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Diálogo Argentino
1. El Diálogo
Argentino que empieza en este día, ha de ser un noble servicio al país, que ha
perdido el rumbo y necesita el sostén de la esperanza.
Queremos ser nación.
Sabemos que la nación es don de Dios y obra de los hombres. Dios nunca falta a
su palabra. Somos los hombres quienes podemos fallar y nosotros los argentinos
hemos fallado, para dolor y confusión nuestra. Sin embargo, a pesar de la
profundidad de la crisis los argentinos no queremos perder la esperanza. Estamos
heridos, agobiados, perplejos, pero no desesperados.
Aquí
estamos, frente a Dios y a nuestros hermanos del mundo, que nos miran
asombrados.
Aquí
estamos, reconociendo todos nuestra responsabilidad, intentando con humildad y
fortaleza, salir de la postración a que nos ha llevado tanta corrupción, tanta
mentira y tanta codicia. Debemos reconstruir la patria desde sus fundamentos,
para hacerla más humana y justa, más fraterna y solidaria, capaz de los sueños
y la audacia de los grandes pueblos de la historia.
2.
Queremos ser nación. Una comunidad cuyo principio, centro y fin sea la persona
humana en todas sus dimensiones. El bien común de la comunidad política debe
ser entendido como “el conjunto de aquellas condiciones de vida social, con
las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente
su perfección propia” (Gaudium et Spes
74).
Es
muy importante que en este diálogo entre argentinos se destaquen los objetivos
que se consideran claves para la acción de la sociedad y sus autoridades, sobre
los cuales se pueda llegar a acuerdos fundamentales que sirvan para la marcha de
un pueblo desconcertado, necesitado de metas racionales y de normas prudentes y
estables.
Nos
ha de entusiasmar construir juntos una patria de hermanos, en la cual el vínculo,
más que la justicia, sea la fraternidad solidaria. La amistad social, según la
Doctrina Social de la Iglesia, es una relación que procura proteger la dignidad
de la persona y, en virtud de la fraternidad universal, intenta hacer iguales a
los que encuentra desiguales. Esta es la ley que debe regir el proceso de la
vida en comunión, en la cual se han de despertar las mejores cualidades de
nuestro espíritu, nuestra reserva moral, que yace escondida en el fondo del
alma de tantos argentinos.
Decíamos
en la última declaración de la Comisión Permanente que la superación de la
crisis exige la austeridad, el sentido de la equidad y de la justicia, la
cultura del trabajo, el respeto de la ley y de la palabra dada. Y que, en orden
a ello, es preciso elevar la calidad de la educación basándola en los
inclaudicables valores puestos por Dios en el corazón del hombre; transformar
la orientación de fondo de los medios de comunicación, evitando que sus
programas sirvan para degradar al pueblo; modernizar el aparato productivo de
modo que multipliquen los puestos de trabajo real; promover la reforma del
Estado y de la política; afianzar la justicia, erradicando todo tipo de
corrupción, privilegio y prebendas, y evitando el despilfarro de los fondos y
bienes públicos.
Que
en verdad el horizonte en el cual se traten los problemas no sea el privilegio
injusto de personas, grupos o
partidos políticos, sino el
servicio de todos los habitantes de este suelo bendito, privilegiando a los
pobres y enfermos, a los jubilados y a los desempleados, en fin, a los más
necesitados, para que nadie quede excluido de los bienes de la sociedad.
3. El diálogo tiene su origen y su más alta expresión en la relación
de Dios con el hombre. Este origen revela la naturaleza y manifiesta la dignidad
del diálogo.
Pablo VI decía: “Antes
de hablar es necesario no solamente escuchar la voz del hombre, sino también su
corazón. El clima del diálogo es la amistad, más aún, es el servicio” (Ecclesiam
suam 80). El que entre al diálogo pues, esté dispuesto a intentar hacer un
amigo de aquel con quien dialoga y a quien quiere servir.
“El
diálogo supone fundamentalmente la búsqueda solidaria de lo que es verdadero,
bueno y justo para todo hombre” enseña Juan Pablo II.
La
fuente, pues, es el deseo, original y libre, del bien de todos.
En
el ejercicio del diálogo que hoy empieza, se ha de manifestar con honestidad el
propio pensamiento, las propias intenciones, y escuchar atenta y respetuosamente
los problemas y las razones de los otros.
Se
ha de hablar con sabiduría y claridad, con mansedumbre, confianza y prudencia,
con paciencia y perseverancia.
El
triunfo se da en el consenso desde la objetividad de la verdad y la honestidad
de los fines, no desde el frío interés egoísta de las partes. Su verdad debe
ser buscada con esfuerzo, acogida con reverencia y agradecimiento, madurada con
espíritu de sacrificio y el firme propósito de cumplir sus exigencias.
“El
diálogo exige que cada uno acepte la diferencia y el carácter específico del
otro, sin renunciar a lo que sabe que es verdadero y justo… Incluso en medio
de las tensiones, oposiciones y conflictos”… Diálogo quiere decir ver en
cada ser humano al prójimo y compartir con él la responsabilidad de cara a la
verdad y a la justicia (Juan Pablo II, Florencia, 19.10.96).
El
diálogo exige un cambio interior en las personas. Es preciso que nuestro corazón
de piedra se transforme en un corazón de carne, un corazón humano, capaz de
amar y servir.
Este
cambio requiere el vigor y el coraje de la honestidad y la trasparencia, que con
la ayuda de Dios siempre es posible. Sin esta grandeza espiritual en quienes se
reúnan en este espacio de diálogo y en el pueblo entero de nuestra patria no
tenemos derecho a pensar en un mejoramiento de la situación general porque en
primer lugar la crisis es moral.
Mientras se desarrolla este Diálogo Argentino será muy importante,
incluso para fortalecerlo, que el mismo gobierno y los distintos grupos
convocados puedan poner signos auténticos de renovación que faciliten la
necesaria credibilidad frente al pueblo.
La Argentina necesita de
grandes dirigentes que ganen el corazón de su pueblo, especialmente de los jóvenes,
con el heroísmo y la ejemplaridad de sus gestos más que con la elocuencia de
su palabra.
Sólo
así el diálogo no se transformará en un hecho sin trascendencia, en una
mentira más, que dejaría a la nación sumida en peores condiciones de
desaliento y frustración.
Los
argentinos hemos de transitar el camino difícil de la paz que es el diálogo y
no el de la violencia triste y dolorosa, que no es humana ni cristiana.
4. El Diálogo de los Argentinos ha sido
convocado por el Presidente de la Nación, para reunir a los sectores
representativos de todo el país y será conducido por quienes él haya
dispuesto. El Señor Presidente ha solicitado el concurso y la asistencia técnica
de las Naciones Unidas.
La Iglesia por su parte ofrece el ámbito, que no es principalmente físico sino
espiritual. En total coherencia con su naturaleza, como lo enseña espléndidamente
la doctrina del Vaticano II, la Iglesia como institución, no participa como un
miembro más, sino como quien brinda un espacio de encuentro, en el que estén
vigentes viva y cuidadosamente los grandes valores morales propios de un diálogo
auténtico, algunos de los cuales quisimos destacar.
Conclusión
5. La gravedad de la situación nos reclama sabiduría,
para encontrar la solución más acertada a los problemas, espíritu profético
para señalar las grandes líneas irrenunciables de un proyecto digno de nación,
y compromiso valiente de los argentinos como amigos y hermanos que queremos
reconstruir la Patria.
“Invocando la protección
de Dios, fuente de toda razón y justicia”, con la conciencia de que la gran
obra que es la nación merece la entrega y el sacrificio de todos y cada uno de
los argentinos, marchemos sostenidos por la esperanza que no defrauda. Dijimos
en la Oración por la Patria: “Tú nos convocas, aquí estamos, Señor”.
Alocución televisiva de Mons. Estanislao Esteban
Karlic,
Arzobispo de Paraná y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
a continuación de que el Sr. Presidente de la Nación convocara al Diálogo
Argentino
el 13 de enero de 2002 a las 21.00 por cadena nacional de Radio y Televisión.
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