Comunicación Social en
CHRISTIFIDELES LAICI
Exhortación Apóstolica Postsinodal de Juan Pablo II
30 de diciembre de 1988
Evangelizar la cultura y las culturas del hombre
44. El servicio a la persona y a la
sociedad humana se manifiesta y se actúa a través de la creación y la
transmisión de la cultura, que especialmente en nuestros días constituye
una de las más graves responsabilidades de la convivencia humana y de la
evolución social. A la luz del Concilio, entendemos por «cultura» todos
aquellos «medios con los que el hombre afina y desarrolla sus innumerables
cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe
terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social,
tanto en la familia como en la sociedad civil, mediante el progreso de las
costumbres e instituciones; finalmente, a lo largo del tiempo, expresa,
comunica y conversa en sus obras grandes experiencias espirituales y
aspiraciones, para que sirvan al progreso de muchos, e incluso de todo el
género humano».162 En este sentido, la cultura debe considerarse como el
bien común de cada pueblo, la expresión de su dignidad, libertad y
creatividad, el testimonio de su camino histórico. En concreto, sólo desde
dentro y a través de la cultura, la fe cristiana llega a hacerse histórica
y creadora de historia.
Frente al desarrollo de una cultura que se
configura como escindida, no sólo de la fe cristiana, sino incluso de los
mismos valores humanos,163 como también frente a una cierta cultura
científica y tecnológica, impotente para dar respuesta a la apremiante
exigencia de verdad y de bien que arde en el corazón de los hombres, la
Iglesia es plenamente consciente de la urgencia pastoral de reservar a la
cultura una especialísima atención.
Por eso la Iglesia pide que los fieles
laicos estén presentes, con la insignia de la valentía y de la creatividad
intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo
de la escuela y de la universidad, los ambientes de investigación
científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la
reflexión humanista. Tal presencia está destinada no sólo al
reconocimiento y a la eventual purificación de los elementos de la cultura
existente críticamente ponderados, sino también a su elevación mediante
las riquezas originales del Evangelio y de la fe cristiana. Lo que el
Concilio Vaticano II escribe sobre las relaciones entre el Evangelio y la
cultura representa un hecho histórico constante y, a la vez, un ideal
práctico de singular actualidad y urgencia; es un programa exigente
consignado a la responsabilidad pastoral de la Iglesia entera, y, dentro
de ella, a la específica responsabilidad de los fieles laicos: «La grata
noticia de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre
caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción
permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los
pueblos (...). Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye,
por este mismo hecho, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad
-incluso litúrgica- educa al hombre en la libertad interior».164
Merecen volver a ser consideradas aquí
algunas frases particularmente significativas de la Exhortación Evangelii
nuntiandi de Pablo VI: «La Iglesia evangeliza siempre que, en virtud de la
sola potencia divina del Mensaje que proclama (cf. Rm 1, 16; 1 Co 1, 18,
2, 4), intenta convertir la conciencia personal y a la vez colectiva de
los hombres, las actividades en las que trabajan, su vida y ambiente
concreto. Estratos de la sociedad que se transforman: para la Iglesia no
se trata sólo de predicar el Evangelio en zonas geográficas siempre más
amplias o a poblaciones cada vez más extendidas, sino también de alcanzar
y casi trastornar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de
juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, la línea de
pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la
humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con su plan de
salvación. Se podría expresar todo esto del siguiente modo: es necesario
evangelizar -no decorativamente, a manera de un barniz superficial, sino
en modo vital, en profundidad y hasta las raíces- la cultura y las
culturas del hombre (...). La ruptura entre Evangelio y cultura es sin
duda el drama de nuestra época, como también lo fue de otras. Es
necesario, por tanto, hacer todos los esfuerzos en pro de una generosa
evangelización de la cultura, más exactamente, de las culturas».165
Actualmente el camino privilegiado para la
creación y para la transmisión de la cultura son los instrumentos de
comunicación social.166 También el mundo de los mass-media, como
consecuencia del acelerado desarrollo innovador y del influjo, a la vez
planetario y capilar, sobre la formación de la mentalidad y de las
costumbres, representa una nueva frontera de la misión de la Iglesia. En
particular, la responsabilidad profesional de los fieles laicos en este
campo, ejercitada bien a título personal bien mediante iniciativas e
instituciones comunitarias, exige ser reconocida en todo su valor y
sostenida con los más adecuados recursos materiales, intelectuales y
pastorales.
En el uso y recepción de los
instrumentos de comunicación urge tanto una labor educativa del
sentido crítico animado por la pasión por la verdad, como una labor de
defensa de la libertad, del respeto a la dignidad personal, de la
elevación de la auténtica cultura de los pueblos, mediante el rechazo
firme y valiente de toda forma de monopolización y manipulación. Tampoco
en esta acción de defensa termina la responsabilidad apostólica de los
fieles laicos. En todos los caminos del mundo, también en aquellos
principales de la prensa, del cine, de la radio, de la televisión y del
teatro, debe ser anunciado el Evangelio que salva.