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HOMILÍA DE MONS. MARIO ANTONIO CARGNELLO,
ARZOBISPO DE SALTA

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI



Queridos hermanos, debemos dar gracias a Dios, también porque este año celebramos la Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Tiene una fuerza especial, el hecho de que la celebremos, celebrando doscientos años de vida como Iglesia particular de Salta. Somos parte de una celebración que la Iglesia hace suya y la repite permanentemente. Es la Eucaristía la que hace la Iglesia, es la Iglesia la que hace la Eucaristía.

Escuchábamos la Lectura del Libro del Éxodo. Moisés comunica todas las palabras y prescripciones del Señor, en nombre del mismo Señor, y el pueblo responde a una sola voz: “Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor”. Se trata del primer pacto que constituye al primer pueblo de Dios. Israel había salido de Egipto, después de una larga experiencia de opresión y sometimiento. Después de un camino difícil, durante el cual Moisés tuvo que convencer al pueblo y enfrentar al Faraón para poner en camino a este pueblo que sólo quiere encontrar la fuente de la libertad, encontrándose con Yahvé en el Monte Sinaí.

Si Dios es la fuente de su libertad, Israel no tiene que ponerse de rodillas delante del faraón. Su Dios es quien lo guía, y Él es el Dios de la libertad. Una vez que llega al Monte, sabiéndose atraído por el Señor, escuchara al Señor que le entrega su Palabra: son los diez mandamientos.

Moisés transmitirá la Ley y las particularizaciones de la Ley. El Libro del Éxodo se extiende a lo largo de varios capítulos, hablando de la Ley.

Después que el pueblo ha escuchado al Señor y ve que el camino, es el de la libertad, que Dios solamente se interesa por la felicidad de todos ellos, y se siente el Pueblo Elegido, entonces acepta el Pacto con Dios. La respuesta libre del pueblo, a ese Pacto de amistad y de amor provoca que Dios guarde a su Pueblo en su Corazón, y el Pueblo le responde con libertad. Así nace el pueblo de Israel. Nace como pueblo que es consciente de ser el Pueblo de Dios, que deberá madurar a lo largo de las generaciones, porque va a experimentar permanentemente la tentación de mirar hacia atrás. Todo el pueblo de Israel mirará siempre este momento, como el momento fundacional. Dios lo ha traído, Dios le ha ofrecido su Palabra y Dios ha tenido en cuenta la palabra de Israel, por eso el pueblo no puede arrastrarse.

Moisés cierra este Pacto levantando un Altar al pie de la montaña; y alrededor erige doce piedras, en representación de las doce tribus de Israel. Después, en el Altar, ese pueblo se sentirá, se sabrá, se descubrirá y se alimentará como Pueblo de Dios, porque en nombre del Dios de los Israelitas “ofrecerán holocaustos e inmolarán terneros al Señor en sacrificio de comunión y será rociado el Pueblo con la sangre de las victimas”.

El pueblo reconoce que sólo Dios es Dios, y lo hace ofreciendo una victima. La comunión entre Dios y del pueblo se hará a través de la sangre de las victimas. Respondiendo al modo de ser más profundo de todos los pueblos, de toda la tierra y de todos los tiempos, este rito se repite todos los años, porque se necesita volver siempre a la fuente de la libertad.

Somos un pueblo, nosotros también somos un pueblo, el “nuevo Pueblo de Israel”. La Alianza tendrá ahora en un segundo capitulo, que lo tiene como protagonista al Señor Jesús, Él en medio de todos nosotros, aceptará a Dios como Padre desde su humanidad. Él como el Hijo eterno de Dios Padre, en su condición humana acepta ser hijo, y entonces ratifica esa Alianza y la hace definitiva.

Decía la Carta a los Hebreos, que “ya no necesita otras victimas ni corderos, ni terneros, ni vacas ni palomas”. Jesús se entrega, de Él nace un pueblo nuevo. Ya no necesitará piedra para hacer un altar, como las piedras conmemorativas de las doce tribus Pueblo de Israel. Jesús acepta la voluntad del Padre en nombre nuestro, y nos acepta a nosotros en nombre del Padre. En Él se sella una Alianza, de la cual va a nacer, esta nueva humanidad y pueblo de Israel, que somos nosotros, la Iglesia de Cristo. Si en la Antigua Alianza había piedras que conmemoraron, aquí es el mismo Hombre-Dios Jesús, que hace nacer a un pueblo de Su Costado en la Cruz. Pueblo llamado a la libertad definitiva, donde la clave de la libertad estará en la capacidad de entregarse de Jesús, hasta dar la vida por nosotros.

La clave de la libertad está en ese modo de entregarse de Jesucristo, hasta dar la vida por nosotros. La clave de la de la salvación de la humanidad, está en aceptar ese modo de entrega de Jesucristo para siempre, por cada uno de nosotros. Contemplando este misterio, Pablo llegó a decir: “Me amó y se entregó por mí”, el modo de entrega de Cristo por nosotros es fuente de nuestra libertad, porque Él se entrega libremente, y se entrega sin medida. Nosotros somos ese pueblo nacido de Jesús.

Hoy nosotros estamos celebrando el Corpus, celebrando los doscientos años de la vida de la Iglesia de Salta. Es bueno que lo celebremos también aquí en Salta, en el territorio de nuestra Arquidiócesis, y nos encontremos todos los que formamos parte de esta Iglesia particular y los peregrinos que nos visitan. Es bueno que nos sintamos parte de este pueblo que nació del Pacto con Moisés hace 3200 años y que volvió a nacer de la entrega y de la decisión de Jesucristo en la Ultima Cena, anticipó la entrega total de Cristo en la Cruz.

Aquí también se plantó hace doscientos años un altar, que hoy es Catedral. Es el Altar de la Iglesia Madre. Aquí no hubo doce piedras, sino Doce Apóstoles, como en la Ultima Cena. Aquí hubo una Iglesia que representó a los Doce Apóstoles y que hoy continua madurando. Es una Iglesia que se sabe beneficiaria de la presencia de Cristo, que repite su promesa: “Aquí estoy con ustedes siempre”. Aquí, en este lugar de la tierra que se llama la Arquidiócesis de Salta, nosotros celebramos que Dios siga siendo fiel con nosotros. estamos todos los Señores Obispos que han nacido en la ciudad de Salta, los sacerdotes, las religiosas, los religiosos; nos acompañan nuestros gobernantes, los laicos que trabajan en nuestras instituciones y movimientos y todos aquellos que pertenecemos a esta Iglesia, que hemos nacido de las fuente bautismal de la Iglesia Católica, para celebrar la memoria, para traer al presente, en el rito, el ser el pueblo llamado a la libertad.

Nosotros creemos en ese Dios que se hace nuestro y nos hace suyos, se hace nuestro haciéndose pan. Es la paradoja de Dios. No se impone sino dándose hasta entrar en nosotros, hasta ser sangre de nuestra sangre y principio de nuestra vida. Somos su pueblo no por una pertenencia exterior, por un cartel. Somos su pueblo, porque Él entra dentro de nosotros y nos mete a nosotros en la intimidad misma de Dios. Somos un pueblo testigo de este Dios celoso de la libertad y de la dignidad de las personas. El Señor entra en el corazón de cada hombre para que descubramos en cada generación, el valor que tiene cada persona para nuestro Dios.

“Él me amó y se entregó por mi”, “Éste es mi cuerpo, esta es mi Sangre que se derrama por muchos”. Dios sigue provocándonos; nos invita a no tener miedo de recorrer los caminos de la verdadera libertad, pero no la libertad entendida como lo hizo el hijo prodigo, que pensó que era gastar la vida sin sentido, sino como la entendió el Hijo Jesús, que no tuvo miedo de ser hijo entregando la vida por nosotros.

Ser un pueblo, ser el Pueblo de Dios, significa comprometernos, queridos hermanos; comprometernos a vivir esta mística de la Eucaristía, que es la mística de respetar al otro, del hacernos cargo del otro. A nosotros, cristianos que somos parte de esta Iglesia particular de Salta, que vivimos en estos tiempos de nuestra Patria, que sabemos que se nos pinta también su Bicentenario, celebrar el Corpus nos compromete como Iglesia local, como cristianos a hacernos cargo de esta generación de nuestra patria. Hacernos cargo de esta generación no significa pensar que nuestra patria sea más porque tenga más, sino porque seamos mejores y justos en la distribución de lo mucho que nos ha dado el Señor.

Esa es la mística de la Eucaristía: Jesús se hace pan, para desaparecer en nosotros, para reaparecer en nuestra vida, invitándonos a hacernos nosotros también pan para los demás, haciéndonos cargo de nuestro tiempo y sabiendo que sólo vamos a ser hombres, cuando trabajemos en serio, con honestidad, con honradez, con transparencia, sin mentira, con justicia, con un espíritu que impulse, sin revanchas, con actitud de verdadero servicio, con amor real a todos. Nos tenemos que hacer cargo así de esta patria nuestra.

Jesús se hace pan, pan que para ustedes jóvenes, se convierte en el alimento que necesitan seguir teniendo fuerzas para jugar, para estudiar, para practicar deportes, para divertirse. Pan para nosotros los mayores que nos fortalece para afrontar las responsabilidades, para crecer y seguir mirando con afecto y seguir teniendo esperanza en el futuro. Pan, que para el anciano es capacidad de tener una mirada sabia y de transmitir sabiduría. Pan para el enfermo, que le da la posibilidad de vivir cada día, regalando el “Ay” de su dolor. Para el niño, que se convierte en la mirada esperanzada y creyente en nosotros que somos mayores.

Tenemos que ser pan, tenemos que tomar en serio a Jesús, nuestro pan de vida. Como parte de esta celebración de la Iglesia local de Salta que celebra estos doscientos años, quiero pedirle al Señor que en esta tarde por la educación en nuestra patria.

Hacernos cargo del otro significa también enseñar al otro, ayudarlo para que sea una persona mejor, en una sociedad mejor, que sea una persona abierta a lo trascendente y abierta la trascendencia del otro. Quiera el Señor que este momento nuevo de debate en nuestra patria sea una oportunidad para avanzar, para revisar y mejorar en el horizonte de un hombre integral, cuya medida es Dios.

No hay que tenerle miedo a la propuesta cristiana. Nadie nos puede garantizar más que Dios la libertad del hombre, nadie conoce mejor al ser humano que Jesucristo, que murió por nosotros.

En este día de Corpus quiero poner en la mesa del altar, la mesa de la Ultima Cena del Señor: la educación. Que el debate no sea una propuesta declamada. No tenemos derecho a frustrar generaciones, no hay cuestión de estado más importante que la vida y la educación de un pueblo. Es lo que queremos poner en esta mesa, que nos constituye como pueblo, que nos exige servir a la patria. Que el Señor Jesús hecho pan, que nos dice: “Aquí estoy con ustedes siempre”, nos ilumine celebrando pertenecer a la Iglesia.
 

Monseñor Mario Antonio Cargnello
Arzobispo de Salta

 

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