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Homilía del Cardenal Bergoglio,
Arzobispo de Buenos Aires,
durante la Misa Crismal

  

La homilía de Jesús fue cortita. “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Sabemos que la cosa siguió. Que fue una homilía muy participada, con exclamaciones de admiración de la gente y frases irónicas, como la del hijo del carpintero… Y también que Jesús provocó a sus paisanos con esas afirmaciones tan tajantes acerca de la mala aceptación de los profetas en su tierra y de los milagros que Dios no podía hacer en su pueblo por su falta de fe. Sabemos que los ánimos se caldearon hasta el punto que querían despeñar a Jesús. Pero que en el clímax de la exasperación el Señor pasó en medio de ellos y se fue a predicar a Cafarnaún.

 

La inauguración del año de gracia resultó bien desconcertante. Eso sí, la imagen que queda es la de la majestad litúrgica con que se mueve el Señor dominando la escena. Él se levanta a leer la lectura, él concluye el episodio: “pasando por en medio de ellos, seguía su camino”. Aunque la liturgia terminó fuera de la Sinagoga, el final parece una de nuestras salidas de misa por en medio de la gente.

 

Sucedió como si en pocos instantes se hubiera adelantado y concentrado lo que ocurriría luego a lo largo de la vida pública del Señor: la evangelización de los pobres, los milagros, la aprobación de la gente y después la indignación y el llevarlo a la Cruz y el Señorío de Jesús Resucitado. El Señor hace su anuncio y  provoca que se desaten las cosas, sólo que no deja que lo despeñen ahí mismo. Es la inauguración profética del año de gracia. Con sus palabras y gestos y con lo que permitió que hicieran y dijeran los demás, el Señor comienza dramáticamente la misión para la que fue ungido.

 

El Señor hizo pasar a sus paisanos de la maravilla al rechazo. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Primero todos dan testimonio a su favor y se maravillan de las palabras de gracia que salen de sus labios… Pero minutos después lo quieren despeñar. ¿Había necesidad de provocar a su gente?  ¿No viene el Ungido a traer una buena noticia a los pobres, a anunciar un año de gracia…? ¿Por qué los desconcierta? Nuestra Señora, que seguramente estaba presente, habrá recordado las palabras del viejo Simeón: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te abrirá el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lc 1, 34-35).

 

La bondad con la que Jesús está ungido es un “hoy” tan fuerte, tiene un poder de realización tan intenso que produce contradicción, no permite que las cosas vayan por el camino formal de los buenos modales; hace salir lo que cada uno tiene en el corazón. A algunos, como a nuestra Señora, la presencia de Jesús les abre el alma como con una espada y los unge con su Espíritu derramando en ellos todo su amor. A otros, como a los fariseos, no les permite ocultar su egoísmo ni posponer su bronca, y los vuelve obstinados en su encerramiento. El hoy del Ungido interpela, destapa las ollas, desinstala de posturas tomadas. El Señor anuncia una buena noticia que libera y hace ver. Allí es donde unos se dejan ungir y misionar para ayudar a los demás y otros cierran los ojos y vuelven a su esclavitud, en la que se sienten más cómodos y seguros.

Así vemos que la misión de amor para la cual es ungido el Señor por el Espíritu no la puede cumplir sin desinstalar primero el egoísmo. El Señor viene a anunciar la buena noticia que esperaba la fe, esa buena noticia que nos desinstala haciendo que se desenmascare nuestro escepticismo (ese que siempre piensa “¿pero no es este el hijo de José”?), y que podamos entregarle nuestra fe total; el Señor viene a prestar el servicio de misericordia que nos desinstala de nuestro pecado, y nos pone ante la opción de ser como las viudas y los leprosos de Israel que no se dejaron curar o, por el contrario,  como Nahamán el sirio y la viuda de Sarepta que recibieron la sanación; el Señor viene a inaugurar su Reino; con su humildad y mansedumbre nos desinstala de todo sueño cómodo de poder y vanidad eclesiásticos y nos invita a volvernos disponibles, a estar al servicio de los demás.

La palabra y los gestos del Señor liberan y abren los ojos de todos. Nadie queda indiferente. La palabra del Señor siempre hace optar. Y uno, o se convierte y pide ayuda y más luz o se cierra y se adhiere con más fuerza a sus cadenas y tinieblas.

 

La misión que el Señor realiza no es una tarea externa – yo anuncio y después ustedes vean –; es una misión que a él le implica el don total de sí y a los que lo reciben les implica recibirlo íntegramente. De allí la unción. La unción es un don total. Sólo puede ungir el que tiene la unción y sólo puede ser ungido el que se anonada y se despoja de sí para poder recibir este don total.  Jesús, el Hijo amado, es el Ungido porque lo recibe todo del Padre. El Señor no tiene nada por sí mismo ni hace nada por sí mismo: en él todo es unción recibida y cumplimento de la misión. Así como lo recibe todo, lo da todo mediante el servicio y la entrega de su vida en la Cruz. Para poder recibir un don tan total necesitamos que el Señor nos enseñe a despojarnos de nosotros mismos. a abajarnos, a anonadarnos.

La fe, por ejemplo, es ungir al otro con nuestra confianza y adhesión total, y para ello uno debe despojarse de sus reservas mentales y prejuicios. El pueblo fiel recurría al Señor con esta fe, le brindaba toda su confianza, y por eso el Señor podía ungirlos con su sanación. La caridad también es una unción, es ungir al otro con nuestras obras de misericordia pero practicadas desde el don de nosotros mismos, que supone despojo y entrega: la caridad unge al otro con el don total de sí, no con dar cosas. Y el Señor nos desinstala para poder ungirnos.

 

El espíritu unge al Señor hoy para realizar su misión hoy, en ese hoy permanente del Reino. La unción es tan total que siempre es hoy, cuando se recibe todo se transforma en hoy. La fe es hoy, la esperanza es hoy, la caridad es hoy, aquí y ahora. No hay lugar para poner nada entre paréntesis. Por eso la necesidad del Señor de desinstalarnos de todo aquello que impide que seamos ungidos hoy para ungir a los demás. La unción sella un hoy que se vuelve permanente, que se hace Iglesia, Asamblea. La unción sella una misión que necesita toda la persona, todos los días, para ir a todas partes a ungir a todos los hombres, con todo el corazón. Por eso la unción es verdaderamente católica, en sentido cuantitativo y cualitativo.

  

Esta homilía cortita del Señor fue un acto de amor. No una bravuconada. Desinstalar al otro para que se abra a la unción sólo la palabra de amor lo logra. Si algunos sacaron a relucir su odio es porque ya lo tenían dentro. La palabra amorosa de Jesús lo puso de manifiesto y en vez de consolidarse en esa actitud bien podrían haberse arrepentido. Que Dios nos desinstale siempre es un acto de amor. Jesús le está diciendo a su pueblo que, en ese momento, está realizando un milagro más grande que los que realizó en Cafarnaún: está inaugurando el año santo, el año del Ungido que viene a ungir con su Espíritu, el tiempo de gracia. Es tan fuerte la invitación que supera a sus paisanos. No saben qué hacer con él. Ni siquiera lo pueden apedrear. Jesús instaura el Reino mostrándose soberano. Así, desinstalado de todo –incluso de la buena opinión de sus paisanos- comienza a predicar y a hacer real el Reino.

 

Esta primera homilía de Jesús, con la que Lucas lo hace inaugurar su misión en el ámbito del Templo, fue y sigue siendo dramáticamente desinstaladora. Jesús nos desinstala de toda otra actitud que no sea la de tener los ojos fijos en él. “Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él”, en Jesús, el Testigo Fiel. La carta a los Hebreos expresa esto de manera ejemplar: “también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó  la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 1-2).

 

Le pedimos, pues, estas gracias al Señor:

Que desinstalados del pecado corramos la prueba que se nos propone con los ojos fijos en Jesús. Así como él se desinstaló del gozo que se le proponía para venir a buscarnos a nosotros, sus hijos pródigos, sus ovejitas perdidas.

Que el hoy de Jesús nos desinstale de todos los pasados en los que, a veces por dureza y a veces por comodidad, nos queremos refugiar y de todos los futuros que a veces por ambición y a veces por miedo, pretendemos controlar, y nos sitúe en el hoy del Amor de Dios. Ese amor que, como dice el Papa “es ‘éxtasis’, no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí. Porque ‘El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará’” (Lc 17, 33) (DCE 6).

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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