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Homilía de Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata,
 en el Te Deum conmemorativo del 196° aniversario de la Revolución de Mayo

 - Iglesia Catedral, 25 de Mayo de 2006 -

 

A Dios, lo que es de Dios

  

            Estimado Señor Gobernador: Le agradezco de corazón su presencia en nuestra celebración de acción de gracias. Estamos cumpliendo y actualizando en esta catedral una venerable tradición criolla; desde los inicios de nuestra vida independiente las autoridades civiles solicitan a los pastores de la Iglesia que en las fiestas patrias oficien el Te Deum para agradecer a Dios la providencia ejercida sobre nuestro pueblo y sobre su historia y para invocar con esperanza su protección en el futuro. ¡Bienvenido! Lo saludo cordialmente, y extiendo este saludo a las demás autoridades, a los representantes de las diversas instituciones sociales y a todos los presentes. ¡Quiera el Dios de la paz aceptar benignamente este gesto nuestro de adoración, de alabanza y de súplica que es expresión de nuestra fe!

 

            La costumbre que renovamos anualmente de celebrar el aniversario del 25 de mayo de 1810 nos lleva, de una manera inconsciente, a considerar los episodios acontecidos alrededor de esa fecha como una realidad poco menos que necesaria, casi como un hecho de la naturaleza. Pero para los protagonistas de aquellas memorables jornadas no fue de ninguna manera así; ellos vivieron un hoy escurridizo en el que empeñaron arriesgadamente su responsabilidad, un hoy cargado, además, de las incertidumbres del mañana. Manuel Belgrano registró  en su Autobiografía la confusión y las pequeñeces humanas que acompañaron al proceso culminado el día 25; como buen católico interpretaba que el resultado favorable de la crisis sólo podía atribuirse a los designios de la Divina Providencia, pues las acciones de los hombres no habían sido las más atinadas.

 

            La marcha posterior de la revolución se vio asimismo, a menudo, beneficiada por circunstancias de origen exógeno, como las que impidieron una restauración realista y las que frenaron los avances de Portugal. Pero la continuación azarosa de los hechos y la torpeza de los hombres privó de vastas regiones al territorio del Estado argentino naciente; fue un costo muy elevado para un proyecto que se había dado el nombre de Provincias Unidas y que cosechaba desuniones y secesiones. Fronteras adentro, la inestabilidad de los sistemas de gobierno se manifestaba en el desfile de Juntas, Triunviratos y Directorios, vacilantes intentos de establecer una autoridad nacional que promoviera una auténtica integración de las provincias sin sofocar sus legítimas autonomías, sin abolir bajo el peso de un centralismo agobiante su rica y complementaria diversidad.

 

            Debieron transcurrir varias décadas hasta que resultara posible formular un texto constitucional al que pudiera asegurársele una vigencia real en la sociedad aun entonces argentina. Sin embargo, no todo anduvo bien. Hace hoy exactamente 150 años, el 25 de mayo de 1856, fray Mamerto Esquiú pronunció un sermón en la Iglesia Matriz de Catamarca con motivo de la instalación del primer gobernador constitucional de la provincia. Aquel hombre de tierra adentro, hijo del mestizaje y legatario de la cultura tradicional, denunciaba la precariedad del Estado de derecho a causa de la defección y obsecuencia de los legisladores antes los avances absolutistas del Poder Ejecutivo. Permitidme –decía– que os revele mi amarga convicción: si en los cuarenta años que han transcurrido no hubiera habido legislaturas a manos de la política, la corrupción no sería tan honda y los gobiernos no habrían tiranizado tan descaradamente a los pueblos.

 

            Años más tarde, el mismo Esquiú expresó con sentimiento la prematura ruina del país federal, consumada por el predominio de los partidarios del puerto fuerte, la nación raquítica y el trasplante cultural; lo hizo redactando un conmovedor epitafio:

 

Aquí yace

La Confederación Argentina.

Murió en edad temprana

A manos de la traición, de la mentira y del miedo.

Que la tierra porteña le sea leve.

Una lágrima y el silencio de la muerte

Le consagra un hijo suyo.

 

            Fueron lamentos proféticos, ya que aquellas sombras iniciales volvieron a cubrir periódicamente el cielo de la república; la experiencia enseña que no basta una legalidad formal, ni el funcionamiento de ciertos mecanismos democráticos, para asegurar la plena vigencia del Estado de derecho y del régimen federal que corresponde a nuestro sistema político.

 

            El vigor, la salud de las instituciones, el ejercicio límpido y eficaz de las funciones propias de cada una de ellas, son factores imprescindibles del orden político; por su parte, el orden político es un componente esencial del bien común. La enseñanza social de la Iglesia, expresada en el Concilio Vaticano II define al bien común como el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las colectividades y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección (Gaudium et spes, 26). Señala también la doctrina eclesial que es en la comunidad política donde se verifica la realización más completa del bien común que configura en cuanto tal a toda la comunidad humana; por lo tanto, corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad, la organización de la sociedad civil y armonizar con justicia los diversos intereses sectoriales (cf. Compendio de la DSI, 168 ss.).

 

            Esta tarea propia de la autoridad política no es obra de pura voluntad, y mucho menos de la prepotencia y el atropello, sino ejercicio eximio de prudencia. La prudencia política propia del gobernante, que no ha de confundirse con la astucia, es la más perfecta especie de prudencia, según Santo Tomás. Sin ella, la aspiración a la justicia y los conatos por instaurarla quedarían en mera afirmación de la voluntad, la cual, privada de la lumbre del discernimiento, estaría condenada a desembocar en la anarquía o en el despotismo. Cuando San Pablo recomienda a Timoteo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los soberanos y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad, y llevar a una vida piadosa y digna (1 Tim. 2, 1-2), está sugiriendo implícitamente que roguemos a Dios para los gobernantes la gracia de la prudencia. Y la sabiduría de un pueblo –la prudencia de los gobernados– consiste en elegir sólo a los hombres prudentes para regir sus destinos.

 

            Nuestra historia nos revela carencias propias del “ser nacional”: cierta falta del sentido de lo comunitario, la periódica tendencia a prescindir de la tradición, como si fuéramos seres sin género y sin herencia y las recurrentes estrecheces ideológicas de minorías que aspiran al poder total, además de una dificultad especial para plasmar la concordia en nuestra sociedad. Pero también hemos de reconocer la continuidad de algunas formas de ser que el pueblo argentino ha conservado y desarrollado, entre las que se destaca el sentido religioso, manifiesto en las devociones marianas y las rendidas  a los santos, el valor de la familia –que debe ser, sin embargo, fortalecido y tutelado por las leyes–, los alcances de la amistad, que se expanden más allá del círculo de querencias cercanas en la forma de iniciativas sociales e institucionales orientadas al bien común. Otra riqueza invalorable es ese instinto de solidaridad que brota y se activa generosamente en tiempos catastróficos. ¡Ojalá pudiéramos superar aquellas debilidades y fortalecer estas dotes auspiciosas para que nuestro patriotismo sea sin vueltas, fecundo, y no el trasnochado exhibicionismo de un orgullo que ha perdido ya su justificación!

 

            Nuestro Te Deum de las fiestas patrias tendría que expresarse como una sincera confesión de nuestras limitaciones, y acompañar así al agradecimiento por tantos dones recibidos del Creador. Es sobre todo una confesión de la soberanía de Dios. Así también lo proclama la sentencia de Jesús –tan conocida y citada– que hemos escuchado en el Evangelio: Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mat. 22, 21). No tiene nada de extraño que Jesús invite a los discípulos de los fariseos y a los partidarios de Herodes a pagar los impuestos; los invita, en todo caso, a hacer lo que ya hacen. Ellos, al utilizar el denario de Tiberio, con los símbolos políticos y religiosos del poder romano, están reconociendo plenamente su soberanía. El Señor añade algo sobre lo cual no ha sido interrogado; en esta segunda porción de la respuesta: den a Dios lo que es de Dios, se encuentra el mensaje que desea inculcar. No intenta Jesús agregar al mandato del pago fiscal un precepto religioso suplementario y ubicado en el mismo nivel de exigencia que el respeto debido a la autoridad y el cumplimiento de los deberes cívicos. La obediencia a Dios es el precepto de todos los preceptos, el fundamento excesivo de todos los mandatos. Dios, en efecto, plantea una exigencia sin límites, que comprende todos los ámbitos de la vida humana. Como se canta en un salmo, del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos sus habitantes (Salmo 23, 1); él somete a las naciones y desarma a los reyes, afirma el profeta (Is. 45, 1). Ninguna autoridad terrena puede eximirse de aquella soberanía primera de Dios se extiende, pues, que el salmista exhorte a los poderosos en términos que son característicos de la revelación bíblica: Por eso, reyes, sean prudentes; aprendan, gobernantes de la tierra. Sirvan al Señor con temor; temblando ríndanle homenaje... ¡felices los que se refugian en él! (Salmo 2, 10 ss.). El César recibe legítimamente lo que es suyo; feliz de él y de su pueblo si da a Dios lo que es de Dios. Es ésta una ley de la historia, que vale para los césares de todos los tiempos.

 

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