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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

5º domingo de Cuaresma - 2 de abril de 2006

  

1.- No a la muerte del pecador.  Se avecina el dolor y la noche oscura del martirio y de la muerte. Durante la Semana Santa haremos memoria y celebraremos la totalidad del Misterio de dolor que culmina en la Resurrección. Está la pena y la esperanza, el aparente fracaso y la seguridad de la victoria sobre el mal, el sentimiento de desaparecer en el silencio y la certeza de estar para siempre. Jesús no cesa de advertirlo a sus ilusionados seguidores: “dentro de poco no me verán y poco después me volverán a ver”. El triunfo de la misión de Cristo no se cumple en la derrota de sus eventuales enemigos sino en su recuperación para la Verdad que encarna. No quiere la muerte del pecador sino que vuelva a la Verdad y viva. Es ésta una lectura accesible a quienes aún no disponen de un lenguaje estrictamente evangélico. Este comportamiento de Dios aparece incomprensible para “esta generación”; la gracia de Jesucristo transforma interiormente a quienes creen y los capacita para neutralizar el maniqueísmo imperante en las manifestaciones contradictorias que ensucian la actual convivencia. Todo el Evangelio presenta, en las palabras y en las obras, el admirable comportamiento divino. Es preciso releerlo desde el principio, con nueva predisposición, alentados por su auténtico e inconfundible espíritu.

 

2.- Cristo es el gran recuperador.  La Iglesia debe actualizar el ánimo recuperador de Cristo en su relación con el mundo. Para ello es necesario que lo presente en la existencia de los cristianos santos, sin importar el lugar que ocupen y la función que desempeñen. No existe otro sendero de acceso. La singularidad del comportamiento cristiano – que es el de Dios en relación con los hombres – causará asombro, estupor, hasta escándalo entre los estereotipos producidos por nuestra contradictoria modernidad. Se exige un coraje interno, desapercibido para la publicidad o mal entendido desde los códigos de “importancia” que rigen a nuestra sociedad. La vida evangélica se desarrolla en lo secreto, sólo vista por Dios. Quienes quieren ser cristianos de verdad deben abrazar el desierto  y la soledad. Se requiere abandonar la pretensión común de ser tenido en cuenta y de enfocar la vida como si fuera una exhibición. La humildad del Maestro - su pobreza estremecedora - constituye el secreto humano de su grandeza e importancia. Quienes se atrevan a seguirlo, lo identificarán sin respeto humano, sabiendo que están tan jugados por Él que nada perderán perdiéndolo todo.   El mundo actual, aparentemente enceguecido por su propia egolatría, necesita ver a Cristo – en los cristianos – y emprender una transformadora relación con Él. Los más distantes, los absolutamente extraños a su espíritu, constituyen el objetivo principal de la misión de Cristo y de su Iglesia. Los más endurecidos por la incredulidad y el odio antirreligioso son los preferidos de Jesús: “No he venido para los justos sino para los pecadores”.

 

3.- Los preferidos del Corazón de Dios.  La lectura de algunas columnas de opinión, la información recibida acerca de cierta obra teatral, recientemente promocionada, que manifiesta un abierto anticatolicismo, produce sentimientos de profunda indignación. Es injusto y discriminatorio ofender gratuitamente a la fe del pueblo argentino con un engendro “cultural” plagado de blasfemias contra los signos más sagrados de sus cristianas creencias. Debemos afirmar que sus gestores son – nos cuesta comprender por qué - los “preferidos” del Corazón misericordioso de Cristo. Si pudieran escucharme, los invitaría a abrir el corazón al llamado a la conversión y a no desatender el ofrecimiento del Dios que los ama y que, irresponsablemente, ellos no cesan de rechazar. Aquí ocupan un lugar de especial importancia los testigos de la fe. Me refiero a los cristianos, diversificados legítimamente de acuerdo a sus personales responsabilidades. Son ciertamente “todos los cristianos”. Es lamentable que cuando se habla de “Iglesia” se produzca una ilegítima clericalización de la misma. Se da en la distorsionada concepción de los diversos ambientes protagónicos de la plural sociedad y, lo que es gravísimo, en la mente de los más cercanos y fervientes creyentes. De allí que cuando se produce un agravio tan incalificable, como el mencionado más arriba, todos esperan que el Pastor ponga la cara y se haga responsable – solitariamente - de la misión que incluye a todos los bautizados.

 

4.- Toda la Iglesia.  Da la impresión que las heridas infligidas a la Iglesia son padecidas únicamente por su cabeza – mal llamada “cúpula” - y que los restantes miembros sufren una apoplejía general o, al menos, un inexplicable estado anestésico. Toda la Iglesia, desde todos sus bautizados, debe reaccionar para defender la integridad del contenido de su fe y la sacralidad de sus signos. ¡Qué gozo experimentaría, como Pastor, si nuestros buenos laicos manifestaran el dolor ocasionado por una obra teatral, como la mencionada y exhibida el 24 de marzo!   Es preciso despertar y dejar que la savia de la Palabra y de la gracia recupere la vitalidad de los miembros hasta ahora paralizados. Es la Iglesia, pensada por el santo Pontífice Juan Pablo II  cuando encaraba el desafío del comienzo del tercer milenio: toda ella evangelizadora, en base al testimonio irremplazable de santidad de todos sus miembros: laicos, ministros sagrados y consagrados. La enorme riqueza de sabiduría y de santidad que la Iglesia posee se mantiene, con frecuencia, almacenada en corazones tímidos y, en el fondo, descreídos de la posibilidad de fermentar evangélicamente este mundo, disperso y desorientado de Dios.  La Cuaresma mantiene abierto el espacio para una renovación de la vida cristiana. Toda la Iglesia debe celebrar la Pascua, rejuvenecida y dispuesta a asumir la grave misión de ser testigo de Cristo, para los ciudadanos de su pueblo.

 

5.- Que Jesús se haga conocer.  De alguna manera, nuestros conciudadanos, aún los más alejados de la práctica de la fe, se parecen a los griegos que dijeron a Felipe: “Señor, queremos ver a Jesús”.[1] ¿Qué hacemos ante el mismo pedido, casi siempre informulado, de quienes se manifiestan indiferentes o belicosos con la fe que profesamos? Lo que hizo Felipe: interesar a nuestra comunidad eclesial y hablar a Jesús para que se haga conocer por ellos. La oración, aunque no revele de inmediato su eficacia, va penetrando los corazones de quienes encomendamos al Señor. He adquirido la práctica, cuando estoy muy ofendido por los ataques a la fe, provenientes de ocasionales enemigos, de orar por ellos con todo el fervor de que soy capaz. Sé que la gracia de esa oración hará su obra de cambio interior, aunque yo no reciba el consuelo humano de verificarlo. Es importante que siempre obremos así, es la manera evangélica de reaccionar.


 

[1] Juan 12, 21.

 

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