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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

4º domingo de Cuaresma - 26 de marzo de 2006
 

  

1.- Dios es amor.  Nos hemos acostumbrado a que el éxito de unos signifique la derrota de otros. En el propósito batallador más encomiable se oculta la tentación de vencer humillando al derrotado. ¿Tendremos que aceptarlo como precepto normal en el comportamiento humano? ¿No es más cristiano que ningún espíritu sufra el éxito de otros, más aún, que –como afirma San Pablo – sea más fraterno llorar con los que lloran y alegrarse con quienes están alegres? Para ello habrá que introducirse en el secreto mensaje de Juan y contemplar al Padre que: “… amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”.[1] ¡Qué abismalmente lejos estamos del modelo del amor! Se han producido ejemplos conmovedores de seres capaces de sacrificar sus vidas al servicio de los otros. Dios suscita reflejos muy luminosos de su propio comportamiento paterno. El primero ciertamente es Jesucristo. En Él se manifiesta el amor incondicional, expresado en el inexplicable drama de la Cruz.  Constituirá el empeño mayor de los auténticos cristianos de todos los tiempos. En los santos se refleja el amor de Cristo, revelación del amor impresionante de Dios.

 

2.- Obras son amores. No es suficiente pensarlo. Tampoco verbalizarlo bellamente. El amor es dádiva de sí, es olvido de intereses egoístas, es construcción de un mundo humanamente habitable. “Obras son amores y no buenas razones”, dice un viejo y sabio adagio español. Dios piensa y hace, hace de su divino proyecto una inmediata realización. Respeta el ritmo lento de los hombres, en su actual estado de necesidad, y los compromete en su propia recuperación. De allí su paciencia manifestada en años de misteriosa espera. Cada hombre necesita aceptar libremente la propuesta de su Creador. Una extraña y maligna inspiración tuerce el destino y desorienta la marcha. El hombre no es el inconsciente ejecutor de una orden cibernética. Llamado a la comunión con su Dios y Padre, debe querer lo que hace, obedeciendo un plan no de su invención. Su dignidad está en la libertad que - únicamente - se sostiene en la obediencia a Dios. ¿Así lo entiende el mundo actual? No parece. El libertinaje, generalizado en el desorden moral, ocupa el lugar de la libertad. El hombre que hace lo que quiere – lo que se le antoja – no es un ser libre; es una imagen caricaturesca de la libertad que pretende exhibir solitaria e impúdicamente. Jesús es el verdadero prototipo de la libertad porque hace la voluntad del Padre, hasta el extremo de la Cruz. Es decir, que ama a los hombres, incluso a los más crueles enemigos, revelándoles el amor que Dios les profesa. Su misión es esa. La transmite a sus discípulos para que la mantengan activa hasta el fin de los tiempos.

 

3.- Propósito de la misión. A veces olvidamos esa inocultable misión. Fácilmente cedemos al pensamiento mundano endureciendo nuestras actitudes ante quienes desatan una guerra inclemente contra la fe y los creyentes. La exhortación de Jesús a amar a los enemigos, y a bendecir a quienes los persiguen y calumnian, conforma el revolucionario mandamiento de la caridad. El viejo espíritu del pecado mantiene su nefasta vigencia e intenta prevalecer sobre los gestos de auténtica solidaridad. El odio, ilegítimamente promovido por el doloroso recuerdo de los crímenes del pasado, se opone al Evangelio. Antes de ayer recordábamos el doloroso periplo de treinta años de violencia incalificable, con sus antecedentes de debilidad institucional extrema, y el desorden que ha dado espacio a una trágica historia de crímenes e injusticias. Nos corresponde, si queremos superar aquella dolorosa historia, buscar la justicia sin venganza, el reencuentro sin resentimientos y odios, la paz social sin exclusiones, el perdón sin soberbia y la solidaridad hacia los más pobres y dolientes de la comunidad. Todos tienen que poner lo suyo para lograr este necesario objetivo. Para ello será preciso evitar los mínimos gestos de violencia. Dios ofrece el perdón - aunque sea irresponsablemente rechazado – y debemos imitarlo. No existe otro camino que dejarse curar por la gracia de la fe. Sentimos en nuestro interior la virulencia de una enfermedad espiritual que nos contagia por igual. Supliquemos que el Señor nos libre de ella.

 

4.- El odio no hace a la paz.  Depende de la recuperación de esa salud espiritual el futuro mejor que deseamos. De otra manera no se  producirá la verdadera paz. Quienes tienen hambre y sed de auténtica justicia no toleran ningún tipo de narcótico ideológico; no admiten la mentira proveniente de cualquiera de las vertientes extremas. La inspiración evangélica produce una conformación para la paz que se distancia mucho del estado de tirantez promovido por el odio y su consecuente discriminación. Obviamente será inevitable la persecución desde cualquiera de los extremos mencionados. La historia es realidad objetiva, grabada en la conciencia colectiva. Debe ser leída correctamente. El lector de la misma puede sufrir miopía o visión desfigurada de la realidad. Esta especie de enfermedad espiritual puede coexistir con grandes inteligencias y habilidades periodísticas. Su peligro es más grave por causa de su gravitación en la sociedad. Se deduce que las responsabilidades exhiben una gradación ascendente que afecta a los diversos protagonistas del quehacer científico, profesional, político y religioso. ¿Qué recordamos el 24 de marzo? Un acontecimiento desafortunado, con su prolegómeno de resquebrajamiento político y social, que no debe repetirse jamás. Se ha hablado mucho, bien y mal; los discursos altisonantes y las placas conmemorativas no aportan lo suficiente a la superación de sus horribles consecuencias.

 

5.- ¿La única ocasión? El mensaje evangélico abre el panorama desafiante del amor, como base de toda reconstrucción, y de la rehabilitación de la concordia nacional. Aparece como gracia que capacita, no tanto como doctrina que satisface a la razón. Sin el auxilio de la gracia es imposible superar el desorden causado por el odio y la violencia fratricida. El empecinamiento en no detener el espiral de la violencia, de uno u otro lado, es la prueba irrefutable de la necesidad de Dios. Los gestos simples, humildes y generosos constituyen la virtud principal para la reconstrucción de una sociedad demasiado lastimada. ¿No es la única ocasión que se nos ofrece para salvar a nuestra posteridad de la tan temida disolución? Busquemos en la mirada invisible y tierna de Dios la dosis de misericordia que necesitamos para mirarnos a los ojos, como hermanos reencontrados.


 

[1] Juan 3, 16.

 

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