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Homilía del Cardenal Bergoglio,
 Arzobispo de Buenos Aires,
durante la Vigilia Pascual

 

        El camino de estas mujeres en la mañana del domingo condensa el camino que, ininterrumpidamente, realizó el pueblo de Dios desde el momento en que Abram comenzó su itinerario “sin saber a donde iba” (Hebr. 11:8;  Gen. 12:1). ¡Cuantas veces, durante estos siglos, la promesa se diluía en la cotidianeidad de la vida, en las dificultades, en las guerras, en exilios, deportaciones y esclavitud...! Sin embargo el pueblo siguió llevando en sí, tantas veces sin saberlo, el germen de esa victoria prometida. Durante esta noche hemos recorrido someramente aquel camino para reavivar nuestra memoria y, ahora con las mujeres, andamos este trecho de soledad y dolor, de servicio piadoso al Muerto. Ya escuchamos que ellas querían ungir el cuerpo de Jesús y que eran conscientes de la gran dificultad que podría frustrar su intento: la piedra. “Era una piedra muy grande” dice el Evangelio (Mc. 16:4). Y entre lo que querían hacer y la dificultad de la piedra se repite el sino de Abram: van, pero sin saber bien dónde, sin saber  si podrán lograr su cometido.

 

Luego, lo imprevisto. La preocupación de la piedra se desvanece al ver que había sido corrida. La dificultad se vuelve puerta de entrada, la duda aflora en horizonte prometedor... la sorpresa engendra esperanza. La vetustez de la promesa explota en esa juventud que anuncia lo nuevo: “Ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el Crucificado. Ha resucitado. No está aquí”. (Mc. 16:6). Lo que era muro e impedimento se transforma en nuevo acceso a otra certeza y a otra esperanza que las pone nuevamente en camino: “Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que Ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se lo había dicho” (Mc. 16:7).

 

Y así comienza un nuevo camino, en continuidad con el anterior pero nuevo. “Vayan”, como a Abraham... y también con una promesa “allí lo verán”. Escuchamos recién que estas señoras distaban bastante de estar tranquilas: “salieron corriendo... porque estaban temblando y fuera de sí y... tenían miedo” (Mc. 16:8). Sienten en sí el estupor que produce todo encuentro con el Señor quien, de esta manera, se va acercando a ellas para manifestárseles plenamente.

 

         Dije recién que nosotros, esta noche, hemos hecho memoria del camino grande de nuestro padre Abraham y también del camino chico de María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé. Y me pregunto: ¿qué tal mi camino? ¿Va en dirección de la promesa del encuentro con Jesús resucitado? ¿Se detiene y vuelve atrás ante la dificultad de la piedra?, de las tantas piedras de la vida. ¿O, como los de Emaús, dispara hacia el lado contrario para no tener dificultades con el corazón atrapado? ¿O, como los otros discípulos, prefiero la parálisis, el enclaustramiento, la defensa ante cualquier anuncio, ante horizontes de esperanza? Mi camino ¿apuesta a la esperanza? ¿busca el encuentro? ¿Sabe del estupor que conmueve todo el ser cuando se deja conmover por el Señor que pasa y le abre el corazón? ¿Por qué camino anda hoy mi corazón?

  

Tres caminos esta noche: el del pueblo elegido que comenzó con nuestro padre Abraham, dentro de él el de las mujeres que también, como Abraham, van en busca de lo  que no saben, y el tuyo: tu camino y mi camino. Los dos primeros sabemos cómo acabaron, en plenitud. Pero el tuyo y el mío ¿por dónde senderea? ¿Camina? ¿Está quieto? ¿Se detiene y vuelve atrás ante la piedra? ¿O se dejó tocar por la noticia y sale corriendo de todo lo que es sepulcro y muerte, sale corriendo temblando y fuera de sí, con miedo porque sintió el escalofrío del anuncio y el estupor de la presencia? Ojalá tu corazón y el mío estén en esta última forma. Es la mejor manera de desearnos felices Pascuas.

 

Buenos Aires, 15 de abril de 2006.

Card.
Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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