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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. Domingo S. C
astagna


7º domingo durante el año - 19 de febrero de 2006

  

1.- El mundo necesita ser perdonado.  Hacer conocer a Cristo, como lo conocen y testimonian los santos, despierta la admiración y la correspondiente exclamación: “Nunca hemos visto algo igual”.[1]Una sociedad tan ajetreada por las contradicciones necesita encontrarse con el Señor presente. No lo logrará sino a través de los testigos preferidos: aquellos que, por la pureza de sus vidas, saben transparentar a Cristo. Tuvimos y tenemos ejemplos preclaros. Como consecuencia de ese encuentro se produce el diálogo de la fe y Jesús, identificado gracias a ella, llega a ofrecer el perdón, más necesario que las curaciones prodigiosas. El mundo – del que somos parte – necesita ser perdonado por Dios. Cristo es el Dios que perdona y se revela como seguro reconciliador. Aquella generación, como también la nuestra, necesita “signos” que abran la mente a la comprensión del perdón: “Para que ustedes sepan que el Hijo  del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados – dijo al paralítico – yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. [2]Todo lo visible es manifestación de lo invisible. Es más real y permanente - lo que no se ve - que lo visible e inexorablemente desaparece.

 

2.- No hay sentido de pecado.  Por causa de la pérdida del sentido de pecado el hombre actual percibe la angustia de la misteriosa y original traición a Dios de la que no sabe cómo escapar. Por ello necesita, aunque sensiblemente no lo apetezca, que se le indique Quién es el verdadero Salvador. Jesucristo, “Evangelio del Padre”, se hace mensaje de Salvación y ofrece a todos los hombres – de parte de su Padre – el perdón de esa “misteriosa traición” llamada: pecado. Por ello resulta imprescindible un oportuno encuentro con Él. La presencia del Evangelio – Cristo – proclamado como Verdad y celebrado como Misterio, debe ser identificado en una sociedad donde todo parece perder su sentido esencial y trascendente. La urgencia de la evangelización del mundo parece cobrar especial actualidad. Lo que ocurre no tiene explicación: la indetenible invasión de la violencia, la negación de los valores fundamentales de la vida y de la familia, la proliferación de la pornografía en Internet, la sanción de leyes que contradicen la moral pública y privada, han llegado a desnaturalizar las culturas de los pueblos más religiosos. Uno de esos pueblos es el nuestro. Se produce una peligrosa desconexión entre los pasos dados por la justicia y el lenguaje condicional – pero irresponsable – de buena parte de los medios de comunicación social. Se acusa y condena con un: “sería” “habría intentado” etc., dejando la sensación de que “todo está podrido” en instituciones prestigiadas por innumerables próceres y santos. Cuando se disipan las tinieblas del momento, pocos vuelven atrás para devolver la verdad a un pueblo atónito y confundido.

 

3.- La verdadera justicia.  Todos los hombres somos moralmente frágiles, incluso disponiendo de los mejores medios para no serlo. Es preciso, y es misión de quienes administran la justicia, llevar los incidentes de público conocimiento a su total esclarecimiento. Todos tienen el derecho de denunciar públicamente, pero deben presentar pruebas de sus acusaciones. Algunos medios, que ejercen una misteriosa actividad detectivesca, no deben inclinar la balanza conforme a sus preferencias ideológicas o a sus prejuicios raciales y religiosos. De esa manera engañan a la gente y confunden a quienes están menos provistos de elementos de juicio. He escuchado y leído a innumerables periodistas radiales y gráficos. Algunas expresiones – rayanas en la beligerancia y en la torpeza – no transmiten toda la verdad; la conceptualizan en un lenguaje inapropiado o injusto que la traiciona.  La Iglesia, como ninguna institución, ha manifestado una ejemplar disposición a reconocer los errores y pecados de sus hijos, tanto del pasado como del presente. Recordemos las humildes expresiones públicas de Juan Pablo II; también, las de Monseñor Karlic, hace unos años presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en el encuentro eucarístico celebrado en la ciudad de Córdoba, con motivo del Jubileo de la Encarnación (año 2000). ¡Es grave la responsabilidad social que las Autoridades políticas deben asumir! Me refiero a que la justicia sea bien administrada, a favor de todos, y sean respetados todos los derechos de todas las personas.

 

4.- Gobernantes virtuosos.  Sin duda, los gobernantes del futuro – para que el mundo tenga “futuro” – deben saber comportarse virtuosamente. El mensaje evangélico está orientado a formar personas virtuosas. ¿Qué significa? Suscitar seres honestos, respetuosos de los derechos de todos y de las diversas convicciones, absolutamente fieles a los principios religiosos y morales que profesan. Incluyen las virtudes humanas y cristianas de la fortaleza, de la prudencia y del amor desinteresado a todos. Frente al recargado panorama social este ideal parece inalcanzable. No lo es. Hubo y hay personas con estas características virtuosas. Lamentablemente la prevalencia del egoísmo, tanto de carácter personal como grupal,  marca el intercambio social hasta desalentar la sana iniciativa de desactivarlo. La palabra de Dios es insistente. El aprendizaje de su contenido y exigencias requiere una repetición casi machacona: “proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar”.[3] El Evangelio interpela, amonesta y llama a la conversión. No es un clásico para estudiosos; es Palabra de Vida, que interesa a la existencia de cada hombre y reclama orientar el recto comportamiento de las personas.

 

5.- Primera Encíclica.  El Papa Benedicto XVI, como lo hiciera su venerado predecesor Juan Pablo II, desentraña el contenido del Evangelio iluminando los temas de mayor actualidad. Su primera Encíclica – “Deus Caritas est” – examina, con la clara densidad de su personal lenguaje, un tema de importancia capital: el amor. En la introducción hace una lectura, desde la ciencia procedente de la Revelación evangélica: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud”.[4] El Magisterio del nuevo Pontífice aborda los temas más controvertidos, necesitados de la luz de la fe. En las 77 páginas de su Encíclica no deja aspecto sin examinar ni concepto  confuso sin conducir a su total esclarecimiento.  Invito a conocerla y meditarla a la luz de su fuente original: la palabra de Jesús, pronunciada solícitamente – desde hace siglos - por la Iglesia.


[1] Marcos 2, 12.

[2] Marcos 2, 10-12.

[3] 2 Timoteo 4, 2.

[4] Benedicto XVI “Deus Caritas est”  nº 1
 

 

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