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Homilía de Mons. Héctor Aguer
en la celebración del Domingo de Ramos

Iglesia Catedral, 9 de abril de 2006

 

Nuestro hosanna al Mesías

  

            La vida de Jesús tuvo un norte; estuvo orientada hacia Jerusalén. En la ciudad santa debía sobrevenir la hora, cima y remate de la misión de Cristo, en la que se había de cumplir el plan salvador de Dios. Así estaba previsto, como una profecía, en dos episodios de la  infancia que narra San Lucas en su Evangelio: la presentación del Niño en el templo, con el anuncio a María acerca de la espada que le traspasaría el alma, y doce años más tarde, siendo ya Jesús adolescente, su desaparición y el hallazgo, otra vez en el templo, entre los doctores de la ley, como un anticipo misterioso, también profético, de su muerte y resurrección.

 

            Cuando se aproxima la Pascua definitiva, el Señor sabe que ha llegado su hora –la hora de pasar de este mundo al Padre (Jn. 13, 1)- y por eso toma la resolución de encaminarse hacia Jerusalén. Lo hace con libertad plena, con entereza, y declara sin reservas a sus discípulos lo que ha de ocurrir allá. San Marcos lo relata así: Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunión nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: “Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará (Mc. 10, 32 ss.).

 

            La relación de Jesús con los dirigentes religiosos de Israel había llegado a su máxima tensión. Los espías del sanedrín seguían de cerca sus pasos y aguardaban una ocasión favorable para arrestarlo y darle muerte. No era tan fácil para ellos lograr esto; dada la popularidad creciente del rabí galileo temían que se produjera una conmoción entre la gente con brotes de violencia, y el clima de exaltación propio de la fiesta y la gran afluencia de peregrinos justificaban ese recelo. Sin embargo, tenían fijo en la intención el propósito de deshacerse de él, sobre todo después de la resurrección de Lázaro. Este milagro innegable, resonante, atrajo hacia Jesús la adhesión de muchos que a causa de ese signo creyeron en él, pero también precipitó la conspiración de sus adversarios. Jesús se retiró discretamente a la ciudad de Efraín, al borde del desierto, y los miembros del Consejo supremo de los judíos dieron orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo (Jn. 11, 57).

 

            Se aproxima la Pascua, y con la celebración ritual que constituía una tradición preciosa de Israel, se acercaba también la hora de la Pascua verdadera –porque aquélla era sólo esbozo, sombra, prefiguración-; la Pascua verdadera será la inmolación del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Ya se formaban nutridas comitivas que se encaminaban a Jerusalén y mucha gente en la ciudad se preguntaba si Jesús  acudiría a la fiesta; más aún, había gran expectativa: presentían que debía ir y esperaban su llegada de un momento a otro. El Señor tomó la ruta más larga para dirigirse a su meta, el camino que bordeaba el Jordán y pasaba por Jericó; en esta antigua “ciudad de las palmeras” tuvo lugar la conversión de Zaqueo el publicano y la curación del cieguito Bartimeo. A pesar de estos signos, los discípulos estaban intranquilos; iban de mala gana, oscilando entre el asombro y el miedo, aunque al entrar en contacto con las caravanas se fueron animando hasta compartir el entusiasmo general.

 

            La tradición indicaba las plegarias oportunas para esa circunstancia; tenían por finalidad preparar el espíritu de los fieles para adorar a Yahweh en el templo, meta de la peregrinación en las grandes fiestas anuales. Quince salmos, los que van del 119 al 133, llevan por título “canción de la subida”; seguramente fueron aquellas las oraciones que pronunció Jesús: Levanto mis ojos a las montañas, ¿de dónde me vendrá la ayuda? La ayuda me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal. 120, 1-2)... ¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la Casa del Señor”! Nuestros pies ya están pisando tus umbrales, Jerusalén (Sal. 121, 1-2). Esos cantos expresaban deseos ancestrales y esperanzas mesiánicas por largo tiempo retenidas, frustradas. Jesús los cumplió al rezarlos, mientras experimentaba, también él, el gozo de los peregrinos al emprender la marcha y al divisar a lo lejos el perfil de la gran ciudad.

 

            Al parecer, era costumbre que los habitantes salieran a recibir a los peregrinos para entrar con ellos entre cantos y manifestaciones de alegría. Así habrá ocurrido también aquella vez: a los adictos fervorosos que en el camino se fueron uniendo alrededor de Jesús, se sumaron muchos que en la ciudad aguardaban al Señor, quisieron prepararle una entrada solemne y fueron a su encuentro. Él, por su parte, decidió secundar esa iniciativa. Hemos escuchado, en la lectura del Evangelio de San Marcos que precedió a nuestra procesión, cómo Jesús mismo participa de los preparativos eligiendo la cabalgadura: el burrito atado en el arrabal de Betfagué.

 

            Por primera vez aceptará al Maestro que lo aclamen más o menos explícitamente como Rey y Mesías; será ése el cumplimiento oficial de todas las profecías. El Evangelio narra una escena de fiesta, que tiene algunas curiosas semejanzas con el antiguo ritual de la entronización de un monarca en Israel. Con la llegada de Jesús a la ciudad santa llega el Reino, la soberanía de David, el ungido por excelencia, antepasado ideal del Mesías. ¡Hosanna! Es el clamor, es decir ¡hoshianná!, que significa “ayúdanos, pues”, “por favor, danos la salvación”. ¿Qué otra cosa, en efecto, podía esperarse de él?

 

            Pero ¿cómo se entendía esa salvación? La gente, entusiasmada, creía que comenzaba allí la gran aventura mesiánica; los apóstoles, contagiados del mismo entusiasmo, saboreaban el triunfo. No habían comprendido el triple anuncio que hizo el Señor de su pasión, ni que a ellos les aguardaba la misma suerte; no estaban en condiciones de abrazar con amor ese destino como ley fundamental del discipulado. El dinamismo de los acontecimientos que se desencadenaban a partir de la entrada en Jerusalén, ligaba misteriosamente la gloria a la pasión. Jesús sabía que según el designio del Padre la salvación del mundo pasaba por la cruz.

 

            Las autoridades judías no podían aceptar aquella agitación mesiánica que como una fiebre conmovía a la ciudad, no soportaban que hasta los niños aclamaran con sus hosannas, voces y ramos, al Hijo de David (cf. Mat. 21, 16). Pocos días después, el sumo sacerdote interrogará solemnemente a Jesús: ¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito? (Mc. 14, 61 s.); la respuesta afirmativa: Sí, yo lo soy, es –por fin- la gran declaración que el Señor quiso reservar para ese momento supremo de la historia del pueblo de la alianza. El sanedrín disfrazó como una causa política la cuestión religiosa expresada en aquella pregunta y en aquella respuesta, sabiendo que los romanos no querían mezclarse en las querellas teológicas de los pueblos sometidos a su imperio. Por eso Pilatos, durante el proceso instruído en su tribunal, preguntó: ¿Tú eres el rey de los judíos? (Mc. 15, 2) y en la inscripción que indicaba la causa de la condena, en el “título” de la cruz, se pudo leer: El rey de los judíos (Mc. 15, 26). En realidad, debió decir: El mesías de los judíos, pero los mismos miembros del sanedrín tenían un concepto político del Mesías, lo imaginaban como un libertador temporal, e hicieron uso astutamente de ese concepto para entregar a Jesús en poder de los paganos. También consiguieron que en pocos días los cantos de hosanna se convirtieran en el grito ¡crucifícalo! La historia enseña que no es difícil hacer mudar las impresiones y el ánimo de una multitud.

 

            Queridos hermanos y hermanas: es en la cruz donde nuestro Señor y Salvador Jesucristo revela su mesianidad y su realiza. En la cruz se inaugura y manifiesta su Reino, que es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz (cf. Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey). El hosanna de los fieles, cuando las tinieblas del Viernes Santo cubren la tierra, desciende de los labios al corazón, se sumerge en el silencio, para brotar de nuevo, hecho aleluya, en la mañana de Pascua, porque la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular  (Sal. 117, 22). La celebración de hoy, que recapitula anticipadamente el misterio pascual, es ante todo una profesión solemne de nuestra fe en Jesucristo; hacia él, hacia el rostro del crucificado y resucitado se dirige la mirada de nuestro corazón. Vale para nosotros la exhortación de la Carta a los Hebreos (12, 2): Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Tenerlo ante los ojos quiere decir amarlo, vivir en sintonía con su voluntad y asimilar sus sentimientos, alabar incesantemente su nombre, procurando que se venerado por todos, respetado aún por aquellos que no comparten nuestra fe.

 

            Últimamente se ha desatado en todo el mundo una ola prepotente, impúdica de desprecio y odio a Jesucristo; no sólo a la Iglesia o a los cristianos, sino al mismo Cristo. No se trata de episodios aislados; numerosos hechos recientes –basta mencionar ahora algunos de ellos- indican en su simultaneidad que se avanza contra el cristianismo en cuanto tal, atacando su centro vital, con las características de una conspiración. Enumero: en la revista “Rolling Stone” aparece un conocido rapero luciendo la corona de espinas; en un corto cinematográfico sobre el espíritu de Navidad se presenta una pelea a puñetazos entre Jesús y Santa Claus; un diario francés muestra una caricatura obscena del Señor y en la misma línea se ubican pinturas con alusiones sexuales exhibidas en una exposición en Londres; el logotipo de unos populares pantalones de origen sueco es un cráneo con una cruz invertida. Se han vendido cerca de doscientos mil de esos vaqueros y el diseñador declaró que quiso pronunciarse activamente contra el cristianismo. A las fabulaciones infames de “El código Da Vinci”, que cobrarán nuevo impulso con la película de próximo estreno, se suma ahora el así llamado “Evangelio de Judas”, un escrito de la secta gnóstica de los cainitas, ya refutado por San Ireneo hacia el año 180. Acaba de ser presentado como si fuera una novedad por la National Geographic Magazine aprovechando la proximidad de la Semana Santa; promete ser, también ésta, una fructífera operación económica. Se puede añadir a esta lista las reiteradas profanaciones de la Sagrada Eucaristía, las blasfemias contra la Santísima Virgen y las presiones crecientes, ubicuas, para desalojar de los lugares públicos las cruces y otros signos cristianos.

 

            Hace muy poco, la publicación de unas caricaturas de Mahoma desencadenó la ira de los fieles del Islam y muchas reacciones de crítica e indignación. En general, cuando se ataca siquiera levemente a la comunidad judía se activan con rapidez los mecanismos democráticos que censuran toda discriminación y se oponen a cualquier limitación de la libertad religiosa. En cambio, llama la atención la apatía, la lenidad, el sospechoso silencio ante los atentados contra la fe cristiana. Parece que el cristianismo, y más específicamente el catolicismo, puede ser atacado con impunidad. Lo que extraña todavía más es la flojedad, la desidia, la inacción de los cristianos que sufren sin chistar que se insulte a su Señor y que se manoseen las realidades más santas de la religión. Es una triste señal de cómo se ha debilitado la fe y su proyección en la cultura de pueblos que alguna vez se gloriaron de su vinculación filial con la Iglesia de Cristo. Algunos hechos como los que he señalado han ocurrido también en la Argentina, porque en este lejano sur no faltan los adelantados de la globalización.

 

            Los ramos bendecidos y elevados en este domingo en que se inicia la Semana Santa han querido expresar de nuestra parte un compromiso de coherencia en la profesión de nuestra fe, en nuestra adhesión de obediencia y amor a Jesucristo. A él le debemos nuestra actitud interior y nuestros gestos exteriores de desagravio y reparación. A nuestros contemporáneos hemos de ofrecerles un testimonio sereno y cordial de la verdad, que no excluya cuando corresponda una noble firmeza para hacer que se respete, de acuerdo a la decencia, la justicia y las leyes, el sagrado tesoro de la catolicidad. Por allí se empieza, por exigir ese respeto elemental. Pero nuestra condición de discípulos, de apóstoles, nos impone trabajar sin descanso, acompañando los esfuerzos con oración ardiente, por la extensión del Reino del Mesías, por la conversión del mundo a Jesucristo, por el triunfo pacífico, salvífico de la cruz.

 

 + Héctor Aguer

Arzobispo de La Plata

 

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