Comunicación social en
ECCLESIA IN AFRICA
Exhortación Apóstolica Postsinodal de Juan Pablo II
14 de septiembre de 1995
Medios de comunicación social
71. «Desde siempre Dios se caracteriza por
su voluntad de comunicación. Lo realiza de modos diversos. Da el ser a
todas las criaturas animadas o inanimadas. Establece particularmente con el
hombre relaciones privilegiadas. "Muchas veces y de muchos modos habló Dios
en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Hb 1, 1-2)»134. El Verbo de
Dios es, por su naturaleza, palabra, diálogo y comunicación. Ha venido a
restaurar, por una parte, la comunicación y las relaciones entre Dios y los
hombres, y, por otra, las de los hombres entre sí.
Los medios de comunicación social han
llamado la atención del Sínodo bajo dos aspectos importantes y
complementarios: como un universo cultural nuevo y naciente, y como un
conjunto de instrumentos al servicio de la comunicación. Constituyen
desde el inicio una cultura nueva que tiene su lenguaje propio y sobre todo
sus valores y antivalores específicos. En este sentido tienen necesidad,
como todas las culturas, de ser evangelizados135.
En efecto, en nuestros días los medios de
comunicación social constituyen no sólo un mundo, sino una cultura y una
civilización. Y la Iglesia es enviada también a llevar la buena nueva de la
salvación a este mundo. Los heraldos del Evangelio deben, pues, penetrar en
ellos para impregnarse de esta nueva civilización y cultura, con el fin de
servirse oportunamente de la misma. El primer areópago del tiempo moderno es
el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y
transformándola -como suele decirse- en una "aldea global". Los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el
principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración
para los comportamientos individuales, familiares y sociales»136.
La formación para el uso de los medios de
comunicación social es una necesidad, no sólo para quien anuncia el
Evangelio, que debe entre otras cosas poseer el estilo de la comunicación,
sino también para el lector, el receptor y el telespectador que, formados
para comprender este tipo de comunicación, deben saber asumir sus
aportaciones con discernimiento y espíritu crítico.
En África, donde la tradición oral es una de
las características de la cultura, esta formación tiene una importancia
capital. Este tipo de comunicación debe recordar a los pastores,
especialmente a los obispos y sacerdotes, que la Iglesia es enviada a
hablar, a predicar el Evangelio mediante la palabra y los gestos. Ella no
puede, pues, callar, bajo el riesgo de incumplir su misión; a menos que, en
ciertas circunstancias, el silencio mismo sea un modo de hablar y de
testimoniar. Debemos, pues, anunciar siempre a tiempo y a destiempo (cf. 2
Tm 4, 2), pero teniendo como objetivo edificar en la caridad y en la verdad.
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