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Carta Pastoral de Monseñor José Luis Mollaghan,
Obispo de San Miguel

 MENSAJE DE ADVIENTO Y NAVIDAD:

¡ESPEREMOS LA NAVIDAD CON FE
Y VIVAMOS EL AMOR DE DIOS EN LA ESCUELA

DE MARIA Y DE  JOS
É!

  

Queridos  sacerdotes, religiosos y religiosas, fieles de la Diócesis de San Miguel:

Deseo saludarlos y felicitarlos cordialmente en este tiempo de Adviento, aguardando  la Navidad. Deseo profundizar con ustedes el espíritu de este tiempo, en la espera gozosa del Señor.

1. El Adviento es esperar con fe la presencia de Dios en medio de nosotros; que viene a traernos su Palabra de vida y salvación.  En la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, hace ya más de dos mil años; y esperamos que El vuelva a nacer  por la gracia en nuestra propia vida. También esperamos su venida gloriosa, repitiendo como los primeros cristianos: ¡Ven Señor Jesús!

Tan cerca de su venida, queremos preguntarnos, cómo vamos a esperar a Jesús en este Adviento: si como  los reyes del Oriente, que querían saber de Él y enfrentaron el largo camino de su búsqueda, descubriendo que a Cristo no lo iban a encontrar como un rey de este mundo, sino en un Pesebre; si como los pastores, que lo encontraron y lo adoraron con humildad aún en medio de la oscuridad de la noche; ó como San José, el padre adoptivo, hombre justo  (cfr. Mateo 1,19), dispuesto totalmente a cumplir la voluntad de Dios, que tenía la misión divina de velar y cuidar al Niño y a la Santísima Virgen. Sabemos que lo encontraremos  junto a su Madre, la Virgen del Adviento, que lo aguardaba en la fe, como la servidora del Señor, llena de  gracia y del amor del Espíritu

Queremos encontrarlo siguiendo la fe de la Iglesia, la estrella que nos guía en la espera del  Adviento, hacia este acontecimiento de salvación, que es a la vez histórico y sobrenatural, en el que Jesús viene a nuestro encuentro, es anunciado y celebrado.

Creer en su venida es abrir nuestros corazones a Dios, con la certeza de  que encontrando a Jesús, Redentor del hombre, El guiará nuestros pasos para recorrer el camino del Evangelio, y conocer su amor.

 

2.  La fe nos mueve a  creer en Dios, que se revela en su Hijo Jesucristo, que se hizo carne uniéndose para siempre a nuestra humanidad, que viene a este mundo para reconciliar al hombre con Dios, y también consigo mismo.

Por la fe,  el Señor nos habla, y nos invita a esperarlo como el Pueblo que caminaba en las tinieblas (cfr. Isaías 9,1), a recibirlo, como María, que al acoger el proyecto de Dios, plasmó a su Hijo desde sus entrañas virginales (cfr. Lucas 1,38); y adorarlo, como los pastores (cfr. Lucas 2,16), recién nacido, pobre y pequeño.

Podemos encontrar a Jesús en la Sagrada Escritura. Es el mismo Dios quien nos habla, que está presente, que produce en nuestros corazones verdaderos frutos de conversión, cuando la leemos  o la escuchamos con atención.

También en la  Liturgia Jesús está presente, y podemos encontrarlo: Jesús está en el celebrante, que renueva en el altar el misterio de su venida de salvación; en los sacramentos, en los que actúa eficazmente, comunicándonos su gracia; en la comunidad eclesial, que participa con fe, haciendo realidad su promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,20).

Jesús está presente por antonomasia en la Eucaristía. Él está allí, bajo las especies del pan y del vino, todo entero en su realidad física, y aún corporalmente. Por esto al contemplarla exclamamos de corazón: ”¡ Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: Ven Señor Jesús!” (Canon de la Misa).

Así podemos esperar y encontrar a Cristo que viene a nosotros, el Verbo encarnado de Dios, que es  la llave que abre el misterio del hombre y le descubre la grandeza de su vocación (cfr. Gaudium et Spes, nº 22).

Encontrar a Jesús, nos abre el camino para llegar a la plena realización de nuestra persona,  que culmina en el encuentro eterno con Dios. Contemplar al Niño de Belén significa esperar la llegada de una humanidad nueva, redimida del pecado. Sólo Jesús desde el Pesebre nos muestra el sentido de nuestra vida, del amor, de la verdad, de la  justicia, y la paz.

 

3. Así comprendemos mejor que Dios nos ama de verdad, que no estamos solos, y que ha enviado a su Hijo para alejarnos del mal y del vacío del pecado. Dios puso su morada entre nosotros, para abrir nuestro corazón hacia la eternidad, y para seguir el camino de su amor.

Por esto, la caridad, que es el fuego del amor de Dios, enciende en nosotros el  deseo de amar y servir, como Jesús,  que no vino a ser servido sino a servir (cfr. Mateo 20,28).

La caridad implica espíritu de fraternidad, y exige mirar y prestar atención a todo ser humano, particularmente a quien sufre, a los pequeños, a los más pobres, donde también encontramos la presencia del Señor.

Con los ojos puestos en el Pesebre podemos hacer visible por medio de las obras, con un  verdadero  espíritu de servicio, la enseñanza que nos trae el Salvador. Podemos aprender a vivir la caridad  en la escuela de la Santísima Virgen y de San José, y a tener los mismos sentimientos de Jesús

 

4. Servir es posible a todos, aún con gestos pequeños, pero en realidad grandes, si están inspirados en un amor verdadero. Quien sirve, como Jesucristo redentor, experimenta el gozo de la gratuidad, y en cada acto de servicio a sus hermanos, crece como hombre y también como hijo de Dios. Quien sirve hace realidad las palabras de Jesús que nos recuerda San Pablo: ”Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20,35).

No dejen de adorar a Jesús y bendecir su nombre, participando gozosos con sus familias en la Misa de la Nochebuena del 24 de diciembre, o en la Navidad del día 25; y estén  cerca de alguno de nuestros hermanos necesitados, ya que en ellos también está presente Jesús. El  nos espera en un enfermo o en un anciano a quien podamos visitar, en un hermano pobre o solo, con quien podamos compartir la comida, o en quienes estén lejos de Dios,  encendiendo la luz de la fe.             

 

Que la Virgen María, Madre de Dios, servidora del Señor,  junto a San José nos enseñen desde el Pesebre a recibir  con fe a Jesús,  que se hace visible en el amor a nuestros hermanos, y a celebrar con alegría su Nacimiento. .

Que Dios los bendiga en estas Fiestas, y a lo largo del año 2006.

                                                      Monseñor José Luis  Mollaghan
                                                             Obispo de San Miguel

 

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