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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

8º DOMINGO durante el año

26 de febrero de 2006

 

 

1.- Esa traición llamada “pecado”.  La vida es novedad. Dios la causa: “hace siempre nuevas todas las cosas”. La Buena Nueva recrea el texto humano de la eterna Verdad y lo comunica a los pobres de corazón. La relación de Jesús con los humildes es asombrosa. Ellos aprenden de Él y, si se dejan seducir por el mundo, corren el peligro de asfixiarse en el vacío y en el subdesarrollo que el mundo provoca. Únicamente Dios devuelve la dignidad a cada persona, sin discriminar por causa del poder económico y político. Cuando Dios recupera la centralidad que le corresponde en la vida de los hombres, éstos inician el ascenso a su propia verdad, a sus derechos y responsabilidades. No existe uno o varios caminos alternativos. Esta afirmación no es producto de ningún fanatismo religioso. Llámenla como quieran: conclusión teológica o filosófica. El hombre es realización de un pensamiento creador. Transita etapas, marcadas por el tiempo llamado “humano”. Cuando ese desarrollo se traba gravemente, por cierta traición al proyecto inicial – el de Dios – todo se frustra e imposibilita. Desde la fe esa traba se denomina: “pecado”. Es inútil que la seudociencia quiera negarlo. Está allí, cubriendo la historia, como un espeso manto oscuro y asfixiante. La aparición, “en la plenitud de los tiempos”, de Jesucristo, resuelve la cuestión fundamental y disipa las tinieblas devolviendo al hombre su verdad.

 

2.- Condiciones para la novedad.  Lamentablemente el estado de pecado crea una propensión irrefrenable a todo tipo de desorden. El Evangelio, como novedad, necesita que esa “propensión” sea contrarestada y se constituya en nuevo hábitat para la vida nueva. Jesús ilustra su enseñanza con comparaciones muy sugerentes: “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!”.[1] Si no cambiamos de mentalidad, o de espíritu, la novedad del Evangelio romperá nuestros viejos esquemas y se perderá. El resultado será una sucesión de contradicciones e incoherencias. La conversión incluye “vestido u odre nuevo”. No hay cambio si su protagonista no es un ser interiormente “cambiado”. La historia nos ilustra trágicamente. Hemos visto sucederse sistemas aparentemente renovadores capitaneados por personas o grupos no renovados. Los errores cometidos por éstos han sido tan o más trágicos que los anteriores. Basta leer desapasionadamente la historia. Cuando el discurso presenta un panorama esperanzador, una verdadera alternativa de superación, es preciso examinar el perfil de sus responsables.

 

3.- Dirigentes virtuosos.  Desde estas reflexiones hemos solicitado al Señor políticos y profesionales coherentes y virtuosos. Es el perfil profundamente renovado que el discurso y las promesas de los mismos reclaman.  Incluyo a los pastores de la Iglesia, exigidos por el grave deber de predicar el Evangelio y de testimoniar su eficacia transformadora. Si condujéramos todos nuestros esfuerzos, más que a inútiles controversias, al ejercicio empeñoso de las principales virtudes, ¡qué otros serían sus resultados! Nos sorprenderíamos al constatar que la ansiada renovación no es un ideal lejanísimo, hasta inalcanzable. La historia, si la leemos inteligentemente, nos ofrece innumerables ejemplos de transformaciones increíbles. ¿Qué ha ocurrido en esos hombres y mujeres, de diversas edades y culturas, que han sabido dar un salto cualitativo tan espectacular? ¿Qué misterio se ha operado en sus mentes y corazones? La fe tiene una respuesta simple y única: es obra de la gracia de Dios. En Cristo, el Padre se ha empeñado por su Espíritu a ofrecer, al hombre destruido por el pecado, el misterio de su misericordia. Volvemos a poner nuestros desarreglos bajo la luz  de las imágenes evangélicas expuestas al principio. Hay que permitir que el Espíritu de Dios nos haga nuevos para soportar la novedad de la gracia que nos ofrece. Para ello se requiere el reconocimiento humilde de nuestras carencias y necesidades. El paso penitencial de Jesús por el lecho del Jordán ha señalado esa actitud como la requerida.

 

4.- “¡A  vino nuevo, odres nuevos!”.  El bautismo practicado por Juan y asumido por Jesús mantiene la fuerza de su original inspiración. Es preciso ser penitente, vale decir, humilde reconocedor de los límites y del pecado, como herida originante de todas las heridas. A partir de ese costoso reconocimiento se produce el paso a la auténtica renovación del corazón. En ese “odre nuevo” se puede introducir el “vino nuevo” de la gracia redentora. En esa mente, despojada del lacre del error, tendrá lugar un nuevo proyecto histórico. En ese corazón, limpio de todo egoísmo, es posible la fraternidad con todos y el amor auténtico. Esa obra magnífica, e inalcanzable en los esquemas que regulan hoy las relaciones interpersonales y sociales, es fruto del Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Su enseñanza eterna y nueva no se contenta con hallar espacio en la superficie de la memoria. Como gracia remodela el interior de quienes consienten en su acción. No es fácil aceptar que el hombre es limitado y necesita el auxilio permanente  de Dios “Padre de su vida”. La soberbia, que alcanza límites insospechados en el mundo moderno y posmoderno, es la causa de las principales desilusiones del hombre frustrado y agotado. Confiado en la gracia de Cristo – no obstante - advierte que es posible la realización de lo humanamente inalcanzable o imposible. El anhelo de paz duradera – hasta definitiva – no es un sueño irrealizable. Del mismo modo podemos referirnos a otras virtudes, tan necesarias para que una sociedad se ordene y regule en la verdad y la justicia.

 

5.- “Aggiornamento”. El descontrol - en la búsqueda angustiosa de novedades - es resultado de una visión superficial de la vida. Lo nuevo no coincide siempre con lo puramente “novedoso”. De la misma manera que la “renovación” no puede ser confundida con cualquier tipo de “innovación”. El delicado intento de “poner al día” – o en italiano: “aggiornamento” – incluye la observancia de los valores permanentes transmitidos – desde siempre - para ser encarnados en la actualidad. Es más fácil - para los transgresores de moda - intentar borrar principios morales recibidos de los antepasados, que ofrecer  una versión actualizada e igualmente exigente de los mismos.  La Iglesia, que confía en la gracia del Espíritu para mantenerse fiel al Evangelio de Cristo, no fue, no es y no será defraudada.


 

[1] Marcos 2,  21-22.

 

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