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HOMILÍA DE MONS. JOSÉ MARIA ARANCEDO
DURANTE LA CELEBRACIÓN DE CORPUS CHRISTI

17 - 06 - 06


Queridos hermanos:

En este día de la Solemnidad del Corpus Christi nos ha convocado nuestra gratitud a Dios, que nos ha enviado a su Hijo Jesucristo para quedarse con nosotros como nuestro alimento. Desde la Eucaristía el hombre ya no camina solo, Dios camina con él. Aquel quédate con nosotros, Señor, de los discípulos de Emaús, hoy lo sentimos muy vivo y cerca de nosotros, esto nos llena de gozo y compromiso. Esto venimos a proclamar y celebrar. El Corpus Christi es una Fiesta de gratitud a Dios, de encuentro con Jesucristo y de compromiso de nuestra fe. Es, además, en torno a la Eucaristía donde nace y crece la Iglesia, por ello hoy, también, nuestra mirada de fe nos lleva a reconocernos como miembros vivos de la Iglesia y a renovar frente al Señor y ante el mundo nuestro compromiso de ser discípulos y misioneros de su Evangelio.

Este año nos hemos reunido bajo el lema: "Unidos en el Eucaristía, discípulos de Jesús, constructores de la paz". Como les decía en la convocatoria hemos querido unir el lema que nos propone la V° Conferencia del Episcopado Latinoamericano: "Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos tengan Vida", con aquel con el cual peregrinamos este año a Guadalupe: "Junto a María construyamos la paz". La Eucaristía nos hace discípulos y misioneros de Cristo y nos compromete a construir desde él un mundo nuevo. Yo les diría que la fuerza de este lema está en el grado y el nivel de encuentro e intimidad con el Señor en la Eucaristía. Podemos acostumbrarnos a comulgar y dejar de sorprendernos por lo que ello significa y nos compromete. Jesucristo quiere hacer presente desde cada Eucaristía y con nosotros, que somos miembros vivos de su Cuerpo, la vida y la misión del Reino de Dios, que es un Reino de verdad, de santidad y de gracia. Para esto he venido y para esto los he llamado, nos diría, para que el mundo tenga vida. Este día en que proclamamos con gozo el misterio de nuestra fe, debería ser para nosotros un preguntarnos cómo celebramos y participamos de la Eucaristía en nuestras vidas.

El primer signo de una celebración eucarística plena es el espíritu de discípulos y misioneros, que ella va creando en cada comunidad y en cada cristiano. Una Eucaristía que no despierte en nosotros desde esa intimidad de discípulos con el Señor, el deseo de vivir y de predicar su evangelio, es una Eucaristía no plenamente vivida ni totalmente comprendida. Cuántas eucaristías celebradas y que pocos misioneros. Alguien nos decía que ha bajado el fervor apostólico en nuestras comunidades. Creo, por ello, que es necesario revisar y revitalizar el sentido de participación en la Misa dominical, como también fomentar una sólida piedad eucarística, que le de a nuestras vidas la alegría de vivir el compromiso de la misión que hemos recibido. La celebración de la Eucaristía debe fortalecer en cada comunidad la presencia de un Cristo vivo, que necesita y espera de nuestra disponibilidad y entrega para llevar a todos los hombres su mensaje de vida y amor. No puede haber un discípulo que no sea misionero, pero tampoco puede haber un misionero que no viva su vocación desde la intimidad de gracia y amistad del discípulo.

También hemos querido en este día, desde la contemplación agradecida del don de la Eucaristía, descubrirnos como "constructores de la paz". Esto le pedíamos al Señor cuando peregrinamos a la casa de nuestra Madre en Guadalupe. La paz está herida, no sólo en el mundo y en nuestra Patria, también en nuestra querida ciudad de Santa Fe. Conocemos los índices de violencia e inseguridad, de pobreza y marginalidad, de muerte y de droga. Aún nos sorprende el número de armas que hay en manos de particulares. Esto no nos debe desanimar en nuestro trabajo, ni quedarnos sólo en la crítica, sino que nos debe comprometer a trabajar con esperanza en la construcción de un mundo nuevo, en el que vayan desapareciendo estos signos de pecado y de muerte que son una afrenta a la humanidad y a la dignidad del hombre. La Eucaristía es el sacramento del amor y la solidaridad. No podríamos acercarnos a comulgar con un corazón endurecido y no abierto a las necesidades de mis hermanos, como tampoco regresar de comulgar sin comprometerme a compartir con ellos el mensaje de amor que hemos recibido. Quiero agradecer a toda la ciudad en este contexto tan particular la generosidad con la que han colaborado este año con la colecta de Caritas.

Sabemos que la paz nace de la verdad y madura en la justicia, pero también sabemos que necesita de un espíritu de reconciliación que nos anime. En este sentido creo que nos falta a los argentinos una cultura de la reconciliación, que es un valor necesario para dar plenitud a las instancias de la verdad y la justicia, tan necesarias en el camino de la paz. Cuando en el horizonte de nuestros actos no aparece el valor de la reconciliación como una exigencia de bondad moral que da plenitud a nuestros actos, incluso a la misma justicia, creo que nos quedamos paralizados en enfrentamientos que nos debilitan y dividen. La Eucaristía es la fuente de la paz por que ella nace y se ha sellado en la cruz, con la palabra de perdón que Jesucristo nos ha dejado como testimonio de su amor. Por ello celebrar la Eucaristía es testimoniar la presencia viva de Jesucristo, que se ha hecho por nosotros y por la salvación del mundo, camino de verdad y de vida. Creer en lo que celebramos nos compromete a ser testigos y a trabajar por la paz.

Queridos hermanos, hoy nos ha convocado nuestra fe y nuestro amor a Jesucristo. Venimos a agradecer su presencia y a renovar nuestro compromiso cristiano, pero también a decirle que queremos como Iglesia santafesina vivir unidos en la Eucaristía, como discípulos y misioneros suyos, y así ser constructores de la paz. Que María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, acompañe nuestro camino de Iglesia para ser ante el mundo el signo vivo del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Santa Fe de la Vera Cruz, 17 de Junio de 2006
Solemnidad del Corpus Christi

 

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