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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes
Mons. Domingo S. Castagna


CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
18 de diciembre de 2005

Lucas 1, 26-38

 

1.- Cristo es la Verdad necesaria. Es conveniente, tan próximos a la Navidad, recordar con Lucas el momento sublime de la Anunciación. María está atenta a la presencia misteriosa de Dios, en el silencio profundo de su pequeñez. El Arcángel Gabriel no hace más que transparentar la verdad que la misma joven Virgen está viviendo en la fe. Dios está con ella, la forma entre sus manos para que sea la Madre de su Hijo, en un proceso único que la mente de la joven no podrá explicar: “¿Cómo será esto?”. Estamos en condiciones de formularnos la misma pregunta cuando debemos decidir lo que es recto ante una difícil situación. El proyecto de una vida evangélicamente virtuosa es irrealizable desde las reglas comunes de la convivencia. La gracia de Cristo – del Evangelio – produce un entendimiento claro de las normas evangélicas. Su consecuencia es un comportamiento personal y social en sintonía con esas normas. Me agrada que se produzca un gran respeto a  la Palabra de Dios, contenida en los Evangelios, y no se la utilice de manera formal. Para los cristianos el Evangelio es Cristo mismo como Verdad formulada por el Padre en nuestra carne y en nuestra historia. En labios de los mismos el juramento sobre ellos es un acto muy significativo de culto. María es la humilde servidora que acata la voluntad de Dios con todo su ser.

 

2.- La fidelidad de María.  Nos da ejemplo de fidelidad sin límites. Su corazón habituado a la pobreza sabe obedecer al Padre sin interponer caprichos infantiles o condiciones mezquinamente elaboradas. María es absolutamente generosa con Dios y con los demás. Esa generosidad nace de su admirable humildad. El que se entiende como don para los demás no pretende ser el centro en el que todos deban depositar sus diezmos. La respuesta de María al Arcángel San Gabriel manifiesta la riqueza de su disposición al servicio y de su obediencia incondicional al Padre. Dios elige a los pequeños y humildes; cuando permite la tribulación, llámese humillación o postergación, es para predisponerlos a su elección. María fue preparada en el silencio de un hogar virtuoso; en el ocultamiento y desconocimiento – por parte de la sociedad - de sus admirables virtudes; en la espera silenciosa de la venida del Señor. Gabriel la encuentra rendida a la voluntad de Dios; no debe insistir demasiado, le bastará asegurarle que es del Espíritu Santo lo que se gestará en su seno virginal. María tiene claro que no puede negarse al designio amoroso y, no obstante, se siente profundamente libre para consentir con el responsable don de sí. Dice “sí” a Dios, firmemente apoyada en su pequeñez y santa servidumbre. Estas sencillas reflexiones suponen la lectura religiosa del relato evangélico de Lucas, que situamos en la liturgia de este domingo.

 

3.- Los asuntos temporales.  No estamos ante una piadosa parábola moralizadora. Es historia pura. María ha respirado nuestra atmósfera, ha sentido el calor del mismo sol que nos abraza, ha sufrido y ha gozado su condición de hija, niña y mujer. Es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y, por ello, queda emparentada con la Trinidad, sin ser excluida de su pura condición humana. Por ser Madre del Hijo de Dios encarnado su maternidad trasciende lo biológico y llega a Quien se ha hecho verdadero hombre en su seno humano. Es la Madre de Dios. Es la Obra más importante de Dios. Supera toda la Creación: visible e invisible, humana y angélica. Para ello Dios necesitó encontrar al ser más humilde y consciente de su pobreza. La virtud de María está en ser humilde y disponible por la obediencia a Quien la creó amorosamente. De vez en cuando es bueno decir estas cosas saliéndonos de la tarea de resolver cuestiones transitorias o de acusar a quienes toman senderos moralmente cuestionables. Éste es el origen de Cristo, Señor de la historia y Maestro de las gentes. Porque transitó ese camino de encarnación pudo hacerse encontradizo con los hombres, no obstante la condición deplorable en la que éstos se encontraban. Así se produce la salvación, que incluye la reconciliación y la paz. Desde esta dimensión espiritual se entenderá el interés que – naturalmente – manifiesta la Iglesia y su magisterio por los asuntos más temporales. Cuando perdemos esta perspectiva, la fuerza y eficacia de la palabra de la Iglesia se diluyen en la mediocridad que pretende acosarla y amordazarla.

 

4.-  El compromiso de los cristianos laicos. El compromiso de los cristianos laicos constituye – por causa de ellos – la acción de la misma Iglesia en la orientación evangélica de los asuntos temporales, incluida la política. No pueden eludir esa grave responsabilidad. Nadie tiene derecho a cerrar el paso a los laicos y a quitarles la libertad de escoger como inspiración la fe que profesan. Nos hallamos en una sociedad que observa rigurosamente sus propios dogmas ideológicos acusando a la Iglesia de ostracismo e intolerancia. Todo el mundo encuentra espacio para decir y mostrar lo suyo y, si se lo sanciona moralmente por salirse de la raya, produce una reacción espectacular posicionándose como víctima inocente. Es el momento de ponernos de acuerdo en las reglas que deben ordenar nuestras legítimas contiendas doctrinales o filosóficas. La Iglesia, desde el gran acontecimiento del Concilio Vaticano II, ha promovido un auto examen sincero estableciendo que la fidelidad al Evangelio sería, en lo sucesivo, la norma de su pensamiento y de su comportamiento en relación con el mundo.

 

5.- La fuente de la Verdad.  No ha menguado la firmeza de su tradicional enseñanza, al contrario, ha dejado más de manifiesto el poder de la fuente de donde procede: Cristo y su Espíritu que, como clara inspiración, alienta el enorme esfuerzo de los cristianos por formular la Verdad al mundo. En estos días hemos recordado la humildad del Bautista; virtud que sostiene y garantiza su fidelidad a Quien anuncia en su calidad de precursor. La Iglesia debe anunciarlo como ya presente, no como por venir. Sabe que para ser su legítimo intérprete debe ser humilde y valiente. La Iglesia – lo hemos repetido hasta el cansancio – se manifiesta en la totalidad de sus miembros: laicos, consagrados y pastores. El campo de la Iglesia, en sus laicos, es amplio y reclama una presencia activa en el mundo. Ya lo enseñaba, con admirable claridad, el Papa Pablo VI: “El campo propio (de los laicos) de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento etc.”.[1]


 

[1] Ev. Nun.  Nº 70

 

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