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HOMILÍA DE MONS. MARIO ANTONIO CARGNELLO

-SOLEMNE VIGILIA PASCUAL EN CATEDRAL BASÍLICA DE SALTA -

 

"Esta es la noche de la libertad. Esta es la noche de la esperanza. Esta es la noche de la vida"
 

 

Estas son las fiestas de Pascua
En las que se inmola el verdadero Cordero,
Cuya sangre consagra las puertas de los fieles

¿Quién se hará cargo del hombre? ¿Quién es el samaritano que nos cargará sobre sus hombros para devolvernos la dignidad perdida por el pecado?

Hoy celebramos con profundo gozo a Cristo resucitado. Su muerte no es el final. Su muerte es semilla de un mundo nuevo. La última palabra la tiene la vida porque Él, Jesucristo, ha resucitado.

En al resurrección de Jesucristo la historia comienza nuevamente y con ella la creación entera. La humanidad vence el enigma más profundo y lacerante de su existencia y de su historia: el enigma de la muerte. Por eso, en la resurrección de Cristo la libertad se orienta, la esperanza se ilumina y la vida adquiere sentido.

Esta es la noche de la libertad.
Esta es la noche de la esperanza.
Esta es la noche de la vida.

I

Esta de la noche de la libertad.
¿Puede resonar este anuncio en un mundo que hace un culto de la libertad? ¿Tienen sentido proclamarla cuando la vivimos tan plenamente? Pero, ¿la vivimos plenamente? ¿Es plena una libertad que nos deja vacíos, que nos empuja al sinsentido, que nos arrastra a la dependencia? ¿Es humana una libertad que deja en su caminar a tantos jóvenes esclavos de sus instintos, alejados de sus familias, entristecidos en su violencia incontrolada? ¿Es dignificante una libertad que alimenta el egoísmo, que excluye a los hermanos, que promueve el tener a costa del ser? ¿Es verdadera la libertad que desde una mirada dirigida sólo a los derechos no asume el deber de hacerse cargo de los derechos de los otros?

Cristo resucitado, con sus llagas gloriosas, es el testimonio irrecusable del valor de la entrega, del amor, del sacrificio, del don de sí. Cristo resucitado es el grito gozoso del triunfo de la verdad que libera a la libertad. Cristo resucitado es la invitación más bonita que puede recibir hombre alguno a ser un hombre verdaderamente libre. Cristo resucitado es el sí del Padre a la libertad del hombre. Él, el Cordero entregado al matadero sin queja alguna, es el Cordero victorioso que abre el libro de los sellos de la vida.

Cristo resucitado es la seguridad de la Iglesia en su caminar de pueblo que peregrina por la historia sirviendo a la libertad de los hombres. Cristo resucitado es el estimulo para creer y jugarse por los caminos de la santidad evangélica. Si Él ha vencido a la muerte es verdad que los pobres, los mansos, los perseguidos, los misericordiosos, los que buscan la paz son felices. Si Él ha resucitado es verdad que hay más alegría en dar que en recibir, es verdad que el grano de trigo que cae en la tierra y muere da mucho fruto. Es verdad su evangelio. Y Él ha resucitado ¿Cómo no incorporarnos, entonces, a la escuela de sus discípulos, que es la escuela de la verdadera libertad?

II

Esta de la noche de la esperanza
La noche es testigo de muchas escenas de pecado y de muerte entre los hombres: robos, injusticias, engaños, infidelidades, lujurias, borracheras, mentiras, ¡Cuándo de muerte se gesta en las noches!

Pero esta noche se ilumina porque ella es testigo de la luz. Como la noche de la creación, como la noche del Éxodo, como la noche de la encarnación, como la noche del nacimiento.

Esta noche conoció, solo ella, el momento de la resurrección de Cristo entre los muertos. Por eso nosotros velamos. En la celebración litúrgica de la Pascua, Cristo resucitado nos invita a revivir la noche de la resurrección y la Iglesia, su amada esposa, vela con Él. Y al renovar el misterio inmenso del triunfo definitivo de la vida en Cristo, también hoy, en toda la superficie de la tierra, en todos los templos esparcidos por el mundo en los que las comunidades se han reunido para celebrar esta Vigilia, la Iglesia canta: “Esta noche ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.

Noche Santa, que la luz del Resucitado entre en los entresijos de los corazones para lavar nuestros pecados y culpas, que quite el odio de los pueblos enfrentados por la guerra, que morigere las ambiciones de los poderosos a los que no les importa sacrificar personas y pueblos a sus intereses, que renueve en nuestros corazones el espíritu de laboriosidad solidaria para reconstruir nuestra patria, que entre en los hospitales y casas en los que los enfermos, los tristes o los abandonados sufren sin esperanza, que ilumine aquellos hogares en los que la duda o la desconfianza pone en peligro la unidad familiar, que renueve la fe de los que vacilan, que fortalezca la unidad de las comunidades eclesiales, de las parroquias, de nuestra arquidiócesis.

III

Esta es la noche de la vida.
En la noche del Éxodo quedó sellada la fidelidad de Yahvé con su pueblo Israel. Fidelidad a la vida. En la noche de la Resurrección del Padre dijo Sí a su Hijo Jesucristo que había entregado su vida en la Cruz y la muerte fue vencida para siempre.

¡No teman! Jesús ha resucitado. También nosotros debemos abrir los oídos y el corazón ante la proclamación del triunfo de la vida. Porque Dios es el Señor de la vida y no el hombre. Dios es el garante del derecho a la vida y no el arbitrio caprichoso de los hombres. Dios, sólo Dios. Por eso la vida humana es sagrada.

En la Noche Santa lo queremos proclamar con fe y con amor, invitando a la humanidad a no temer ante la vida. A los legisladores y gobernantes: ¡No teman! A los matrimonios que enfrentan el futuro: ¡No teman!. A los jóvenes que dudan frente al misterio y el sacramento del matrimonio: ¡No teman! A todos los hombres y mujeres de buena voluntad: ¡No teman! A nosotros, que estamos reunidos: ¡No temamos!

IV

El Padre ha dicho ¡si! Jesucristo ha resucitado. Envueltos en su espíritu queremos ahora, como Iglesia que vive en Salta, proclamar nuestra fe en Dios uno y trino. El sostiene a su Iglesia, El nos sostiene, el nos reúne, el nos envía. El, el Dios fiel y misericordioso que nos concede celebrar estos doscientos años de vida como Iglesia diocesana; el Dios fiel que nos acompaña y nos desafía, que nos reúne y nos envía, el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El resplandor de los rayos del Señor del Milagro testifica este ¡si! Las manos afectuosas de María del milagro nos invitan a recogernos confiados en su regazo.

¡Oh Dios eterno, alegres te cantamos!. Felices Pascuas para todos ustedes, queridos hermanos

Monseñor Mario Antonio Cargnello
Arzobispo de Salta

 

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