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HOMILÍA DEL CARDENAL MONS. JORGE MARIO BERGOGLIO

 EN OCASIÓN DEL 30 ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO

DE MONS. ENRIQUE ANGELELLI

 

Catedral de La Rioja – 04 – VIII - 2006

  

La primera lectura nos muestra lo que es el diálogo del apóstol Pablo con la Iglesia que él había hecho nacer y que amaba tan entrañablemente. En nuestra vida cristiana, una de las cosas más encantadoras es el diálogo del Pastor con su Iglesia, el diálogo del obispo con su Iglesia y en ese diálogo del obispo con su pueblo se vertebra todo el crecimiento de la Iglesia, todo el caminar de la Iglesia; fuera de ése diálogo se dispersa, o cuando ese diálogo no es suficiente se desorienta. Es un diálogo de amor, un diálogo de conciencia fraternal y paternal a la vez, un diálogo de gracia, un diálogo de reconocimiento al único Señor que convocó a las ovejas y al pastor a la vida cristiana.

No es un diálogo fácil, Pablo les dice después de ser maltratado e insultado en Filipos -como Ustedes ya saben le dieron una flor de paliza- “Dios nos dio la audacia necesaria para anunciar la buena noticia”. Es un diálogo que necesita audacia, coraje, coraje por parte del obispo y coraje por parte del pueblo para escuchar el anuncio evangélico. Para entrar en el seguimiento de Jesucristo hace falta coraje, ese coraje de Dios y a la vez, siendo maltratados e insultados, hace falta aguante, aguante apostólico, ese sobrellevar sobre los hombros todas las dificultades de la vida cotidiana, todas las dificultades de la predicación del Evangelio, todas las dificultades de aquellos –que el mismo Pablo define- enemigos de la cruz de Cristo que quieren que les adulen los oídos y que les digan lo que les guste, que le digan lo que ellos quieren que el Evangelio diga, no lo que dice el Evangelio. Por eso Pablo les dice “yo no estuve con ustedes con palabras de adulación”.

El diálogo tan encantador entre la Iglesia y el Pastor tiene esas dos actitudes tan lindas: coraje para anunciar el Evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades que la misma predicación del Evangelio provoca. Porque evidentemente la predicación del Evangelio mueve las aguas y provoca esas actitudes que se repiten siempre a lo largo de la historia en aquellos que no quieren escuchar la palabra de Cristo, provoca el cuestionamiento del predicador, ya comenzó con Jesús, lo cuestionaban, le decían “vos echas a los demonios por poder de los demonios”; provoca el cuestionamiento del que anuncia la palabra, ya sea pastor, ya sea del pueblo, a través de los consabidos métodos de la desinformación, la difamación y la calumnia; como hicieron con Pablo: decían informaciones no exactas de él, lo difamaban y lo calumniaban y Pablo aguantó eso y las comunidades que lo seguían aguantaron con su pastor en ese diálogo tan amoroso.

Es un diálogo del Pastor con las ovejas, las ovejas que conocen la voz del pastor, el santo pueblo fiel de Dios no se equivoca. Alguno me dirá: Padre, está haciendo política.  No, no,  estoy citando la Lumen Gentium: el santo pueblo fiel de Dios es infalible e in credendo, y cuando el diálogo entre el pastor, el conjunto del pueblo de Dios, el gran pastor, Cristo, el Papa, los Obispos, cuando el diálogo va por el mismo camino no se puede equivocar porque lo asiste el Espíritu Santo.  Pero para que el pueblo de Dios no se equivoque tiene que existir ese diálogo, esa lealtad y esa universalidad de todo el santo pueblo fiel de Dios que trasciende las fronteras de una parroquia, de una diócesis, de un país; o sea es ese sentir el Evangelio.

Ese diálogo es universal y las ovejas que conocen la voz del pastor, lo distinguen, saben quién es pastor y quién no, quien es mercenario, quién cuando viene el lobo los va a defender y quién se va a escapar, eso lo saben.  Por eso Jesús les dice “mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen.” “Ustedes no lo creen, las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no me creen porque no son de mis ovejas, ustedes no me creen porque no ven lo que hago, porque ya tienen posición tomada” y aquellos que de alguna manera se ponen en contra del pueblo de Dios que sigue el Evangelio, o contra su Pastor, tienen una posición previa tomada fuera del Evangelio y a la luz de esa posición interpretan el Evangelio. No tienen el corazón abierto al llamado de Jesús, como los fariseos.

Quise detenerme en esta cosa tan encantadora y tan linda como es el diálogo entre el Pastor y su pueblo y del pueblo y su Pastor porque lo he visto, lo he visto en muchos pastores y lo he visto aquí.

Por primera vez llegué a La Rioja un día histórico, el 13 de junio de 1973, el día de la pedreada de Anillaco. Veníamos cinco Consultores de Provincia con el Provincial para tener acá varios días de retiro y reflexión a fin de elegir el nuevo Provincial. El 14 de junio, después de esa pedreada al obispo, a los sacerdotes, a las religiosas, a los agentes de pastoral, Monseñor Angelelli nos dio el retiro espiritual, a nosotros, al  provincial y a los cinco jesuitas y nos introdujo en el discernimiento del Espíritu para ver cuál era la voluntad de Dios. Fueron días inolvidables, días en que recibimos la sabiduría de un pastor que dialogaba con su pueblo y recibimos también las confidencias de las pedradas que recibía ese pueblo y ese pastor, simplemente por seguir el Evangelio.

Me encontré con una Iglesia perseguida, entera, pueblo y pastor. Dos meses después, el 14 de agosto de 1973, siendo ya provincial vine con el padre Arrupe, General de la Compañía. El Padre Arrupe había quedado impresionado por la paliza que le habían dado al Padre Pucheta en San José, el año anterior, cerca de Famatina y preguntaba por La Rioja. Como venía a hacer la visita canónica a la Argentina, la visita de inspección que hacen los padres generales a la congregación, quedamos en que venía un día a La Rioja. Vinimos desde Córdoba en avioneta y ahí vi otra cosa: Veníamos el P. Arrupe y yo con el P. Di Nillo, y cuando la avioneta llegó a la cabecera de la pista para dirigirse a la central del aeropuerto el piloto recibe un llamado para que se quede ahí.

El obispo viene a buscarnos en un auto y dice: hicimos parar la avioneta acá, vayámonos de acá porque afuera, los que hace dos meses hicieron la pedrada de la Costa, están esperando para abuchear. Para abuchear al General de la Compañía de Jesús que venía a visitar a sus jesuitas y obviamente para estar con el obispo, con el pastor y con su pueblo. Esa tarde, en la Casa de la Cultura con el P. General de la Compañía tuvimos una reunión con todos los agentes de pastoral y nos contaron lo que hacían.  Me acuerdo la última pregunta que le hicieron, dígannos padre, (era una señora, una riojana guerrera, una mujer que llevaba adelante las cosas de Dios con verdadero coraje) “¿esto que usted ha escuchado es el Concilio Vaticano o no lo es?”. El Padre Arrupe contestó “esto es lo que quiere la Iglesia desde el Vaticano II”.

Vimos allí el diálogo de un laicado vivo, fuerte con su pastor. El obispo por delicadeza no quiso estar presente en esa reunión para que su pueblo dijera lo que quisiera.

Yo he vivido aquí ese dialogo entre obispo y pastor, un diálogo que fue adelante, un diálogo de amor; había que ver cómo había calado hondo ese diálogo en el corazón del obispo, estaba enamorado hasta tal punto de su pueblo que su corazón de poeta frustrado –como le decíamos en broma- llegó a escribir verdaderos requiebros de amor. Cómo vivía él el alma de su pueblo:

honduras de quebradas y silencio,

arenales sedientos y bravíos,

cardonales vigías en horizontes,

llenos de cerros escondidos....

así es el alma de mi pueblo.

 

Promesante con la fe de peregrino

Caminante incansable de recuerdos,

Alforja cargada de esperanzas,

Con el ritmo del ton ton de las cajas...

Así es el alma de mi pueblo.

 

 

 

Un enamorado de su pueblo que lo acompañaba en el camino, y lo acompañaba hasta las periferias, las periferias geográficas y las existenciales. Recordemos el cariño con que acariciaba a los ancianos, con que buscaba a los pobres y a los enfermos, con el que clamaba por la justicia, él estaba convencido que el hombre hecho de barro escondía adentro un proyecto de la Trinidad, un proyecto de Dios: “mezcla de tierra y de cielo, proyecto humano divino en cada hombre se hace rostro y su historia se hace pueblo”, Dios rostro de hombre, historia de pueblo. Dios que camina a lo largo de su pueblo en la historia de salvación, “amor que se hace esperanza en cada dolor del pueblo porque el hombre se hace encuentro en cada historia de pueblo”, “ese amor que se hizo carne en dolor de pueblo.” “Aquí la historia es camino y el hombre siempre un proyecto” y porque el hombre era un proyecto acompañaba a cada hombre, a cada mujer, a cada chico, a cada anciano, a cada persona de su pueblo en este proyecto para que madurara, para que diera lo mejor, para que la gloria de Dios se manifestara en ese rostro que el mismo Dios había amasado y soplado con su espíritu.

Así caminaba con su pueblo hasta las periferias,  se dan cuenta qué diálogo había acá entre la Iglesia y su pastor que también era Iglesia.

Como era un hombre de periferia que  salía a buscar, que salía al encuentro, porque era un hombre profundamente de encuentro. (lo decía recién, “porque el hombre se hace encuentro en cada historia de pueblo”, hombre de encuentro, hombre de periferias), pudo vislumbrar en ese poema inconcluso de abril del 74, el drama de la patria,  pero lo vislumbraba con esperanza, “la patria está engendrando un hijo con sangre y con dolor, lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y sin rencor, sin odios y con amor, mi tierra está preñada de vida”, así vivía él la patria, así la quería, preñada de vida. “En esta noche de dolor, esperando que despunte el alba, con un hombre nuevo, Señor.”

Este es el diálogo  entre el pastor y su pueblo que yo conocí acá en La Rioja, un diálogo que cada vez fue más perseguido, una Iglesia que fue perseguida, una Iglesia que se fue haciendo sangre, que se llamó Wenceslao, Gabriel, Carlos, testigos de la fe que predicaban y que dieron su sangre para la Iglesia, para el pueblo de Dios por la predicación del Evangelio y finalmente se hace sangre en su pastor. Fue testigo de la fe derramando su sangre.

Pienso que ese día alguno se puso contento, creyó que era su triunfo pero fue la derrota de los adversarios. Uno de los primeros cristianos tenía una frase linda, “sangre de mártires, semilla de cristianos”, sangre de estos hombres que dieron su vida por la predicación del Evangelio es triunfo verdadero y hoy clama por vida, por vida esta Iglesia riojana que hoy es depositaria.

El recuerdo de Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo Enrique no es una simple memoria encapsulada; es un desafío que hoy nos interpela a que miremos el camino de ellos, hombres que solamente miraron el Evangelio, hombres que recibieron el Evangelio y con libertad. Así nos quiere hoy la patria, hombres y mujeres libres de prejuicios, libres de  componendas, libres de ambiciones, libres de ideologías, hombres y mujeres de Evangelio; sólo el Evangelio y, a lo más podemos añadirle un comentario, el que le añadieron  Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo, el comentario de la propia vida.

Que el Señor, por intercesión de su Madre santísima, nos conceda hoy la gracia de la libertad de solo el Evangelio con el comentario de nuestra propia vida.

Que así sea.

 

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