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Carta Pastoral de Cuaresma 2007

JESUCRISTO, EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

 

Queridos Amigos: 

                                   En esta cuaresma uniéndome a la celebración de nuestro cincuentenario diocesano, quiero centrar la atención sobre la persona de Jesús. En su nombre nació esta Iglesia diocesana y su primer obispo, Monseñor Aguirre en su lema episcopal “En Cristo Jesús” invitaba a todos los fieles a poner a Jesús en el centro de sus vidas.

Quiero retomar esta idea. Los invito a todos a preguntarnos y responder si realmente JESUCRISTO ES EL CENTRO DE NUESTRAS VIDAS.

No es una pregunta moralista, para saber si estamos haciendo bien las cosas. Es una pregunta vital, una pregunta a nuestro corazón y a nuestra libertad: ¿Qué es lo que le da sentido, calor, dirección a mi vida? ¿Estoy yendo por el camino que de verdad quiero ir?

En tiempos tan pragmáticos y mediáticos corremos el riesgo de hacer depender nuestra vida religiosa solo de lo que se ve o lo que se escucha y así encontramos a muchos que basan el crecimiento o decrecimiento de su fe en las virtudes y defectos de los miembros de la Iglesia o en la relación de la misma respecto del Estado...y olvidan que es a Jesucristo, quien se proclamó verdadero Dios, a quien debemos dar una respuesta sobre la orientación definitiva de nuestras vidas.

Hace dos mil años que la Iglesia presenta a Jesucristo e invita a creer en Él. En todas las circunstancias históricas, la Iglesia enfrentó el desafío de actualizar su mensaje para hacerlo comprensible a las distintas culturas y costumbres. También en estos tiempos debemos responder a este desafío histórico.

Ahora bien. ¿Dónde va a encontrar la Iglesia esas respuestas? ¿Será acaso solo la mente humana la que podrá actualizar el mensaje?

En la carta de Adviento recordaba que Jesús está en nuestra Iglesia en su Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en el Pueblo de Dios.... Jesús está vivo en medio de nosotros. Lo que nos permitirá dar verdaderos frutos es nuestra permanencia a su lado: “si permanecen en mí darán mucho fruto”  Cf. Juan 15,4

En la medida que acrecentamos nuestra comunión con Él y entre nosotros estoy seguro que aparecerán los frutos que esta Iglesia Diocesana debe dar. Quizás, el que más ansiamos los que tenemos como misión evangelizar, sea justamente ese: que podamos presentar con nuestro testimonio y nuestra palabra a un Jesús vivo que sea respuesta verdadera para las personas que vivimos este tiempo histórico concreto.

  

  - Permanecer en la Palabra

Voy a poner un ejemplo de lo que acabo de decir. Cuando se creó esta Diócesis yo tenía veinte años, entré al seminario de San Isidro dos años después. En ese entonces la relación con quienes practicaban otros credos era de desconfianza y tirantez. A veces, grupos más radicalizados protagonizaban actitudes agresivas.

¿Qué pasó para que años después esas relaciones sean no sólo cordiales sino de auténtica búsqueda de comunión? ¿Por qué hoy rezamos y reflexionamos juntos y hasta emprendemos acciones caritativas en conjunto?

Si buscamos, encontraremos protagonistas humanos que fueron precursores de este trabajo por la unidad. Pero el gran protagonista de este cambio fu el mismo Señor Jesucristo que por su Espíritu guió nuestro camino. Nuestros hermanos de las otras Iglesias cristianas “permanecieron” en torno a la Palabra (Palabra viva que es el mismo Jesús); nuestros hermanos mayores, los judíos, fueron fieles a la Torah, nosotros también intentamos permanecer fieles a la Palabra y a la Eucaristía, y el fruto de esa fidelidad hoy lo disfrutamos en el diálogo y los intentos de comunión con todos ellos.

 

  - Permanecer junto a Jesús en el pobre

El segundo ejemplo tiene que ver con la presencia de Jesús en los hermanos y en  particular en los más pobres: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo". Mt 25,40.

Hace muchos años cuando pertenecía a los jóvenes de la Acción Católica, en la Iglesia estábamos muy preocupados por la escasa presencia de la Iglesia entre los pobres. La juventud obrera católica era incipiente y se solía decir que los cristianos habíamos perdido a la clase obrera. Recuerdo la preocupación de numerosos sacerdotes y laicos en ese sentido y también haber asistido a innumerables debates sobre esta cuestión.

Todos esos afanes no fueron en vano. Desde aquellos años en la Iglesia se desarrolló una fuerte corriente teológica en este sentido, y se emprendieron innumerables obras apostólicas, asistenciales y promocionales entre los pobres.

La Iglesia en el pos-concilio, tuvo una nueva comprensión de sí misma y se reconoció pobre, necesitada de la redención que Jesús nos vino a traer. El Vaticano II nos ayudó a comprender la solidaridad de Jesús, “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” 2 Cor 8,9. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesús,  y siendo ella misma pobre, se hizo solidaria con aquellos hermanos más desfavorecidos:

“Cristo fue enviado por el Padre a "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos" (Le., 4,18), "para buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc., 19,10); de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo”.[1]

Así es, la clave de todas esas acciones lo daba el espíritu que las animaba: los cristianos contemplamos a Jesús en cada uno de los pobres, débiles y enfermos. PERMANECIMOS JUNTO A JESÚS Y LO ENCONTRAMOS, en la medida en que supimos estar junto a y en la vida de tantos hermanos que manifestaban su debilidad.

Es más, la comunidad eclesial entendió que desde los pobres brotaba una corriente de salvación a través de la cual Jesús evangelizaba también al resto de la Iglesia.

Fue una verdadera corriente contemplativa y activa que dio sus frutos. Hoy, cincuenta años después, la Iglesia en nuestra diócesis está presente en toda la geografía y ciertamente enriquecida por las comunidades de nuestros hermanos más pobres y sencillos. Esa PERMANENCIA en JESÚS manifestada entre los pobres, a pesar de todos nuestros límites, ha dado su fruto.

Estos dos ejemplos nos muestran claramente que la eficacia apostólica necesariamente debe ser precedida por una corriente espiritual que manifieste la PERMANENCIA EN JESÚS. Vimos como la PERMANENCIA EN JESÚS - PALABRA y en JESUS-POBRE, con el correr del tiempo ha dado sus frutos.

 

- Permanecer en Jesús- Eucaristía

Hay una presencia fortísima de Jesús en la EUCARISTÍA. Y es notable como en estos últimos años en las comunidades se ha fortalecido la corriente espiritual celebrativa y contemplativa de la Eucaristía. Personalmente me gustaría alentar y promocionar aún más esta permanencia de los fieles en torno a JESÚS-EUCARISTÍA. Estoy  convencido que esta corriente dará muchísimos frutos evangelizadores en nuestra Iglesia diocesana.

Les entrego esta rápida mirada histórica que pretende iniciar la reflexión cuaresmal invitándolos a centrar nuestra vida en Jesús. San Pablo es sin duda el apóstol que en sus escritos refleja profundamente esta visión cristocéntrica. Tiene expresiones muy contundentes: “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21); “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20 b);  “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20 a) O el texto de Romanos donde nos insta a afrontar todas las dificultades de la vida con la convicción de que nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Cristo (Cf. Rom 8,39).

En esos escritos Pablo manifiesta que la eficacia cristiana sólo se da desde la PERMANENCIA EN JESUS. Si estamos unidos a Él, como Él lo está al Padre, daremos muchos frutos.

 

  - Permanecer en la cruz con Jesús, para resucitar con Él

Una cuestión final: la eficacia cristiana pasa siempre por la Cruz. Si permanecemos junto a Jesús-Palabra, nunca podríamos pasar por alto la pasión y muerte en Cruz que lleva a la verdadera vida del Resucitado.

Si permanecemos junto a Jesús-Pobre contemplaremos en la vida de tantos hermanos signos fuertísimos que manifiestan a un Jesús que sufre su pasión en ellos.

Si contemplamos a Jesús-Eucaristía el mismo dinamismo del sacramento refleja a Jesús en su misterio pascual de muerte y resurrección. Toda permanencia real junto a Jesús es permanencia en su pasión y muerte para resucitar con Él.

Todo intento de evadirse de este dinamismo, desde el comienzo deja de ser cristiano. Así nos quiso salvar Jesús. Si permanecemos junto a Él, Él mismo se encargará de que los signos de su pasión y su cruz aparezcan en nuestra vida. No intentemos evadirnos de ellos. Por el contrario, sepamos que es la condición de eficacia de la presencia de su Reino.

 

Queridos Hermanos, quisiera que este aniversario no fuera solamente una linda recordación, sino que nos sirviera a todos para encontrarnos más profundamente con el Señor.

Que María Santísima que acompañó a Jesús a lo largo de su vida, sea nuestra maestra en el arte de permanecer en Él

Les deseo una buena y santa cuaresma, cerca del Señor y una muy feliz Pascua de resurrección,

 

Jorge Casaretto

Obispo de San Isidro

 

ORACIÓN POR LOS 50 AÑOS DE LA DIÓCESIS

Queremos permanecer en Ti,

amándote con pasión

y encontrando en ese mismo amor

la fuente inspiradora de todos

nuestros compromisos misioneros.

 

Queremos dar mucho fruto

sembrando con confianza tu Palabra

mientras caminamos

hacia el encuentro definitivo contigo

en la Vida eterna.

 

A María, Madre de Dios y Madre nuestra,

a nuestro patrono San Isidro,

labrador de esta Viña que es tu Pueblo,

confiamos nuestra oración. Amén.

  


 

GUÍA DE TRABAJO

Tal como hicimos en otras cartas pastorales, nos vamos a ayudar con una guía de trabajo en nuestra reflexión personal y comunitaria.

 

¿Qué es una Guía de Trabajo?

Es una serie de preguntas que nos ayudarán a interiorizar los contenidos de la CARTA PASTORAL. No se trata de encontrar la "respuesta correcta", sino de preguntarnos acerca de lo que estamos reflexionando, para ver qué repercusión tienen estas realidades en la vida de cada uno de nosotros. Sería bueno que escribamos las respuestas, ya que el ejercicio de escribir nos ayuda a concentrarnos y a ponernos en contacto con nuestro interior. Si queremos, después podemos compartir lo que hemos reflexionado, con nuestra familia o comunidad.

 

Aquí van las preguntas:

  1. Hago una lista de las personas, actividades, cosas, etc. que son importantes en mi vida. Las pongo en orden: primero la más importante, luego la segunda en importancia, y así sucesivamente. ¿Qué es lo que hace importante alguien o algo en mi vida?
     
  1. Me pongo en presencia del Señor y en un momento de oración me pregunto: ¿Jesús es el centro de mi vida? ¿En qué signos veo o no veo esa centralidad?
     
  1. Leo la Palabra  de Dios cotidianamente ¿Por qué? Si la leo: ¿Qué descubro en esa lectura? ¿Me gustaría profundizar en el conocimiento de la Sagrada Escritura? ¿Qué podríamos hacer al respecto?
     
  1. Pobre es todo aquel que está carente o necesitado no sólo de dinero o bienes materiales, pobres son también los enfermos, los que están solos, los que están tristes, etc. ¿Me resulta fácil ver a Jesús en ellos? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Recuerdo alguna circunstancia en la que especialmente haya experimentado la presencia de Jesús en el pobre? ¿Y si el pobre soy yo mismo/a? ¿Me cuesta experimentar la presencia de Jesús en mis necesidades económicas o en mi falta de trabajo, o de afecto, o de salud o de algo que realmente es importante para mí?
     
  1. ¿Dedico algún momento del día o de la semana para estar frente a Jesús Eucaristía? ¿He participado de algún rato de Adoración en mi parroquia o en alguna otra? ¿Me atrae la oración frente al Santísimo? ¿Por qué?
     
  1. Recuerdo los momentos más difíciles de mi vida, ¿Significó algo en esos momentos la cruz de Jesús? ¿Sentí que estaba unido/a a Él en ese momento?
     
  1. Hacemos un momento de oración y le pedimos a Jesús que nos haga percibir su cercanía en la hora de nuestra muerte. Pedimos por todos los que hoy están sufriendo y hoy morirán, para que, atravesando la muerte con Jesús, puedan experimentar la fuerza de la resurrección.

 

[1] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática “Lumen Gentium” sobre la Iglesia, nº8.

 

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