones por satélite-, de manera que contribuyan al desarrollo de
la solidaridad internacional;
b) defender el interés público y
salvaguardar el acceso de la religión a los medios de comunicación mediante
posturas informadas y responsables sobre las cuestiones de legislación y
política de las comunicaciones y sobre el desarrollo de los sistemas de
comunicación;
c) analizar el impacto social de
las tecnologías de comunicación social avanzadas y contribuir a evitar
rupturas sociales y desestabilizaciones culturales inútiles;
d) ayudar a los profesionales de
las comunicaciones a definir y observar normas éticas, sobre todo por lo que
se refiere a la ecuanimidad, la verdad, la justicia, la decencia y el
respeto de la vida;
e) elaborar estrategias que
favorezcan un acceso más difundido, más representativo y más responsable a
los medios de comunicación social;
f) ejercer un papel profético
tomando la palabra en los momentos oportunos cuando se trate de ayudar el
punto de vista del Evangelio respecto a las dimensiones morales de
importantes cuestiones de interés público.
Ciudad del Vaticano, 22 de
febrero de 1992, Fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol.
Mons. JOHN
P. FOLEY, Presidente
Mons.
PIERFRANCO PASTORE, Secretario
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