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HOMILÍA DE MONS. CARGNELLO, ARZOBISPO DE SALTA
EN MISA DE JUEVES SANTO DE 2006
EN LA CATEDRAL BASÍLICA DE SALTA


"LAVAR LOS PIES A NUESTRA PATRIA"

 

I
La entrega de Nuestro Señor Jesucristo

Queridos hermanos:
En la Oración de la Asamblea le hemos dicho a nuestro Padre Dios:

“Señor Dios Nuestro,
nos has convocado en esta tarde,
para celebrar la misma memorable Cena,
en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte,
confió a la Iglesia el banquete de su amor
el sacrificio nuevo de la Alianza Eterna”.

Esta tarde el Padre Dios nos invita, en este año del 2006, a celebrar juntos, con particular fuerza la Ultima Cena, que renovamos en cada misa, pero que tiene en esta tarde la fuerza especial de ser la Cena del Día Litúrgico de la Última Cena.
Cuando escuchábamos el Evangelio, advertíamos que se repite permanentemente esa expresión de “entregar”, de distintas maneras, en voz pasiva o en voz activa. Escuchábamos, cómo el Evangelista San Juan nos introdujo en el ambiente de la Ultima Cena, con estas palabras: “Antes de las Fiestas de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, Él que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Él como adquiriendo conciencia plena, totalmente impregnado de esta conciencia del Amor del Padre por Él y de Él por el Padre y por nosotros, va a entregar el amor, hasta agotar su Corazón.
Él que sabe que Judas ya tiene el propósito de entregarlo, se entrega. Este acto de Jesús que introduce la Ultima Cena, da sentido también a lo que va suceder en torno a su Pasión y a su Muerte. Los demás, podrán golpearlo, humillarlo, despreciarlo. Los discípulos lo van abandonar y Pedro lo va a negar; se enseñaran con Él, pero nada es superior a su entrega y en su entrega la anticipa, la hace actual en la Ultima Cena. En la Ultima Cena empieza y se concentra la Pasión, desde ella se envuelve la entrega de Jesús en la Cruz, y la entrega del Padre en la Resurrección.
En la Ultima Cena que nosotros celebramos, entramos nosotros hoy, y en cada Eucaristía, en lo profundo del corazón de Cristo y del Padre: allí donde brota el amor y la entrega, la entrega que se hace servicio. La entrega es tan total, que no dejarse servir por el Señor, es no aceptar su Comunión. Jesús le dice a Pedro: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”.

II
Dejarse amar por el Señor

No podemos amar a Jesucristo, si no nos dejamos amar por él. No podemos vivir la experiencia cristiana si no nos dejamos lavar, perdonar por Él. Es imposible entrar en la experiencia del encuentro con Jesús, si nos creemos perfectos. No es posible. Sólo el que se deja lavar por el Señor puede experimentar el amor de Dios y el desafío de servir y amar a los demás.
Jesús se entrega, Jesús se ofrece en comunión sirviéndonos, lavándonos los pies, invitándonos a dejarnos amar por Él. Pero, el movimiento que nace en el corazón de Dios, tiene que seguir. Por ello, Jesús nos invita a continuar su entrega y su servicio en cada generación y en toda la superficie de la tierra: “Si yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, Ustedes también tienen que lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
Queremos aprender de Jesús, y nada mejor que la intimidad de la tarde del Jueves Santo para hacerlo. Queremos amar y servir a cada uno de los que nos rodean. Pero, yo quisiera en esta tarde compartir con ustedes, algún pensamiento sobre la necesidad de lavar los pies a los demás y de lavar los pies a nuestra patria.

III
Lavar los pies a nuestra patria

Si no estamos dispuestos a la lavar los pies a nuestra patria, no habrá comunión responsable con nuestros hermanos conciudadanos. Lavar los pies a nuestra patria significa asumir un compromiso real y eficaz de servir a todos los argentinos y hombres de buena voluntad. El que no está dispuesto a amar a la patria y servirla ¿en qué se convierte sino en un parásito? Sin pretender agotar y sólo como un llamado a pensar sobre nuestra tierra y su futuro, voy a compartir algunas reflexiones:
Lavar los pies a nuestra patria, es tomar en serio a cada hombre y mujer, a cada familia y respetar sus derechos animando al mismo tiempo, a cada uno a cumplir sus deberes, dando ejemplo de ello.
Lavar los pies a nuestra patria, es respetar la vida humana desde su concepción hasta su muerte, la de todos, promoviendo la calidad de vida por medio del cuidado y la exigencia de la salud y de la educación.
Lavar los pies a nuestra patria es trabajar en lo nuestro con responsabilidad y espíritu solidario (sea en el estudio, el trabajo de organización, el trabajo espiritual, el trabajo manual, el trabajo profesional o en la familia) y hacerlo con una clara conciencia, de que lo que hago, por pequeño que parezca, contribuye a mejorar a la patria, si es bueno lo que hago, y a empeorarla si es malo.
Lavar los pies a nuestra patria es pensar mi vida y mi proyecto de vida buscando el bien común, y no sucumbiendo a la ambición desmedida o a la avaricia egoísta.
Lavar los pies a nuestra patria es respetar su Constitución, sus leyes, sus instituciones y sus sanas y legitimas costumbres.
Lavar los pies a nuestra patria es quererla y cuidarla, como madre nuestra y como hermana humilde y generosa de todas las naciones de la tierra.
Lavar los pies a nuestra patria es cuidar su medio ambiente biológico, pero también su medio ambiente espiritual.
Lavar los pies a nuestra patria nos compromete a promover y defender la paz, protegiendo a los inocentes y luchando contra cualquier forma de discriminación o de xenofobia.
Lavar los pies a nuestra patria nos compromete a ser cristianos coherentes, hombre de dialogo, servidores de las personas y de la cultura, de una economía justa y de una política que dignifique a los ciudadanos.
Lavar los pies a nuestra patria nos compromete a trabajar cada día construyendo la civilización del amor.

III
Conclusión

He querido pensar en esto con ustedes, mis queridos hermanos, porque estamos celebrando el Bicentenario de nuestra existencia como Iglesia Diocesana, y pinta ya en el horizonte de nuestra historia la celebración del Bicentenario de nuestra Patria en el 2010.
La patria, la tierra de los padres, con su nombre, con su bandera, con su tierra, con su pasado, con su gente, es un desafío para nosotros, es una obligación y un llamado de la justicia. Es una invitación a vivir aquí, sin cerrazones egoístas, sin actitudes fundamentalistas, pero sí con una actitud abierta y generosa, el compromiso de construir un mundo en el que se refleje el proyecto de Dios, que nos quiere hijos libres y fraternos, que buscamos la justicia y la paz.
Hoy, al contemplar a Jesús lavando los pies a sus discípulos, pensamos en que Él lloro sobre Jerusalén, su tierra, porque la amó. Tenemos que hacernos cargo de que nuestros hermanos son todos los hombres, y en particular aquellos con los que compartimos un proyecto común que llamamos patria, que tiene que estar al servicio de toda la humanidad.
Hoy, es el dia de la Caridad ¿Por qué no pensar que nuestro amor tiene que abrazar esta tierra, a esta gente, a nuestros hermanos argentinos, para juntos servir a la paz y a la justicia del mundo entero?

Monseñor Mario Antonio Cargnello
Arzobispo de Salta

 

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