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HOMILÍA DE
MONSEÑOR MARIO ANTONIO CARGNELLO

EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA

Como todas las cosas, en la vida de la Iglesia, también la Cuaresma es una cuestión de amor. Queridos hermanos, la Cuaresma es un verdadero viaje al interior del corazón, y desde su interior al Corazón de Cristo; y por él al Corazón mismo del Padre.
 

Emprendemos un viaje de cuarenta días, marcado por un viaje previo por el viaje del Padre a nuestro propio corazón. El mensaje con el que se abre la Cuaresma, tiene la fuerza de una novedad absoluta en la historia de las religiones. “Nosotros somos embajadores de Cristo”, decía el Apóstol en la segunda lectura. “Es Dios, quien exhorta a los hombres por intermedio nuestro, por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: ¡Déjense reconciliar con Dios!” Dios viene a buscarnos, Él realiza el viaje, y nos atrae a nosotros.

Dije que “Cuaresma es un viaje al corazón”, es un viaje que nos invita a superar la frivolidad y la banalización de la vida, a las que nos somete el tiempo, y -de un modo particular- nuestra época. Nos invita a entrar a nuestro yo más profundo, para aprender a leer la vida, no desde ópticas superficiales o poco profundas, sino desde la óptica desde donde nos mira el Señor, desde nuestra realidad mas profunda, ahí donde nace nuestro yo, nuestras decisiones, nuestra opciones fundamentales, nuestra vida, nuestra dignidad.

Muchas veces miramos lo que nos sucede, desde ópticas que son banales, que son frívolas, explicamos nuestra existencia o la vida en general, desde la búsqueda de la fama, de una felicidad mal entendida, de querer pasarla bien desde lo físico. La propaganda, este sistema de vida nos va trivializando, hace que personas, que uno considera serias, están muy pendientes del aparecer, de la ultima oferta de moda, de esta cultura de los brazos musculosos, de este quemar energías en el gimnasio, una cultura que mira al hombre desde lo horizontal.

Muchas veces nos dejamos llevar por una lectura que nos hace valorar a las personas por lo que tienen, por lo que aparecen, y a nosotros mismos también. No vemos el corazón. La expresión mas acabada de esto, es que quizás el carnaval, como momento en el cual aparece el disfraz, el querer aparecer tapándonos con una mascara o con una vestimenta, para no ser nosotros mismos.

Cuaresma es una invitación a superar las frivolidades y a tomarnos en serio, porque es una invitación a descubrirnos desde la mirada de Cristo, que nos trae al Padre. Es una invitación a tomar la vida en serio, a sabernos descubrir, delante de Dios, sin miedo, porque el tiempo cuaresmal nos va quitando miedos, sabiendo que somos pecadores, siguiendo el camino que nos propone la Palabra de Dios, la gran protagonista de este tiempo.

El camino de la penitencia, de la oración y de la caridad, como una invitación, justamente a descubrir lo que somos delante de nosotros mismos, lo que somos delante de los demás por la caridad, lo que somos delante de Dios por la oración.

Cuaresma es un tiempo precioso, porque es un tiempo donde podemos viajar al amor, que es Dios, aprendiendo a despojarnos de aquellas cosas que no nos dejan ser libres, pero ¡Cuidado! Porque podemos banalizar y frivolizar, aun la vida religioso, el ayuno, la oración y la limosna. Nos decía el Señor: “¡Cuidado con hacer esas cosas para que los miren!”, porque eso seria banalizar la Cuaresma. Hay que tener cuidado con reducir la oración a momentos para aparecer, porque frivolizamos lo sagrado.

Cuaresma, es el tiempo para ir a ver al amigo, que es Jesucristo, y para dejar que Él exija como exige un buen amigo. Es un tiempo para desnudarnos en la presencia del Señor, para dejar que Él nos limpie. Por eso, adquiere importancia en la Cuaresma el Sacramento de la reconciliación, que es el momento que uno tiene la fuerza, por la gracia del Espíritu de poder decir: “Yo hice tal cosa, yo fui capaz del mal”, porque la reconciliación tiene la fuerza de la verdad, no es una sesión de psicoanálisis o una sesión espiritual. La reconciliación tiene el esplendor de la verdad, de decir: “Yo pequé”, y con la tranquilidad, porque mi miseria se enfrenta con el rostro de la Misericordia de Dios, por eso puedo volver a empezar, porque Cuaresma por es el viaje de un amigo que viene a mi encuentro, que es el Señor, que nos gana con su Misericordia y provoca la respuesta de la conversión.

Cuaresma es la invitación a desinstalarme, a darme cuenta que en mi proyecto de vida, no es primero “mi proyecto”, sino primero es un don de Dios, que lo tengo que aceptar, y desde ahí acepto mi fragilidad, mi caída, mi pobreza y la necesidad de que me abrace el Señor para que me perdone.

Cuaresma lava los ojos y permite mirar, como en una mañana después de la lluvia, en la que el paisaje se pone más nítido. Cuaresma hace llover sobre el corazón, por el arrepentimiento, por la vida de oración, por la Palabra, por la vida sacramental y va limpiando el corazón y nos hace mirar lo de todos los días con otros ojos, nos hace descubrir en la familia a hermanos, nos ayuda a reflotar la fuerza del sacramento del matrimonio, a recrear los vínculos de la familia, del trabajo y de los amigos. No hay que temer; debemos enfrentar el riesgo de tomar en serio la Cuaresma. Hay que hacer ayuno, hay que hacer sacrificios, hay que rezar, y hay que compartir, sin alardes, sin ostentaciones, desde lo que el amigo Jesús nos va pidiendo. Entonces, nos vamos comprometiendo con la sociedad, con la gente, con el hermano y vamos aprendiendo a mirar con la mirada del Señor, a lavar con el llanto del arrepentimiento nuestros ojos. Que el corazón traspasado del Señor del Milagro, sea una invitación para emprender los cuarenta días así, con audacia, con ganas.

El rito de las cenizas, es un rito penitencial, y desafiante, porque tiene muchos mensajes; por una parte la limpieza (la ceniza era usada antes porque purificaba) por otra parte, el sentido de la precariedad: “Somos polvo y nos vamos a convertir en polvo”. Pero, además, es el anticipo de las pascuas que esperamos, es el fruto de los ramos del año pasado que han sido quemados, al celebrar el Miércoles de Cenizas, seamos generosos en mirar al Señor, en decirle: “Si”, y no desviar el camino.

Monseñor Mario Antonio Cargnello
Arzobispo de Salta

 

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