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Meditación de Cuaresma 2007
de Mons. José María
Arancedo,
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
Queridos hermanos:
Cada año la Iglesia nos renueva en Cuaresma el llamado a la
conversión, como una exigencia de nuestro seguimiento a Jesús y
participación en la vida de su Reino. Los evangelios nos dicen que el
Reino de Dios está cerca, es más, que está "entre nosotros" y es
Jesucristo. La conversión hace referencia a este hecho que es una
gracia, pero que necesita de nuestra colaboración. Es obra de Dios, pero
también del hombre. San Pablo nos va a hablar de cambiar el corazón, de
apartarlo de toda ambigüedad o apego desordenado, para luego, y no
antes, cambiar el estilo de vida. Querer cambiar lo exterior sin llegar
a un cambio interior es quedarnos en la apariencia; en la vida
espiritual hay que evitar los maquillajes, que son cambios sin
profundidad.
La conversión comienza por el descubrimiento de Jesucristo. Él es el
objeto y el contenido de la conversión cristiana. Es a él a quien
debemos contemplar y escuchar; es a él a quién nos convertirnos. No se
trata de un ejercicio de perfección humana o la búsqueda de una vida más
sana, sino de un encuentro con la persona de Jesucristo y su proyecto de
vida, esta es la base y el sentido de una verdadera conversión. La
conversión se orienta a fortalecer nuestra libertad y nos ayuda a
desprendernos de todo aquello que nos impida vivir el amor hacia Dios y
hacia nuestros hermanos. Es por ello que el signo de una auténtica
conversión cristiana, es la caridad: "en esto reconocerán que son mis
discípulos" nos dice el Señor (Jn. 13, 35). Un corazón no convertido nos
aparta de Dios como fuente de vida y de sentido, además nos esclaviza y
bloquea nuestra caridad.
Creo que nos puede ayudar en esta meditación de Cuaresma el relato de
san Mateo cuando nos presenta la parábola del tesoro escondido (Mt. 13,
44). Recuerdo algunas reflexiones que me ayudaron en un Retiro para
sacerdotes, el predicador, utilizando una terminología clásica, nos
hablaba de tres momentos en este camino de la conversión: Iluminación,
Renuncia y Purificación. El tesoro escondido del evangelio se refiere al
Reino de Dios, que para el que lo encuentra se convierte en un bien que
ya, inmediatamente necesita comprarlo, porque ha descubierto en él lo
que da sentido a su vida. Este bien que es Jesucristo tiene sus
exigencias, requiere una actitud de apertura, de coherencia y entrega.
El encuentro con Cristo todo lo cambia, es el comienzo de una vida
nueva.
El primer momento de este camino de conversión es, decíamos, la
Iluminación. La conversión no comienza por la renuncia sino por la
alegría de haber encontrado el tesoro. El encuentro con Jesucristo es la
primera gracia, la de la "luz", la de la fe, la que nos va a permitir
que "vendamos", que renunciemos a todo aquello que no pueda permanecer
en su presencia, porque ya no tiene valor. Es la respuesta de san Pedro
cuando exclama: "Señor, ¿a quien iremos? Solo Tú tienes palabras de
vida" (Jn. 6, 68). No se comienza por la renuncia sino por la
experiencia de la luz, del encuentro con Jesucristo, que es lo que
ilumina la conciencia y nos muestra el camino nuevo. Puede haber una
conciencia dormida, con cierta ceguera o pereza, con zonas grises que
nos impiden ver a Jesucristo. Debemos, por ello, comenzar por la oración
y pedir con insistencia la "luz" que nos permita descubrirlo a Él, que
es la fuente y el contenido de nuestra conversión.
El segundo momento en este camino de conversión es la Renuncia, que
corresponde a la venta del campo de la parábola del Reino. La renuncia
no es lo más importante ni lo primero, sino descubrir el tesoro, a
Jesucristo. La vida cristiana no está en la renuncia, ella es algo
positivo, es el amor como presencia de Dios. Entonces para qué la
renuncia?. Aquí interviene la realidad del pecado como un obstáculo a la
vida de la gracia y a nuestra libertad. El pecado no es algo exterior,
una grosería o un acto de mala educación, esto lo podemos arreglar entre
nosotros, sino que su malicia es más profunda porque destruye la imagen
de Dios en el hombre y deteriora sus relaciones. El pecado endurece el
corazón del hombre y quiebra la armonía en su vida y en el diálogo con
Dios, como con los hombres y la creación. Esta es la gravedad del
pecado. La conversión busca llegar a este nivel interior en el hombre
para sanar y recrear su vida y sus relaciones. En este camino de triunfo
sobre el pecado debemos estar dispuestos a la renuncia y a la disciplina
personal, que incluso nos puede y debe poner límites. El límite no es un
impedimento que me reprime, por el contrario, la falta de límites se
convierte en un verdadero impedimento para madurar en la libertad y
crecer en la responsabilidad. Si bien la conversión es una gracia, en la
renuncia se acentúa más la obra del hombre, nuestra obra, que se expresa
en el libre ejercicio y fortaleza de nuestra voluntad. Este nivel es
necesario pero no el más importante.
La renuncia como obra nuestra tiene sus límites, somos inconstantes,
vendemos (renunciamos) y tal vez volvemos a comprar lo que ya vendimos.
La conversión no depende solo de nuestras fuerzas que son limitadas, la
renuncia sola no alcanza. Llegamos así, al tercer momento de la
conversión que es la Purificación. Yo renuncio, podríamos decir, pero es
Dios quién me purifica. La purificación es pura gracia sanante, es Dios
quien actúa, que viene en nuestra ayuda para liberarnos y sanarnos. En
algunos casos puede llegar esta gracia en forma de cruz o de fracaso,
tal vez sea la poda que necesitábamos, estas circunstancias las debemos
vivir con una actitud de fe y de esperanza. Es importante en este
proceso la virtud de la humildad que nos permite conocer nuestra
fragilidad y abrirnos a la ayuda de Dios. Es necesario saber valorar,
también, el sentido salvífico del tiempo como espacio del obrar de Dios,
en el que me llama y espera. La purificación va a alcanzar su mayor
certeza y visibilidad en la vida sacramental de la Iglesia,
especialmente en el sacramento de la reconciliación, porque son signos
objetivos que Jesucristo nos ha dejado para comunicarnos su gracia. Sin
embargo, parecería que el Señor nunca nos purifica del todo, que nos
deja algún defecto o miseria, pienso en aquella " espina clavada en mi
carne" de la que nos habla san Pablo, y a quién el Señor le va a
responder: "Te basta mi gracia" (2 Cor. 12, 9). El camino de la
purificación, como vemos, no se da en un instante sino a lo largo de
toda la vida, porque su horizonte y su verdad, en última instancia, es
la eternidad, su gozo pleno aún nos espera. Salimos de Dios y vamos
hacia Él. En esta historia única y personal, Dios es fiel, no nos
abandona y nos acompaña.
Queridos hermanos, pido al Señor que esta meditación nos sirva para
descubrir y vivir la alegría de la santidad en nuestra vocación
cristiana. No olvidemos que el fruto de la conversión es la presencia de
Dios en nosotros, cuyo signo es la caridad, especialmente hacia aquellos
más cercanos y más necesitados. Que María Santísima, Nuestra Madre de
Guadalupe, nos acompañe en este tiempo de conversión y de gracia.
Reciban junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en Cristo Nuestro
Señor.
Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
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