La comunicación social en la encíclica Centesimus annus
Juan Pablo II
1991
36. Conviene ahora dirigir la atención a los
problemas específicos y a las amenazas, que surgen dentro de las economías
más avanzadas y en relación con sus peculiares características. En las
precedentes fases de desarrollo, el hombre ha vivido siempre condicionado
bajo el peso de la necesidad. Las cosas necesarias eran pocas, ya fijadas
de alguna manera por las estructuras objetivas de su constitución
corpórea, y la actividad económica estaba orientada a satisfacerlas.
Está claro, sin embargo, que hoy el problema no es
sólo ofrecer una cantidad de bienes suficientes, sino el de responder a un
demanda de calidad: calidad de la mercancía que se produce y se consume;
calidad de los servicios que se disfrutan; calidad del ambiente y de la
vida en general.
La demanda de una existencia cualitativamente más
satisfactoria y más rica es algo en sí legítimo; sin embargo hay que poner
de relieve las nuevas responsabilidades y peligros anejos a esta fase
histórica. En el mundo, donde surgen y se delimitan nuevas necesidades, se
da siempre una concepción más o menos adecuada del hombre y de su
verdadero bien.
A través de las opciones de producción y de consumo
se pone de manifiesto una determinada cultura, como concepción global de
la vida. De ahí nace el fenómeno del consumismo. Al descubrir
nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario
dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que respete todas las
dimensiones de su ser y que subordine las materiales e instintivas a las
interiores y espirituales. Por el contrario, al dirigirse directamente
a sus instintos, prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal,
consciente y libre, se pueden crear hábitos de consumo y estilos de vida
objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso perjudiciales para su
salud física y espiritual. El sistema económico no posee en sí mismo
criterios que permitan distinguir correctamente las nuevas y más elevadas
formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un
obstáculo para la formación de una personalidad madura. Es, pues,
necesaria y urgente una gran obra educativa y cultural, que comprenda la
educación de los consumidores para un uso responsable de su capacidad de
elección, la formación de un profundo sentido de responsabilidad en los
productores y sobre todo en los profesionales de los medios de
comunicación social, además de la necesaria intervención de
las autoridades públicas.
Un ejemplo llamativo de consumismo, contrario a la
salud y a la dignidad del hombre y que ciertamente no es fácil controlar,
es el de la droga. Su difusión es índice de una grave disfunción del
sistema social, que supone una visión materialista y, en cierto sentido,
destructiva de las necesidades humanas. De este modo la capacidad
innovadora de la economía libre termina por realizarse de manera
unilateral e inadecuada. La droga, así como la pornografía y otras formas
de consumismo, al explotar la fragilidad de los débiles, pretenden llenar
el vacío espiritual que se ha venido a crear.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es
equivocado el estilo de vida que se presume como mejor, cuando está
orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino
para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí
mismo. Por esto, es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a
tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien,
así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean
los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de
las inversiones. A este respecto, no puedo limitarme a recordar el deber
de la caridad, esto es, el deber de ayudar con lo propio superfluo » y, a
veces, incluso con lo propio « necesario », para dar al pobre lo
indispensable para vivir. Me refiero al hecho de que también la opción de
invertir en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro,
es siempre una opción moral y cultural. Dadas ciertas condiciones
económicas y de estabilidad política absolutamente imprescindibles, la
decisión de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar
valor al propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud de
querer ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual muestra las
cualidades humanas de quien decide.
41. El marxismo ha criticado las sociedades burguesas
y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la
existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una
concepción equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual ésta
depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción y
propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando,
además, la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado
incluso en su propio ámbito. El marxismo acaba afirmando así que sólo en
una sociedad de tipo colectivista podría erradicarse la alienación. Ahora
bien, la experiencia histórica de los Países socialistas ha demostrado
tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más
bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la
ineficacia económica.
La experiencia histórica de Occidente, por su parte,
demuestra que, si bien el análisis y el fundamento marxista de la
alienación son falsas, sin embargo la alienación, junto con la pérdida del
sentido auténtico de la existencia, es una realidad incluso en las
sociedades occidentales. En efecto, la alienación se verifica en el
consumo, cuando el hombre se ve implicado en una red de satisfacciones
falsas y superficiales, en vez de ser ayudado a experimentar su
personalidad auténtica y concreta. La alienación se verifica también en el
trabajo, cuando se organiza de manera tal que « maximaliza » solamente sus
frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el
propio trabajo, se realice como hombre, según que aumente su participación
en una auténtica comunidad solidaria, o bien su aislamiento en un complejo
de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca exclusión, en la
cual es considerado sólo como un medio y no como un fin.
Es necesario iluminar, desde la concepción cristiana,
el concepto de alienación, descubriendo en él la inversión entre los
medios y los fines: el hombre, cuando no reconoce el valor y la grandeza
de la persona en sí mismo y en el otro, se priva de hecho de la
posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer una relación
de solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo cual fue creado
por Dios. En efecto, es mediante la propia donación libre como el hombre
se realiza auténticamente a sí mismo, y esta donación es posible gracias a
la esencial « capacidad de trascendencia » de la persona humana.
El hombre no puede darse a un proyecto solamente
humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas utopías. En
cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras personas y, por
último, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede acoger
plenamente su donación. Se aliena el hombre que rechaza trascenderse a sí
mismo y vivir la experiencia de la autodonación y de la formación de una
auténtica comunidad humana, orientada a su destino último que es Dios.
Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de
producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y
la formación de esa solidaridad interhumana.
En la sociedad occidental se ha superado la
explotación, al menos en las formas analizadas y descritas por Marx. No se
ha superado, en cambio, la alienación en las diversas formas de
explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para
satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y
secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben
regular incluso el modo de satisfacer otras necesidades. El hombre que se
preocupa sólo o prevalentemente de tener y gozar, incapaz de dominar sus
instintos y sus pasiones y de subordinarlas mediante la obediencia a la
verdad, no puede ser libre. La obediencia a la verdad sobre Dios y sobre
el hombre es la primera condición de la libertad, que le permite ordenar
las propias necesidades, los propios deseos y el modo de satisfacerlos
según una justa jerarquía de valores, de manera que la posesión de las
cosas sea para él un medio de crecimiento. Un obstáculo a esto
puede venir de la manipulación llevada a cabo por los medios de
comunicación social, cuando imponen, con la fuerza persuasiva
de insistentes campañas, modas y corrientes de opinión, sin que sea
posible someter a un examen crítico las premisas sobre las que se fundan.
51. Toda la actividad humana
tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella.
Para una adecuada formación de esa cultura se requiere la participación
directa de todo el hombre, el cual desarrolla en ella su creatividad, su
inteligencia, su conocimiento del mundo y de los demás hombres. A ella
dedica también su capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de
solidaridad y disponibilidad para promover el bien común. Por esto, la
primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el
modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la
concepción que tiene de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde
tiene lugar la contribución específica y decisiva de la Iglesia en favor
de la verdadera cultura. Ella promueve el nivel de los comportamientos
humanos que favorecen la cultura de la paz contra los modelos que anulan
al hombre en la masa, ignoran el papel de su creatividad y libertad y
ponen la grandeza del hombre en sus dotes para el conflicto y para la
guerra La Iglesia lleva a cabo este servicio predicando la verdad sobre la
creación del mundo, que Dios ha puesto en las manos de los hombres para
que lo hagan fecundo y más perfecto con su trabajo, y predicando la verdad
sobre la Redención, mediante la cual el Hijo de Dios ha salvado a todos
los hombres y al mismo tiempo los ha unido entre sí haciéndolos
responsables unos de otros. La Sagrada Escritura nos habla continuamente
del compromiso activo en favor del hermano y nos presenta la exigencia de
una corresponsabilidad que debe abarcar a todos los hombres.
Esta exigencia no se limita a
los confines de la propia familia, y ni siquiera de la Nación o del
Estado, sino que afecta ordenadamente a toda la humanidad, de manera que
nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte de otro miembro
de la familia humana. En efecto, nadie puede afirmar que no es responsable
de la suerte de suhermano (cf. Gén 4, 9; Lc 10, 2937; Mt 25, 3146). La
atenta y premurosa solicitud hacia el prójimo, en el momento mismo de la
necesidad, facilitada incluso por los nuevos medios de comunicación que
han acercado más a los hombres entre síes muy importante para la búsqueda
de los instrumentos de solución de los conflictos internacionales que
puedan ser una alternativa a la guerra. No es difícil afirmar que el
ingente poder de los medios de destrucción, accesibles incluso a las
medias y pequeñas potencias, y la conexión cada vez más estrecha entre los
pueblos de toda la tierra, hacen muy arduo o prácticamente imposible
limitar las consecuencias de un conflicto.