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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

2º DOMINGO DE CUARESMA - 12 de marzo de 2006

  

1.- La exhibición repudiable.  Jesucristo no se exhibe, se manifiesta a quienes están dispuestos a recibirlo. Lo hace en la intimidad, entre los amigos que gozan de su encuentro y diálogo. Su comportamiento recorre una verdadera trayectoria humana. La exhibición tiende a teatralizar la vida, a presentarla manipulada por la ficción y la mentira. Es proverbial la transparencia de Jesús. Se opone a la falsedad y castiga con severidad todo intento de engaño y fraude. Por ello su Evangelio es observado con desconfianza y su influjo social arteramente neutralizado. Es una constante histórica. La contradicción sistemática no debe sorprendernos, ha sido pronosticada sin matices por el mismo Jesús. ¿Cuál debe ser la actitud adecuada, de parte de los evangelizadores, que corresponda al comportamiento y consejos del Maestro? Es muy difícil precisarlas. Incluirá aprender de Él, sobre todo de su comportamiento habitual. Zanja todas las cuestiones, sin escapar a ninguna, y sabe tratar con paciencia a quienes no saben “porque no saben” y, con mucha severidad, al fariseísmo hipócrita que se enquista, a menudo, en estructuras religiosas. Seguir sus pasos, marcados cuidadosamente por los Evangelios, proyecta una luz viva y reveladora. 

2.- No se cree en las promesas.  Necesitamos transparencia en los gestos, en las palabras y en las decisiones. La desconfianza suscitada por causa de reiterados engaños crea un clima moralmente irrespirable. Se cree poco o nada en las promesas de los responsables de la cosa pública. No es bueno que así sea; pero es la dolorosa realidad. ¿Cómo revertir tal estado de cosas? ¿Cómo iniciar un nuevo trayecto social y político? Lo decíamos hace pocos días: con una renovación capaz de contener la novedad inalterable de la Verdad que Dios nos revela en Cristo. La sociedad que componemos, y de cuya construcción somos responsables, necesita abandonar su estado deplorable de postración moral. Los graves problemas que padece están fuera del alcance de los “genios” y reclama el esfuerzo de los humildes artesanos. ¿Quiénes son estos últimos? Los que trabajan de verdad. Me refiero al amplio espectro del trabajo descrito por el Siervo de Dios Juan Pablo II en su recordada Encíclica: “Laborem exercens”. Están los artesanos de la tierra, de la filosofía, del arte, de la función pública, del ministerio pastoral y de las ciencias. Todos ellos se constituyen en constructores de la sociedad haciéndose cargo de la misión que el Creador les ha otorgado. Es el máximo deber que cada uno se dedique a su trabajo, sea cuál fuere, constituyéndolo en respuesta existencial al don de la vida. La palabra “irresponsabilidad” indica la “no respuesta” al don supremo de la existencia. Una simple mirada a la realidad social permite comprobar la divulgación monstruosa de actos y situaciones irresponsables.  

3.- Mejorar el clima espiritual.  El esfuerzo generoso - de quienes comprendan el problema - debe dar como resultado un mejoramiento del clima espiritual de la propia sociedad.   ¿Cuántos son? ¿Se hacen notar? Se deberá enfrentar la presión ambiental que parece negativamente superior y en lucha desigual. Quienes hemos vivido muchos años, y tuvimos la ocasión de observar otros momentos culturales, podremos ofrecer imágenes del pasado hoy en franco deterioro. Al referirnos a las relaciones entre las personas advertimos su desgaste y menoscabo. Los códigos de comportamiento han producido un viraje de vértigo. El tratamiento a los ancianos, a las autoridades, a los maestros, a los mismos pastores de la Iglesia, se ha llevado por delante las normales vallas de contención que resguardaban el respeto y la armónica convivencia. No quiero hacerme eco de las consabidas manifestaciones nostálgicas, que, sin duda, expresan tiempos idos y en buena parte superados. El desplazamiento de hábitos en el hablar y el vestir conlleva la desaparición de los valores que encarnaban. La novedad, a la que me he referido en recientes alocuciones, constituye – por lo general - un rechazo indiscriminado de las tradiciones más respetables. Es un verdadero esfuerzo creativo expresar hoy, a la manera de hoy, la esencia misma de los valores perennes. Echarlos por la borda es un suicidio colectivo que la gente bien nacida no debe tolerar. ¡Qué responsabilidad tienen los padres y educadores! ¡Qué grave misión la de quienes, por el manejo de los medios de comunicación, influyen en la formación – o deformación - de la conciencia popular! 

4.-  Aprovechar el espacio cuaresmal.  El tiempo de Cuaresma favorece el saludable regreso a los valores irresponsablemente olvidados. El Evangelio garantiza la perennidad de esos valores vividos durante siglos – hasta nuestros días - por los auténticos cristianos y las personas honestas. La Cuaresma es un llamado a la santidad. En ella se concretan aquellos valores desplazados sistemáticamente por el mundo. Me refiero al “mundo” de todos los tiempos que ya Jesús describe opuesto al Reino. Se nos infiltra como el humo, como un sentido de la vida que se opone al que Cristo imprime en la de sus seguidores. Por ello, este tiempo fuerte causa un espacio de gracia para quienes deciden volver a Cristo. Es preciso aprovecharlo. Las ocasiones se suceden en el transcurso de la vida. Lamentablemente un número alarmante de hombres y mujeres se adormecen antes esas oportunidades, siempre únicas, y pasan indiferentes como sombras. No corresponde al estilo misionero de Jesús tocar registros sentimentales para atraer la atención. Leyendo el Evangelio comprobamos que Jesús no se exhibe como taumaturgo, prohíbe que se lo confunda, y - siempre - reclama una respuesta de fe personal. Nos llena de admiración sus honestas afirmaciones ante la operación de un hecho milagroso: “Tu fe te ha curado”. Él viene a recuperar la oveja perdida, a perdonar los pecados de la Magdalena y del paralítico, a anunciar la inmediata llegada del Reino urgiendo a la conversión.  

5.- Orar por el mundo.  El tiempo de Cuaresma es un encuentro con Quien nos ofrece la Verdad y se constituye en Camino para llegar a ella. Algunos se extrañarán que mis alocuciones no ofrezcan frases fuertes, de hondo contenido crítico, que puedan dar lugar a títulos de catástrofe en los encabezados de nuestros frescos periódicos mañaneros. Personalmente reclamaría una lectura más inteligente de las enseñanzas de la Iglesia. No advierto el eco adecuado cuando se trata de comentarlas o, en la mayoría de los casos, verifico un silencio intencionalmente sepulcral. Sin duda corre la suerte contemporánea del Evangelio, desde el cual se intenta iluminar esta palpitante realidad. Ciertamente, la callosidad espiritual y mental imperante necesita la remoción silenciosa y efectiva de la oración. Hay que orar por el mundo. Anticipando a toda otra acción,  por más eficaz que sea, tendrá que intensificarse la oración por el mundo del pueblo de Dios: de sus pobres, de sus enfermos y ancianos, de sus niños y contemplativos.  Cuaresma es tiempo propicio para reacomodar estos valores.

 

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