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Carta al Pueblo de Dios

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

1.   Al concluir nuestra Asamblea Episcopal sentimos, como pastores, la necesidad de dirigirnos a los miembros del Pueblo de Dios que peregrina en la Argentina, para animarlos en estos momentos difíciles y alentarlos en la misión de ser “sal de la tierra y luz del mundo”. Con anterioridad nos hemos dirigido repetidas veces al País y a sus dirigentes. Hoy,  junto a nuestros sacerdotes, nos acercamos a cada uno de ustedes en su condición de cristianos, cualquiera sea el lugar que ocupe en la sociedad , como se acercaba Jesús a su pueblo. 

 

 2.   Les decimos de corazón como San Agustín a sus fieles: “con ustedes soy cristiano, para ustedes soy obispo”. Como cristianos participamos del mismo Bautismo, que nos confiere la gracia de ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros; como obispos queremos velar junto a ustedes, acompañándolos en estos momentos de desconcierto y sufrimiento.

Somos conscientes que nuestra Patria sufre, y con ella todos nosotros. Deseamos que nuestra cercanía llegue al apretón de manos y al abrazo fraterno. En momentos de dolor, la mirada silenciosa del padre y la ternura del hermano son más elocuentes que todas las palabras.

 

3.   En esta semana hemos tratado muchos temas pastorales. Pero especialmente hemos hablado de ustedes. Conocemos la difícil situación que están viviendo y la extensión de la pobreza: tantos hombres y mujeres que no tienen trabajo, en quienes la desesperanza ha vencido la resistencia de sus hogares; niños mal alimentados y que no terminan la escuela; ancianos que no tienen atención médica; jubilados que después de toda una vida de trabajo ven confiscada su asignación; innumerables familias sin techo. La brecha entre los que tienen mucho y multitudes que viven en condiciones por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana se abre más y más.

También hemos reflexionado sobre nuestros jóvenes y nos preocupa que esta situación crítica lleve a muchos a claudicar de sus ideales.

Una vez más hemos verificado los problemas sociales y políticos que han llevado a la Argentina a esta crisis inédita: concepción mágica del Estado; despilfarro de los dineros del pueblo;  liberalismo extremo, mediante la tiranía del mercado; evasión de los impuestos; falta de respeto a la ley, tanto en su cumplimiento como en el modo de dictarla y aplicarla; pérdida del sentido del trabajo; incumplimiento de la palabra empeñada; atropello de los derechos ajenos mediante el abuso de las medidas de fuerza; defensa exacerbada de los derechos adquiridos; mala voluntad para participar en los sacrificios que requiere la reconstrucción de la Patria; decadencia de la educación; banalidad y procacidad de muchos programas trasmitidos por los medios de comunicación, que nos avergüenzan como argentinos. En una palabra, una corrupción generalizada que mina la cohesión de la Nación y nos desprestigia ante el mundo.

 

4.   Con ustedes como cristianos y para ustedes como obispos queremos estar cerca de cada uno. En ustedes miramos a Jesús y queremos estar junto a la cruz de nuestro pueblo como estuvo la Virgen María junto a la cruz de su Hijo. En Ella había mucho dolor, pero no perdió la esperanza. Les decimos que tenemos una Madre y que su corazón de Madre conservó la esperanza de todo un pueblo. Junto a nuestros sacerdotes, diáconos, consagradas y consagrados le pedimos a Ella que nos obtenga de su Hijo las palabras y gestos de esperanza que nuestro pueblo necesita.

En las miradas de ustedes descubrimos la mirada de Jesús. Él nos muestra su Rostro doloroso y su Rostro glorioso. Rostro que comprende en sí mismo toda la dignidad del hombre. Por eso, sabiendo de los difíciles momentos que estamos pasando, de las cruces que hemos de sobrellevar, les decimos: miremos a Jesús, sigamos, conozcamos, amemos e imitemos a Jesús, para vivir en Él la vida de Dios y transformar con Él esta historia en historia santa. Miremos su Rostro y apostemos a la esperanza. 

 

5.   ¡Queridos hermanos y hermanas! Animémonos a una esperanza solidaria y operativa que, arraigada en la fuerza del Bautismo, enfrente los problemas de cada uno, del vecino, del compañero de trabajo, del barrio, de la ciudad, de la propia Provincia, de la Nación entera. Un auténtico espíritu cristiano implica esfuerzo creativo. Más que lamento es aliento, más que pesimismo es una confianza generosa que no se deja vencer. No espera pasivamente el cambio, se compromete con él. Actúa con la pasión de quien espera, lleno de magnanimidad y de arrojo. La fe en Cristo muerto y resucitado nos obliga a ser protagonistas de la historia mediante una vida fundamentada en la verdad, la justicia, el amor y la solidaridad. 

 

6.   Este es el camino para ser cada día más santos. Frente a esta civilización, que tiene muchos rasgos de egoísmo y violencia, y que - a través de sus diversos lenguajes - pretende destruir nuestra dignidad de hijos de Dios,  quitarnos la moral y enfrentarnos unos a otros, les recordamos el ideal de santidad que nos propuso Jesús: "Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo" (Mt 5,48). 

Cada una de las comunidades cristianas debe impulsar a todos sus miembros por el  camino de la santidad cristiana. Este camino implica un compromiso por el bien común: “no podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”. Esto exige asumir la propia responsabilidad en la sociedad y entraña una actitud de conversión, que hemos de pedir humildemente al Señor en este Adviento.

 

7.   Cuando Jesús resucitó, prometió su Espíritu Santo y envió a los Apóstoles por todo el mundo. Él nos envía hoy a nosotros. Para cumplir esta misión cada uno tiene el sello de ese Espíritu, que nos enseña e invita a orar, y nos anima a salir de nosotros y a acercarnos al prójimo. En estos momentos duros nosotros oramos junto a ustedes. Todos hemos de orar incesantemente, y hacernos prójimos de nuestro hermano, compartiendo la cruz y recibiendo la fuerza de la resurrección. Somos un pueblo bendecido por la gracia del Bautismo, un pueblo con una profunda reserva espiritual, moral y cultural. Echemos mano de ella en la vida de cada día. 

 

8.   ¡Hermanas y hermanos muy queridos! Con ustedes somos cristianos, para ustedes somos obispos. Así de sencillo. Con esta misma sencillez, queremos caminar y velar junto a ustedes y a todas las personas de buena voluntad en este momento crítico de la Patria. Para ello confiamos en la fuerza salvadora de Jesucristo el Señor, y nos cobijamos en la ternura de nuestra Madre de Luján. 

 

Con paternal y fraternal afecto los bendecimos de todo corazón.

 

Los Obispos de la República Argentina

San Miguel, 17 de noviembre de 2001
fiesta de San Roque González de Santa Cruz

 

 

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