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HOMILÍA DEL CARDENAL JORGE BERGOGLIO

AL INAUGURAR EL
I CONGRESO DE EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA

Viernes 3 de noviembre de 2006

 

Jesús se va manifestando en medio de su pueblo fiel. Además del pueblo que lo apretuja y lo sigue siempre está rodeado por este grupito de fariseos, doctores de la ley...que lo observan atentamente, a ver qué hace, a ver en qué lo pueden agarrar. Lo están examinando.

Bueno, ahí tiene un enfermo delante; el Señor sabe lo que piensan estos hombres. Era sábado, entonces les pregunta: ¿lo puedo curar en sábado? Ustedes que saben ..., y dice el Evangelio, “ellos guardaron silencio”.

Frente a la verdad que se manifestaba, incluso que les pregunta, pues se va a manifestar su poder de curación y ellos lo sabían porque ya lo habían visto en otras ocasiones, esa mente hipócrita decide tomar distancia del problema. El razonamiento hipócrita hace sus cálculos, ve que no le conviene y no arriesga. En otra ocasión el Evangelio es más explícito, cuando Jesús les pregunta por Juan El Bautista, si venía de Dios o no venía de Dios. Entonces el razonamiento hipócrita -lo dice el Evangelio explícitamente- piensa si decimos que venía de Dios nos va a decir por qué no lo siguieron, si decimos que no venía de Dios el pueblo se nos viene encima...Entonces no nos metamos en este lío.

Jesús frente al pensamiento hipócrita...Jesús toma la mano del enfermo lo cura y les da una catequesis fraternal: Si a alguno de ustedes se les cae a un pozo un hijo o el buey, acaso ¿no lo sacan, aunque sea sábado? Y ellos, otra vez, se repliegan en sí mismos, ya no con pensamiento hipócrita, sino con pensamiento suficiente: no nos vengas a enseñar, nos basta con lo que sabemos. Lo que vos nos digas no nos interesa.

Dos momentos y una manera de escuchar a Jesús y de pensar lo que dice Jesús, de juzgar a Jesús, que entrañan dos pautas del fariseísmo: la hipocresía y la suficiencia.

En otro texto paralelo de éste, cuando ellos no hablaron al preguntarle si era lícito curar el sábado, se dice que Jesús los miró con indignación (en el Evangelio de Marcos) y dolorido por la dureza de su corazón. El Dios justo siente la indignación de esa dureza y, a la vez, el Dios Redentor, el Dios tierno, sufre por la dureza del corazón.

Detrás de un pensamiento hipócrita hay un corazón enfermo, hay un corazón esclerótico, un corazón duro que no deja que el Espíritu entre, que no deja que las pautas de la Verdad vayan entrando e inspirando su modo de pensar.

Es el tan repetido drama de la conciencia aislada. Yo me aíslo en lo mío, yo no escucho a la Verdad que se me manifiesta, no le abro mi corazón a la Verdad... hay un corazón enfermo. Y cuando hay un corazón enfermo que se resiste a la Verdad, lo que sucede Pablo nos lo dice en el primer capítulo de la Carta a los Romanos: “Dios los abandona a sus pasiones”.

Más tierno es el pasaje de Lucas que nos evoca el dolor de Jesús frente a un corazón enfermo: “Jerusalén, Jerusalén...¡cuántas veces te quise juntar como la gallina a los pollitos y no te dejaste!”. Y lloró. Una de las veces que Jesús lloraba. Frente a este corazón duro siente la indignación el Señor, pero también sufre, llora...

A lo largo de la historia este drama de la conciencia aislada se va repitiendo. Aislada ¿de qué? Aislada de la revelación de Dios. Pero sobre todo aislada de la marcha del pueblo fiel de Dios. Es el drama de las elites ilustradas, de laboratorio. Quizá, tengan buena voluntad, pero se aíslan de ese pueblo al que Dios se quiso revelar, al que quiso acompañar en ese caminar cotidiano de la redención de Dios. En cambio, los otros, los que lo apretujaban a Jesús, los sencillos, los de corazón de niño, ésos no recurren ni a la hipocresía ni a la suficiencia, sino que rebozan de alabanza. Y dan gracias a Dios por ser curados; dan gracias a Dios porque vino un profeta a su tierra; dan gracias a Dios porque éste habla con autoridad y no como los que vinieron antes; dan gracias a Dios porque me curó, me tocó... Corazón de niño, corazón abierto a la revelación de Dios. Ése es el corazón inteligente. El corazón que sustenta la inteligencia grande. La inteligencia abierta. La inteligencia humilde, pero a la vez fuerte y poderosa, nada del pensamiento débil de la hipocresía o de la suficiencia.

Y miramos a Jesús frente a estos simples que lo apretujaban. Frente a la vieja esa que dice “si lo toco me voy a curar” y sale contenta de haber sido curada. A ese Jesús que nos pone un chico delante y nos dice “si no se hacen como éste, no van a entrar en el Reino de los Cielos”. A ese Jesús yo le pido que en estas jornadas de reflexión, a todos los que participamos, nos dé un corazón de niño. Corazón sencillo, un corazón dependiente de su gracia, un corazón abierto, que nos salve del drama de la conciencia aislada, que nos salve de toda hipocresía y de toda suficiencia. Que así sea.

 

Buenos Aires, 3 de noviembre de 2006

 

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