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Homilía de Mons. Mario Antonio Cargnello,
Arzobispo de Salta

Misa Crismal - 12 de Abril de 2006
 

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia se dirige al Padre de los Cielos para darle gracias porque a Jesús lo ha constituido sacerdote de la Alianza nueva y eterna y porque Jesús, con amor de hermano, elige a hombre de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Estos elegidos y consagrados somos nosotros, sus sacerdotes.
Es toda la Iglesia la que da gracias a Dios por el don de los sacerdotes:

“Ellos renuevan en nombre de cristo el sacrificio de la redención,
Preparan a tus hijos el banquete pascual,
Presiden a tu pueblo santo en el amor,
Lo
alimentan con tu palabra
Y lo
fortalecen con los sacramentos.

Tus sacerdotes, al entregar su vida por ti
Y por la salvación de los hermanos,
Van configurándose a Cristo,
Y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor”
1

La oración de la Iglesia, que ha de ser proclamada en el Prefacio de esta Eucaristía, tiene toda la fuerza de nuestro proyecto de vida, según aquello de la lex orando, lex credenti, lex vivendi.

Por la unción sacerdotal hemos sido incorporados al movimiento mismo de entrega del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, es decir, al eterno darse de nuestro Dios, pero incorporados de tal modo a esta entrega eterna de nuestro Dios que participamos del amor y de la razón de ser de Cristo, sacerdote eterno: la gloria de Dios y la salvación de todos los hombres. En la medida en que esa entrega se va haciendo vida en nosotros nos vamos configurando con Cristo.

¿Cómo se hace real esta entrega? ¿Cómo hemos de vivir el don sublime del sacerdocio de Jesús que no ha dado el día de nuestra ordenación y que sigue vivo en cada uno de nosotros porque la unción del Espíritu Santo es para siempre?

El Prefacio de esta Misa usa cinco verbos para describir nuestra entrega que prolonga el sacerdocio de Cristo, Pontífice de la Alianza nueva y eterna: renovar, preparar, presidir, alimentar, fortalecer. Permitamos que la oración de la Iglesia nos interpele. Dejemos que nuestra Madre Iglesia nos recuerde y en el regazo misericordioso de quien nos dio pro el bautismo y nos entrego el ministerio sacerdotal, contemplemos el don de Cristo para alabarlo a Él y comprometernos también hoy en su presencia y delante de su pueblo que nos ha sido dado como nuestro pueblo.

I
Los sacerdotes renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de redención

Renovar el sacrificio de la Redención. Jesús anuncia su Pasión utilizando los términos que caracterizaban el sacrificio expiatorio del siervo de Dios: viene para “servir”, “Dar su vida”, muerte “como rescate” para provecho de la “Multitud”. Es el “Cordero Pascual”, su Sangre derramada es la “Sangre de la Alianza” (Ex 24, 8)
Jesús inaugura en su sangre la Nueva Alianza; su sangre es derramada pro un Hijo por iniciativa de su Padre. Cristo se entrega a la muerte, y el Padre, por amor a los hombres, no perdona a su propio Hijo. Por ello, la Cruz, revela que el sacrificio es un acto de amor. Amor en el que alcanza su consumación la Redención. La redención es, entonces, un misterio de amor y de vida divina porque Dios es amor. Amor del Padre y amor del Hijo al Padre y a los hombres. Amor obediente y total, hasta la consumación. Amor que se hace entrega hasta consentir la traición, el abandono, la condena vil, el oprobio. Amor hasta la muerte que comunica el amor a sus hermanos desde su Corazón traspasado.
Nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovamos en nombre del Señor este sacrificio de la Redención. ¿Nos dejamos renovar por el amor siempre vivo de Jesús para poder amar como Él, el Buen Pastor? ¿Somos capaces de descubrir la tentación de usar a los otros cuando ésta nos acecha? ¿Advertimos las mezquindades que nos limitan en nuestra capacidad de darnos? ¿Nos dejamos enseñar por el Señor desde el misterio de su Costado traspasado tan elocuente en la imagen querida del Señor del Milagro?

II
Los sacerdotes preparan a los hijos de Dios el banquete pascual

Preparar. El verbo nos lleva a contemplar a Juan, el Bautista. “Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Lc. 3, 3-4). Como Juan preparamos el camino allanando los senderos para que los hombres se encuentren con Jesucristo; como Juan nuestro cometido es indicar al Cordero de Dios para que los hermanos participen de su banquete pascual que nos es dado presidir.
El sacerdote no invita a los demás a seguirlo a él. Nuestro liderazgo nos pone en primera fila para orientar la mirada de los demás hacia Jesucristo “el caudillo y consumador de nuestra fe”. “Es necesario que El crezca y que yo disminuya”. Estas palabras del Bautista son un itinerario a recorrer que se madura en al plegaria constante a los pies del Maestro. En la cercanía de su Corazón aprendemos la mansedumbre y la humildad. El nos lo dijo: “Aprendan de mí…” Y en la cercanía de los pobres. ¡Cuántas lecciones de paciencia y de humildad de hombres y mujeres sufridos hemos recibido en sus lechos de enfermos, en sus paciencias heroicas tolerando con paciencia injusticias y desventuras!
¿Qué lugar ocupan los más pobres en nuestro corazón y en nuestra opción pastoral? ¿Qué lugar ocupa la oración del discípulo en mi vida sacerdotal?

III
Los sacerdotes presiden al pueblo santo en el amor.

Presidir en el amor. He aquí un programa de vida. “El que quiere ser el primero, debe hacerse el ultimo de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35). Presidir es estar delante de, es hacerse cargo del otro, de sus preocupaciones, de sus cruces, de sus alegrías. En nuestra vida sacerdotal vamos aprendiendo que el otro es siempre Cristo que me llama. Si el amor es una mirada que ve, en nosotros el amor pastoral es una mirada capaz de ver al otro caminando hacia el Padre en el hoy. Todo hombre que se acerca a nosotros es Cristo que me necesita. Presidir supone capacidad para descubrir que lo que al otro le preocupa es, en este momento que me necesita, más importante que lo que a mí me preocupa. Presidir es hacerse eucaristía -con nuestro ser, con nuestro tiempo- para dejarnos comer, porque estamos delante del hermano en nombre de Jesús que se hizo pan para prolongar su entrega. El es el Buen Pastor que da su vida por las ovejas.
Muchas veces el cansancio puede hacernos perder de vista esta dimensión de la presidencia sacerdotal y nos pesan los otros. Entonces nos gana el malhumor y, a veces, la prepotencia. ¿Nos dejamos ayudar? ¿Sabemos recurrir al hermano, al director espiritual pidiendo ayuda? ¿Somos capaces de reconocer nuestros límites?

IV
Los sacerdotes alimentan al pueblo santo con la palabra de Cristo

Somos hombre de la Palabra. Somos sus heraldos. Nos corresponde entregarla, enseñarla, hacerla amar.
No podremos ser hombres de la Palabra de Dios si no aprendemos a leerla en el Espíritu, en la liturgia y en la tradición, con asiduidad y constancia. Leída en el Espíritu, la Escritura nos introduce en el Misterio de Dios y nos ayuda a ser sus testigos ante los hombres para ayudarlos a descubrir el sentido de sus vidas, de sus sufrimientos, de sus luchas. Los demás tienen derecho a esperar de nosotros una palabra que oriente, que anime, que ayude a seguir caminando.
En la intimidad con la Palabra escuchada, meditada, rezada es donde aprendemos a ser pastores que acompañan y guían.
¿Qué tiempo dedico a escuchar la Palabra de Dios, a enseñarla en la homilía, en la preparación de nuestros catequistas, en la formación de los agentes de pastoral?

V
Los sacerdotes fortalecen al pueblo santo con los sacramentos

Somos sacerdotes. Entregamos la vida de Dios en la celebración de los sacramentos que culminan en la Eucaristía. En la liturgia alcanza su plenitud nuestra pertenencia a Cristo y a la Iglesia. Allí nos vamos dando a Jesucristo que se entrega en cada Misa, que da vida en el Bautismo. A Jesucristo, medico que sana en la Reconciliación y en la Unción de los enfermos.
¿Creemos y vivimos nuestro ser sacerdotal en los sacramentos? ¿Renovamos la frescura de nuestra fe en cada celebración? ¿Experimentan los enfermos la cercanía de Cristo y de la Iglesia a través de nuestro servicio sacerdotal que lleva la “liberación a los cautivos”? ¿Encuentran los penitentes la Palabra que perdona en nuestro servicio a la Reconciliación? ¿Reciben nuestras comunidades el justo servicio de la Eucaristía celebrada según lo establece la Iglesia?
Nuestros fieles nos lo agradecen y nos necesitan, como también nosotros necesitamos, porque somos cristianos, confesarnos y encontrarnos con Jesús.

VI
El pueblo de Dios reza por nosotros, sacerdotes

Un ultimo punto y muy importante. El ideal es grande, nos supera. Pero no desesperamos porque el Pueblo de Dios nos sostiene con su oración. Nuestros fieles rezan pro nosotros. La numerosa presencia de los fieles de las parroquias, vicarías, instituciones y movimientos, testimonia su efecto y su esperanza en nosotros. Somos para ellos, pero ellos son también nuestro sostén. ¡Gracias, Pueblo Santo de Dios!
En esta Misa Crismal del Año del Bicentenario volveremos a decir en el Relato de la Institución durante la Plegaria Eucarística: “Esto es mi Cuerpo entregado… Esta es mi Sangre derramada”. Es el Cuerpo y es la Sangre de Jesús… deben ser también los nuestros.
Quisiera incorporar en esta Misa, en la Memoria sacramental de la Eucaristía, el cuerpo y la sangre, es decir, la vida de tantos hermanos sacerdotes que a lo largo de la historia bicentenaria de la arquidiócesis, se entregaron por Cristo.
Que la Santísima Madre del Milagro, primera discípula, nos tenga siempre de su mano. Amen.

Mons. Mario Antonio Cargnello
Arzobispo de Salta

1 Prefacio de la Misa Crismal “EL Sacerdocio de Cristo y el Ministerio de los Sacerdotes” .

 

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