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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

DOMINGO DE RAMOS

9 de abril de 2006

 

1.- Se aproxima del drama de la Cruz.  La Pasión de Cristo será el centro de las celebraciones de la Semana Santa. En torno a ella los creyentes revisarán sus vida – tanto sus pensamientos como el orden de sus compromisos en la sociedad – y decidirán generosos cambios, más acordes con la fe que profesan. Naturalmente se crea un clima de recogimiento, de austeros movimientos encaminados a los templos de su confesión cristiana. Hoy recordamos el ingreso de Jesús a la ciudad de Jerusalén. Los Evangelios relatan el gozo sencillo del pueblo que lo reconoce y celebra. La fiesta mantiene un ritmo casi lento, presagio del inmediato drama de la Cruz. Jesús sabe lo que ocurrirá, lo ha anticipado muchas veces durante sus incansables caminatas evangelizadoras: “Es necesario que el Hijo del hombre padezca y muera”.  Actualizamos su muerte y Resurrección; nos sumergimos en la humana tragedia con todo nuestro ser. Es incomprensible aprovechar esta Semana para un turismo contrario a su verdadero contenido religioso. Es tiempo fuerte para ajustar los valores que deben sostener nuestra vida cristiana. Nos invita a ir más allá de los solemnes actos de culto; configura nuestro comportamiento habitual de acuerdo con la fe, cuya confesión podemos y debemos reiterar y profundizar. Cristo, muerto y resucitado, espera que nos detengamos para contemplar su entrañable ofrecimiento de amistad.

 

2.- Secularismo vs. fe.  Lo hacemos guiados por la conmovedora liturgia de la Iglesia. El anuncio profético de la Palabra y la celebración de los sacramentos constituyen el acontecimiento que debe afectar la vida de los creyentes. Dependerá de cómo lo encara cada hombre y mujer, en sus diversas y ascendentes edades. El secularismo, que se está apoderando de nuestros hábitos y expresiones culturales, está profundamente enemistado con la fe que celebramos durante la Semana que se inicia. Se ha instalado alegremente en una sociedad adormecida que - en la mayoría de sus integrantes - conserva títulos de pertenencia formal a la Iglesia Católica. El estilo formal de esa pertenencia da lugar a un cristianismo débil, evadido del compromiso que exige la fe, tanto en la intimidad como en la vida pública. Lo podemos comprobar observando la vida de quienes se dicen “cristianos”. Si todos fuéramos cristianos fervorosos y convencidos no se producirían contradicciones morales tan profundas. ¡Cuántas veces he formulado el mismo lamento! La Semana Santa ofrece la oportunidad de renovar el fervor de la conversión. Está en nuestro poder celebrarla y así comprometer nuestra vida. La gracia que fluye del Misterio de la Pascua hará lo principal de la obra. Los buenos cristianos experimentan, como devolución a su libre y generosa respuesta, la acción modeladora del Espíritu que Jesús insufla sobre los discípulos y envía el día de Pentecostés.

 

3.- Factores negativos.  ¿A qué se debe que tanta piedad, manifestada en los templos abarrotados, se agote al acabar la Semana? ¿Por qué, al concluir un tiempo tan privilegiado, los cristianos no corrigen sus proyectos de vida conforme a lo que celebraron? Diversos factores se confabulan  para anular lo que parecía existencialmente obvio. Ante todo la endémica debilidad, que vuelve incapaces a quienes, movidos por los momentos más dramáticos de la celebración de la Pasión y Muerte, habían decidido sostener para siempre su fidelidad.  No digamos nada de quienes, manifestados “católicos” se escudan en la “no práctica” para contradecir los elementales preceptos de su proclamado catolicismo. Otro factor negativo es la ambientación secularista causada por activos personeros del anticatolicismo o de la indiferencia religiosa. Otro, el materialismo consumista, aletargante de los valores espirituales y constructor de una visión mezquina y sin perspectiva de trascendencia. Estos factores producen una presión de muchas toneladas sobre la vida de nuestra ciudadanía. Recuerdo la parábola del “sembrador”. La Semana Santa, afortunadamente no en todos, es ahogada – como semilla de vida – por un bosque de espinas y malezas; o cae sobre terreno pedregoso y se quema por falta de tierra y humedad. Creo haberme referido a la necesidad de hacer fértil la tierra, excluyendo de ella todo aquello que la esteriliza. Lamentablemente gran parte de nuestra sociedad, en su actual estado de deterioro, es una tierra espiritualmente incapaz de fecundidad.

 

4.- Hay que sanear la libertad.  Para que se produzca esa necesaria purificación deben unirse las voluntades en gestos que provengan de una libertad saneada. Comprobamos, con desilusión, que – en nuestra sociedad - la libertad está enferma e inspira morbosos comportamientos. Cristo sufre y muere para que los hombres vivan y sean sanados del origen de sus males y enfermedades: el pecado. No lo entienden así quienes lo padecen. El enfermo - no consciente de su enfermedad - está muy lejos de recuperar la salud. El llamado a la conversión se basa en la existencia de un doloroso término “a quo” (desde el cual), del que el hombre debe salir para arribar a la bondad original, a la santidad o término “ad quem”(al cual). La Cruz de Cristo ha sido el precio de nuestra salud. Su ofrecimiento conmovedor restablece la salud de la libertad para que, por la conversión, los hombres recuperen su dignidad primera. Consiste ella en reaccionar positivamente al mencionado llamado a la conversión. Es lamentable no advertir que la fe en Cristo no es un elenco de negaciones a la libertad sino el único sendero acertado para el ejercicio de la auténtica libertad. La gracia, que nos permite acceder a la Verdad revelada por Dios en Cristo, hace libres. No existe otro acceso a la auténtica libertad. Lo que aparece como si la fuera constituye un engaño que irremediablemente conduce a la peor de las esclavitudes. La Semana que iniciamos hoy crea el espacio para el encuentro con el Médico de nuestra libertad.

 

5.- Hijos y presentadores de la Luz.  Reconocer los pecados - y suplicar el perdón de Dios – constituye el cambio verdadero y la recuperación de la salud integral. Ese ser nuevo, que Cristo esboza y logra para todos, será el protagonista de una historia nueva. Proponiéndolo como Ideal proyectamos un nuevo futuro, superador de los proyectos fracasados en el pasado.  La predicación apostólica, que la Iglesia prolonga legítimamente, no cesa de presentar a Cristo como modelo humano irremplazable. Si los hombres lo atienden – al menos los autos llamados “creyentes” – se producirá un allanamiento de caminos abruptos e intransitables. ¡Tantos hombres y mujeres de buena voluntad están esperando luces – que iluminen – de quienes debieran ser los hijos de la Luz! La contemplación de la muerte y resurrección de Cristo logra la reubicación de los cristianos como hijos y anunciadores de la Luz.

 

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