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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes
Mons. Domingo S. Castagna

6º domingo durante el año - 12 de febrero de 2006

 

1.- Fe de leprosoLa fe del leproso es modelo de la fe que se requiere para ser cristiano hoy. Aquel enfermo sabe que Dios puede curarlo y le suplica que incline su voluntad a su cruel dolencia. La prontitud por hacer lo suyo – la misericordia – da por descontado  que su voluntad favorecerá al leproso. “Lo quiero, queda purificado[1]; es la respuesta de Dios a la humanidad en los labios de Cristo y en la carne desgarrada del leproso. ¿Cuándo lograremos percibir su voz? Ahora me explico que Jesús se enterneciera ante la muchedumbre anhelante, a la deriva, “como ovejas sin pastor”. Este es un mundo más poblado que el de entonces pero con las mismas necesidades y profundas dolencias. Es el leproso, con la lepra de la ignorancia, de la injusticia, de la avaricia, de la lujuria, de la soledad, de la tristeza y del odio; es el hombre que se encuentra con el Señor y  quizás pueda identificarlo y suplicarle: “Si quieres, puedes purificarme”.[2]Quienes creen de verdad deben constituirse en testigos de ese maravilloso encuentro. Es el Señor quien nos purifica de la horrible lepra escondida hoy en la hipocresía y en el engaño. ¿Dónde está el gozo transparente de los niños en ciertas manifestaciones de los festejos carnavalescos? ¡Cuánto dolor y sinsabor se oculta en las muecas inexpresivas de una alegría sin alma que muestra el deterioro espiritual de innumerables hombres y mujeres!

 

2.- Que aparezca la verdad.  Lo que hace un poco más de una semana ha ocurrido a un dignísimo Obispo de nuestra Patria no tiene otra respuesta que la formulada por él mismo a través de la Oficina de Prensa del Episcopado. Se ha probado su absoluta inocencia y – espero – que se haya reparado su merecida fama de buen Pastor y hombre de Dios. Gracias a Dios la prensa escrita – no toda - ha guardado una inusitada discreción. Deseo que si algún periodista, de cualquier medio, haya desahogado su beligerancia contra los Pastores de la Iglesia Católica, excediéndose en expresiones apresuradas e irresponsables, tenga el honor de rectificarse. Es éste un deseo sincero: que la verdad sea devuelta a la gente, en beneficio de quién sea, y la paz se reinstale en esta sociedad tan lastimada por la maledicencia y el odio. No deben alarmarnos los resabios, últimamente incentivados, de un viejo anticlericalismo que hoy se disfraza de frívolas controversias mediáticas. La palabra de la Iglesia – actualización fiel del Evangelio de Cristo – causa una molestia indisimulada en quienes la consideran enemiga número uno de sus simpatías por las tendencias amorales de la actualidad. No obstante el Evangelio debe ser predicado, aún contra la corriente que lo arrastra todo hacia su propio abismo. 

 

3.- Las gracia del Evangelio.  Su presentación incluye la gracia que modifica las peores situaciones. San Pablo, en su carta a los romanos, aclara que el Evangelio salva a quien cree: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen”.[3] Es decir: para quienes se han adherido a la persona de Jesús y han adoptado su palabra como norma de vida. Las actitudes premeditadas, promovidas por los diversos sectarismos ideológicos, ahondan el abismo que separa a quienes creen de quienes no creen. ¿Será posible saltar ese “abismo” y cambiar el preconcepto adverso por la Verdad que la Iglesia les ofrece? Si, definitivamente. Dios ha emprendido - en Cristo - el camino de la salvación del mundo porque el hombre es redimible. Todo hombre lo es, cualquiera sea el estado en el que se encuentre. Tal es así que el Padre entrega la vida amadísima de su Hijo Jesucristo por la redención de los hombres, de cada hombre. Esa confianza en la posibilidad de cambio, o redención, alienta el esfuerzo misionero de Jesús, de los Apóstoles y de la Iglesia. Mis alocuciones, que pronto cumplirán diez años de emisión ininterrumpida, forman parte de la evangelización que la Iglesia desarrolla desde hace veinte siglos. Sus expresiones se complementan pero, sin duda, la más importante es la santidad de los testigos. El Evangelio entra en el mundo - en sus múltiples culturas - por la santidad de los cristianos.

 

4.- Aflojamiento de las virtudes.  Cristo – Evangelio y principal evangelizador – encuentra en los santos a sus más transparentes testigos, superiores a los simples voceros. Juan Pablo II, Siervo de Dios, sintetizó, en un título de su Encíclica sobre la Misión, esta personal convicción: “El verdadero misionero es el santo”. El ejercicio de esa universal misión interesa a todos los bautizados, porque tiene su origen en el Bautismo. Son signos negativos la indiferencia y la extrema ignorancia que envuelven a una mayoría de los bautizados. El aflojamiento de las virtudes cristianas, en sociedades calificadas “cristianas”, se debe a una ubicación desafortunada de la religión como simple y formal decorado social. Al comprobarlo se produce una exigencia de evangelización entre quienes teóricamente debieran estar evangelizados. Nos referimos a la vivencia ejemplar de los valores evangélicos y a su obvia inspiración del orden social. La exposición de esos valores, en una sociedad originariamente iluminada por la fe cristiana, no debería sorprender a nadie, ni ser acusada - por los mismos que se dicen cristianos - de enemiga del progreso. Los acontecimientos dolorosos e inexplicables que han pretendido azotar a la Iglesia nos permiten pensar que estamos transitando caminos escabrosos. La historia – “maestra de vida” – no ofrece más alternativas que las enfrentadas en los siglos pasados. Debemos abrigar la esperanza de que se producirá una saludable reacción: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos (o de nueva vida cristiana)”.[4]

 

5.-  ¿La fe se mata?  Quisiera recordarlo a los actuales promotores de inexplicables persecuciones. A quienes pretenden destruir lo indestructible, me refiero a la fe marcada a fuego por el Evangelio y el Bautismo. La historia remota y reciente deja clara la fortaleza de la fe humilde de nuestro pueblo. Quienes quisieron borrarla de su corazón  y de su cultura no han logrado más que disimularla en leyes adversas y en su ausencia de las aulas. La persecución sangrienta padecida por la católica México ha conseguido multiplicar a los santos mártires y testigos de la fe. ¡Qué ceguera y torpeza de entendimiento las de aquellos que persisten aún en torcer la fe del pueblo guadalupano! Pasa lo mismo en la Argentina.  Otro tipo de persecución, conformada por las intrigas palaciegas de los tradicionales enemigos de la fe católica. ¿Qué lograrán? ¿Acaso la fe, como las ideas, se mata?


[1] Marcos 1, 41.
[2] Marcos 1, 40.
[3] Romanos 1, 16.
[4] Tertuliano.

 

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