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Carta de monseñor José María Arancedo,
arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz,
 sobre el aborto

- Octubre de 2006 -

 

Queridos hermanos:

En este mes de Octubre celebramos el día de la Familia y en él, el día de la Madre. Dos acontecimientos que se corresponden y marcan la cultura de un pueblo. Detener la mirada en una fecha nos sirve para fijar nuestra atención y reflexionar sobre el significado que esa realidad tiene hoy para nosotros. Como todos los años les he escrito una carta a las familias en la que las invitaba a reflexionar sobre: “La Familia, camino de plenitud”. Ella es el ámbito natural y espiritual en la que cada miembro va creciendo en comunidad sin anularse, por ello se la llama con razón, les decía, la primera escuela de la dignidad y socialización del hombre. En este sentido hablamos de la familia como un “patrimonio de la humanidad”. Su presencia y testimonio es la primera escuela para la sociedad. No dudemos que fortalecer la familia es la mayor inversión que debe hacer una comunidad responsable para asegurar en el futuro su nivel de vida moral y cultural. 

En esta carta quisiera detenerme en un tema que hace a la responsabilidad no sólo de la familia, sino de todo ciudadano y de la misma sociedad, me refiero al tema del aborto. No se trata de algo secundario y que pueda quedar librado a la determinación de cada persona u opinión circunstancial, sino que estamos ante un hecho que reclama definiciones claras y comprometidas. No es un tema sólo de fe, aunque no podemos olvidar su importancia al tratarlo, sino de una realidad que pertenece al ámbito de los derechos humanos que deben ser tutelados por la misma sociedad. Dada la importancia del tema es que no podemos callar, ni dejar de movilizarnos para expresar nuestro firme y claro rechazo al aborto. El tema de la vida es parte integrante del contenido de nuestra fe en un Dios que es creador y providente. El don de la vida no es un producto más, sino un proyecto que tiene el sello de lo divino y que sólo necesita del tiempo para su realización y verdad plena. 

Es importante observar que cuando el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica nos habla del aborto lo hace precisamente en el capítulo III, en el que trata sobre los Derechos Humanos. Sacar el aborto de este contexto es desconocer la dignidad y las exigencias de la vida concebida, y no ponderar su gravedad intrínseca. Cuando no se parte de la realidad de la vida como un dato objetivo comprobable científicamente, y frente al cual no se puede admitir la gradación del más o menos, sino que es una existencia nueva y que como tal debe ser tratada, entonces perdimos de vista el lugar correcto desde el cual debemos observar la realidad. Estamos ante un nuevo ser que tiene autonomía genética, aunque no tenga aún una independencia total. Esta realidad de fragilidad no disminuye, sin embargo, su grandeza en el orden del ser, que es lo que determina su condición de sujeto de derechos. Por ello debemos afirmar y defender que el primer derecho del hombre es el derecho a la vida. 

En esta línea de pensamiento la Doctrina Social de la Iglesia concluye que la fuente última de los derechos humanos no depende de la voluntad o libertad de ninguna persona, ni reside en poder del Estado ni en la promulgación positiva de sus leyes, sino sólo en la dignidad del mismo hombre que le es connatural a su propia vida y que es igual en toda persona. Estos derechos, por otra parte, son universales, inviolables e inalienables, es decir, están presentes en todos los seres humanos, sin excepción alguna de tiempo, lugar o sujeto. Además de su universalidad estos derechos tienen la nota de la indivisiblidad, es decir: “Tales derechos se refieren a todas las fases o etapas de la vida y en cualquier contexto…. Son un conjunto unitario..” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nº 154). Desde esta certeza filosófico-científica se define y garantiza el respeto por todos y cada uno de los derechos humanos. Cuando dejamos de pensar a partir de las exigencias que nos plantea esta realidad, aún en su estado o etapa de fragilidad dependiente, pero siempre como sujeto real de derechos, quebramos el orden del ser y de la justicia.

Un tema que se esgrime es el de la libertad de la madre como un derecho absoluto que no admitiría límites. Se lo llama el derecho a la libre decisión. Debemos recordar que la libertad no es un principio absoluto creador de normas, sino una determinación personal y voluntaria que debe reconocer, y éste es su límite, los derechos que emanan del otro o de un ordenamiento jurídico, en este caso la vida concebida que se convierte en una realidad que vincula y compromete.  Lo que existe en la madre, después de la concepción es un ser distinto y goza, por lo mismo, de derechos que deben ser tutelados por el Estado por medio de sus leyes justas. No es un objeto que dependa de la voluntad de nadie, sino un sujeto de derechos. La justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, por ello es tan sabia y necesaria la tutela jurídica frente a la vida naciente e indefensa. Como vemos no se trata sólo de un cuestión de fe, o de pertenencia religiosa, sino de un tema que compromete la conciencia y que como ciudadanos tenemos el derecho y la obligación de defenderlo ante la sociedad y reclamarlo a las autoridades. Esto lo digo como Obispo, pero también, y tal vez antes, como ciudadano de esta Patria a la que pertenezco y amo.

Esta polémica no es, decía recientemente la Declaración de la Comisión Permanente del Episcopado Argentino, una discusión entre tantas. Es una cuestión de fondo que involucra a todos los ciudadanos de cualquier credo o condición social. La opción por el aborto desconoce la dignidad e inviolabilidad de la vida que tiene su fundamento en el orden del ser, que es el fundamento de la justicia. Como vemos estamos ante un tema que no podemos desatender, debemos dar razones de lo que proclamamos y defendemos, sin complejos, pero con la certeza que nos da la fe  y la razón, que no se oponen sino que se complementan y ayudan, como así también con el debido respeto a las personas. No se trata de un tema opinable para un cristiano sino que es parte integrante de nuestra fe en un Dios que es Padre, y que nos ha revelado el valor de la vida en la exigencia de un mandamiento, no matar. 

Queridos hermanos, les he escrito esta carta con la responsabilidad de Pastor ante un tema instalado y del que nadie puede sentirse ajeno, sino comprometido con su fe para prestar un servicio al bien de la sociedad desde cualquier lugar que ocupe, sea en la familia como en la escuela, alumno o docente, político o empresario, profesional, empleado, trabajador o simple ciudadano. Pongo la intención y el contenido de esta carta a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, para que nos acompañe en este camino del Evangelio de la Vida que hemos recibido de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Junto a  mi afecto y oraciones, reciban mi bendición de Padre y Obispo.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 

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