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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

3er domingo de Cuaresma - 19 de marzo de 2006

 

 

1.- Humildes para entender.  Jesús hace uso de un lenguaje que los hombres no saben interpretar. Habla del templo de su cuerpo y ellos entienden que habla del magnífico templo pétreo de Jerusalén. Así ocurrirá siempre, también en nuestros días. No es porque utilice un lenguaje misterioso, para superdotados. Ya lo hemos dicho en otras oportunidades: Jesús habla con una llaneza que lo enfrenta con el método catedrático de los escribas y fariseos. Más aún, busca las simples comparaciones, habitualmente desechadas por los entendidos de su tiempo.  Los pobres captan su mensaje, no por disponer de un bagaje cultural apropiado,  sino por haber mantenido transparente y humilde la mirada de la inteligencia. En una ocasión agradece a su Padre ser entendido por los pobres: “Te agradezco, Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños y las has ocultado a los grandes de este mundo”. La soberbia del mundo entorpece la inteligencia de las cosas esenciales. No nos entendemos cuando oponemos el lenguaje del mundo al lenguaje evangélico. Observo algunos debates, en paneles compuestos por elementos diversos; constituyen lo más cercano a la Torre de Babel. Hablan todos al mismo tiempo, no atienden a lo que otros dicen, y, por ello, no se esfuerzan por entenderlos. Los enfoques del tema propuesto se diversifican hasta perderse en el tembladeral de múltiples prejuicios y cataratas de palabras.

 

2.- Apunten a los evangelizadores.  El Evangelio es socarronamente desplazado como inasible y, por lo mismo, arrojado al cesto de los desperdicios culturales. El trato inclemente que recibe, desconociendo su verdadero contenido, se vale de intrigas y sofismas. Mantener su proclamación – como lo hace la Iglesia – atrae todo tipo de agresiones, hasta sangrientas. Sería larga la lista de sus pruebas contemporáneas; no digamos de las acontecidas en el pasado, próximo y remoto. Cuando se ordene seriamente la cronología de los hechos los solícitos investigadores de la verdad histórica se toparán con sorpresas inocultables. El Evangelio es educador de héroes. Desde el Maestro y modelo – Jesucristo – inspira la heroicidad de los grandes de la historia, particularmente en sus diversas manifestaciones sociales. Cada época, configuradora de sus variados tipos de sociedad, aportan seres sanos y enfermos, responsables e irresponsables, generosos y egoístas, santos y miserables. Cuando advertimos algunos graves desequilibrios, productores de la violencia, concluimos que quienes los generan son “hijos de su época”. Está de más constituirse en tribunal inapelable, que juzgue toda forma de delincuencia, sin referirse a su origen trágico. El sendero que conduce esa investigación concluye en responsabilidades compartidas y en culpas originales pocas veces reconocidas. Es más fácil constituir a alguien en chivo expiatorio que cargue la hediondez de la miseria y se la lleve al desierto imaginario de una aparente purificación.

 

3.- La torpeza de quienes juzgan.  La Cuaresma señala y define la responsabilidad personal. La fe que la Iglesia predica es una gracia que personaliza. Cada uno se hace cargo de su propia respuesta, de su propio reconocimiento de culpas, de su arrepentimiento y de su conversión. Quienes se ponen en la vereda de enfrente para juzgar los crímenes – reales o inflados – de los otros pierden la capacidad de iniciar un proceso de recuperación de la salud personal y pública. Mientras sigan apareciendo los ilegítimos jueces “populares”, continuarán el odio, la venganza, la descalificación indiscriminada y la incredulidad ante cualquier gesto de buena voluntad. No habrá paz mientras no se pacifiquen los corazones mediante el dolor purificador del reconocimiento de los propios pecados y la serena aplicación de la misericordia en los arrepentidos. Estamos lejos pero no incapacitados para lograr el objetivo final. La Cuaresma es espacio para que la gracia de Dios haga su obra en los corazones. Durante este tiempo es preciso escuchar y dejarse impregnar espiritualmente por lo escuchado. La Palabra de Dios pide ser acogida con corazón honesto y pobre, como el de la Virgen. Basta una simple disposición interior, un ejercicio de la humildad alentado por la confianza en la misericordia de Dios. Jesús se ha ocupado de conducir a su comunidad apostólica hacia ese destino final.

 

4.- No un simple homenaje.  Hoy, el mismo Señor Resucitado, conduce a sus creyentes y los anima con la gracia de su Espíritu. La Iglesia no es amiga de homenajes pétreos; predica y celebra el acontecimiento más vivo y permanente de la historia. Lo hará dentro de pocas semanas cuando su Liturgia celebre – no homenajee – el acontecimiento de la Muerte y Resurrección de Cristo. En el término “celebración” entiende una actualización viva del Hecho pascual. No se reconoce, en una sociedad inmediatista y pragmática, que lo acontecido hace dos mil años mantenga su frescura histórica y que su principal protagonista se mueva entre nuestros contemporáneos como lo hizo entonces. Pero es así. Lo confiesa la fe de la Iglesia. Su estructura sacramental asegura que, mientras se la respete, no se debilita su vigencia. Durante la Semana Santa una multitud de bautizados se unirá, mediante la celebración de la Eucaristía, al acontecimiento de la Pascua. No será un formal contacto para recordar y homenajear. Será un efectivo contacto con el Misterio que produce – ahora y siempre – el perdón y la santidad. Una siempre renovada multitud de cristianos, de todos los tiempos y edades, se constituye en la prueba irrefutable de esa extraordinaria actualidad. ¿Quién negará su eficacia al comprobar las transformaciones operadas por la gracia redentora? Desafortunadamente la transmisión de esa “Nueva Noticia” se debilita – por momentos - en la actividad pastoral que debe ofrecerla a este vertiginoso mundo.

 

5.- Lectura correcta de la Palabra.  La palabra del Sumo Pontífice, y del magisterio en general, cumple la misión de hacer la lectura correcta y actualizada de la palabra de Jesús. La asistencia del Espíritu Santo garantiza ese riesgoso y normal desempeño magisterial. El auténtico creyente escucha respetuosamente esa palabra, porque la sabe formulada por Dios, y no duda de su eficacia. A quienes no los capacita la fe sobrenatural, aunque estén bautizados, se les pide – al menos – una lectura honesta y correcta, no ideologizada,  que les permita abordar su sentido auténtico. Es doloroso advertir el manejo deshonesto y malintencionado que algunos personajes emplean en la lectura mediática de los textos más simples y claros de las enseñanzas de la Iglesia. Intentan hacerles decir lo que no dicen y, de esa manera, desacreditar a quienes responsablemente las imparten. Parece que, mientras el pecado no sea definitivamente vencido, se producirán esos efectos, ciertamente perversos. Jesús, en algunos momentos de su  ministerio público, manifestó cierto cansancio e indignación ante sus tradicionales enemigos. Los únicos capaces de entenderlo resultaron ser los pobres y humildes.

 

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