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REFLEXIÓN DE MONS. HÉCTOR AGUER, Arzobispo de La Plata,
en “Claves para un Mundo Mejor” (Canal 9)
 

LAS CÁRCELES BONAERENSES,
UNA MIRADA PASTORAL



 “Los internos de las cárceles de la Provincia de Buenos Aires han venido desarrollando, hasta hace pocos días, una prolongada huelga de hambre, que tuvo como objetivo llevar adelante ciertas reivindicaciones. Los reclamos principales que han exhibido los huelguistas son perfectamente razonables”.

“De una población de aproximadamente 26.000 internos, residentes en las cárceles provinciales, entre el 75 y el 80% son sólo procesados a los que aún no se les ha dictado sentencia; no han sido condenados”.

“La protesta no se refiere a las deficiencias de la infraestructura, o a la calidad de la comida, o al maltrato recibido, sino a algo mucho más serio y profundo, que tiene que ver con un derecho humano fundamental. Existe una morosidad intolerable de la justicia, que equivale prácticamente a su denegación”.

“Es de desear que el proceso penal sea una expresión auténtica de justicia. Se trata, obviamente, de la justicia humana, que es falible. Pero, con todo lo falible que sea, debe acercarse un poco a la justicia de Dios”.

“Si el proceso penal no se resuelve en plazos razonables, ¿cómo es posible que se cumpla el objetivo, la finalidad del encarcelamiento?. Me ha tocado a mí encontrar, en las cárceles que visito habitualmente, casos terribles, como el de una mujer -la recuerdo muy bien- de unos cincuenta años, que hacía tres estaba presa sin saber muy bien por qué y nunca había visto a su defensor, ni sabía quién era. Estas cosas, y otras semejantes, ocurren todo el tiempo. Hay que tener en cuenta esta realidad, la realidad penosa e injusta de las cárceles, sobre todo cuando desde fuera de ellas se reclama contra la proliferación del delito. No se debe considerar que todos los encarcelados sean monstruos. Yo recuerdo más bien la frase de Jesús: “estuve preso y vinisteis a verme”.

“El proceso penal debe resolverse cuanto antes, para que si recae en condena pueda cumplirse el sentido y la finalidad de la pena que es la privación de la libertad. Se supone que en la cárcel el penado tiene que tratar de superar la situación que lo llevó a ese estado, para poder reinsertarse en la sociedad. Se trata, ante todo, de recuperar la auténtica conciencia de sí, de la malicia de su delito; asumir que ha hecho el mal y reconocer en aquel a quien ha dañado a un prójimo. Sólo así podrá reconciliarse con la sociedad. El que ha sido condenado y paga en la prisión su culpa debe asumir la verdad de aquella “regla de oro” que aparece en el Evangelio pero que pertenece al patrimonio de sabiduría de la humanidad: “no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti”.

“Todo esto configura un problema muy grave. Con toda razón se elevan en la sociedad voces unánimes que exigen seguridad. Pero para resolver los graves problemas de administración de justicia no es sensato dejarse llevar sin más por esos reclamos. Esta cuestión implica a los tres poderes del Estado, a los que cabe una responsabilidad gravísima. No se deben proyectar sobre este problema planteos ideológicos, ni corresponde que se lo use para dirimir internas políticas entre los tres poderes. Se debe proceder con respeto de la justicia, del derecho, de la equidad, con un sentido elemental de la humanidad. Y con urgencia”.

“Es verdad que el problema de las cárceles es de difícil solución en todas partes y hay países en los que la situación es mucho peor que en la Argentina. Pero “mal de muchos, consuelo de zonzos”. Aquí hay algo que nosotros debemos resolver, y todos podemos contribuir al menos tomando conciencia de lo que significa el mundo de las cárceles y del peligro que implica una justicia que llega tarde, mal o nunca”.

 

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