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HOMILÍA de Mons. DOMINGO S. CASTAGNA
Arzobispo de Corrientes

Con ocasión de sus Bodas de Oro sacerdotales

4 de diciembre 1955-2005

 

1.-   Mi vocación sacerdotal apareció en una humilde parroquia de Buenos Aires, apenas iniciada mi adolescencia. Me entusiasmó ser sacerdote cuando advertí - en quienes celebraban Misa y me confesaban - que eran hombres sencillos y cercanos como lo fue mi padre y otras personas de mi entorno familiar. No se me exigiría ser importante e intelectualmente excepcional, bastaría un fuerte deseo de ser buen sacerdote y el esfuerzo de responder a la formación que me ofrecía la Iglesia. Los casi doce años de Seminario me resultaron brevísimos. Al cabo de ellos, el 4 de diciembre de 1955, recibí la Ordenación Sacerdotal, hace hoy cincuenta años. Al merodear el final de una vida entregada al ministerio sagrado quisiera brindarles mi humilde reflexión: el sacerdocio es cruz y fiesta; lucha sin tregua y misterioso descanso en el Corazón del Padre;  riesgo humano y confianza en la ternura de Dios y de la Virgen; misterio y don de la fe contra el asedio permanente de la incredulidad; verdadero tesoro por el que vale la pena “venderlo todo” para adquirirlo. Yo no tenía mucho que vender y lo vendí. Bastó el magro resultado de aquella venta para que el tesoro fuera mío. Echando una mirada atrás compruebo la obra amorosa de la gracia, inmerecida y gratuita, como toda gracia de Dios.

2.- Cercana mi Ordenación Sacerdotal quise escoger un lema que fuera reproducido en las estampas recordatorias de aquel inolvidable acontecimiento. Como ha ocurrido a lo largo de mi vida un ángel interior me presentaba lo que correspondía en cada ocasión. Entonces emergió en mi memoria la hermosa oración de San Francisco de Asís: “Señor, haz de mi un instrumento de tu paz”. No premeditado por mí constituyó – desde entonces - el programa e ideal de mi vida sacerdotal. El Buen Pastor – Jesús – da la vida y la paz. No pedía más que ser su humilde y desconocido instrumento. Me ocurrió lo mismo cuando me comunicaron que el Siervo de Dios, Juan Pablo II, me escogía para ser Obispo. Me recordaron que debía identificarme con un escudo y un lema. También de inmediato apareció en mi mente el pensamiento paulino: “RECONCILIATIO ET PAX” (Reconciliación y paz). Sin duda alguna el Señor me había escogido para ser transmisor de su Paz. Han pasado cincuenta años de la primera inspiración y veintisiete de la segunda. Con frecuencia me dicen que transmito paz, no la mía - ¡pobre criatura! – sino la de Cristo. A mis casi 75 años ya no dudo de que he recibido la misión – superior a mis fuerzas humanas – de ser instrumento de la Paz de Jesús: “Mi paz les doy”. No creo que siempre haya sido perfectamente fiel a ella.

3.- He procurado serlo. Lloré oscuras e insomnes vigilias para lograrlo. Aprendí a no eludir la voluntad de Dios. Tantos años me han revelado que, entre el llamado insistente del Padre y el deseo de amarlo hasta la muerte, se produce una saludable rectificación de rumbos. Hoy estoy aquí, entre ustedes, con un extenso pasado, un presente que lo sintetiza y una perspectiva de futuro inmediato en el servicio de la Iglesia, ahora en Corrientes, que amé y amo con todo mi ser. Me ilusiona imaginar que – desde la Casa paterna – Dios, la Virgen y mis hermanos los santos, avizoran mi cercana figura de peregrino. No sé cuánto tiempo transcurrirá hasta mi arribo, pero, ciertamente lo gastaré al servicio de quienes me necesiten buscando a Dios, su Palabra y su misericordia. En circunstancias como ésta se impone el recuerdo agradecido a quienes, desde mi niñez y adolescencia, se empeñaron en alentar mi vocación sacerdotal. A mi madre, ya esperándome entre los santos, que me ofreció su sensatez de mujer simple y cercana durante los ocultos años de mi preparación al sacerdocio y los difíciles primeros tramos de mi juventud sacerdotal. El Señor la recompensó ya en la tierra al verme ungido sacerdote y obispo. Tuve el honor conmovedor de asistirla espiritualmente hasta cerrar sus ojos. En la misma línea está mi cercana y pequeña familia y tantísimos buenos amigos, obispos, sacerdotes y laicos. Muchos de ellos me han antecedido ya en la Casa familiar del Cielo.

4.- Me permito destacar el aprendizaje, al que me sometió Jesús - brindándome generosamente su Espíritu - en el descubrimiento de la bondad de su Padre y nuestro. La experiencia dolorosa de mi pobreza me preparó eficazmente para recibir el Evangelio de la misericordia de Dios y brindarlo a quienes acudieron al consuelo de mi servicio pastoral. María, dulce Madre de mi pequeña vida, me introdujo en la escuela e intimidad de su Hijo divino. Allí aprendí que no se sabe y conoce lo que no se ama; que Dios se hace encontradizo con los hombres, en Cristo, para hacerse conocer mediante el único vínculo valedero, el del amor y de la obediencia filial. El gran San Agustín llegó a decir: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé”.[1] Les confieso, salvadas las enormes distancias con el santo Obispo de Hipona, que jamás logré aprender y enseñar lo que no amaba. Cristo, a Quien María y los Apóstoles tanto amaban, es la Verdad que aprendí en la fatiga de cada plegaria y de la que pude extraer lo poco que ofrecí – y ofrezco - a mis innumerables hermanos y condiscípulos. Ahora, agraciado con la experiencia de estos cincuenta años, puedo asegurarles, particularmente a los sacerdotes y consagrados, que la única garantía de fidelidad a la fe y a la  vocación es el amor a Cristo. Amor que debe crecer constantemente, hasta la muerte, y que anticipa – en la oscuridad luminosa de la fe – el encuentro inefable con Dios. “Sólo el amor de Dios basta” o todo sobra y se diluye.

5.- Mis buenos amigos, ¡cuánto hay para decir, en estas circunstancias, y qué poco se puede decir! En una vida prolongada como la mía, en la que el pasado es mucho y el futuro es breve, se nos invita a reemplazar todo temor por la confianza y el abandono en la misericordia del Padre. Reconforta pensarlo. Lo guardo cuidadosamente en mi pensamiento y, a veces, lo expreso a mis amigos. Los santos, desde el ejercicio de sus virtudes cristianas, me han enseñado que una vida santa – aunque de bajo perfil – es más evangelizadora que un detonante protagonismo social. Dios sigue escogiendo la senda humilde, la figura sin relieve; al pobre que sabe desaparecer para que Él sea conocido y amado.  De esa manera me fui convenciendo que mi modelo más cercano a Cristo, como sacerdote, era el de Juan Bautista. Hombre entregado austera y humildemente a la misión; honesto hasta señalar - en desmedro propio - al Cordero de Dios; desplazado del centro de la escena para que el Señor fuera reconocido y seguido por sus propios discípulos. Su soledad de precursor está misteriosamente invadida por la presencia y amistad de Aquel a quien identificó – en público - como Mesías y Salvador. Necesité cincuenta años para acercarme tenuemente a la figura abnegada del Bautista. Me queda morir como él, dando testimonio callado de mi Maestro y Señor.  Permítanme agradecerles este acompañamiento cálido y generoso. Sobre todo la oración. He recibido conmovedores mensajes de muchos amigos: Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos. Quienes no han podido venir han comprometido su ferviente oración. Cuando celebré la primera Misa, una piadosa mujer me dijo: “Que su última Misa  sea como la primera “. Espontáneamente le respondí: “¡Por favor! sería muy triste y lamentable. La última debe ser infinitamente mejor que la primera”.  Queridos amigos: les ofrezco mi bendición agradecida. Les suplico que me ayuden a  lograr que mi última Misa sea mucho mejor que la primera.


[1] Confesiones de San Agustín. 10, 27.

 

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