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MENSAJE PASCUAL del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

-16 de abril de 2006-

 

1.- El Acontecimiento.  No estamos celebrando una idea, o un elenco de principios morales. Las ideas son reemplazadas por otras ideas; pueden perdurar por mucho o poco tiempo, pero, al cabo forman o no parte del patrimonio cultural de un pueblo o de la humanidad. Lo que hoy celebramos es el acontecimiento más esperado y angular de la historia. Dios se compadece de la situación errática de los hombres y se hace cargo de su reorientación a la Verdad. Interviene en la malograda historia humana y, por su Hijo Jesucristo – hombre verdadero y Dios verdadero -  recompone a su humano protagonista renovándolo profundamente.  Mediante ese acontecimiento llamado “Pascua” Cristo asume la condición humana, como se encuentra, y la libera de la única causa de su dispersión. Nace una nueva historia, anticipada en una trabajosa preparación, que va sumando a quienes están dispuestos a vivir en la Verdad, formulada por Cristo desde la Encarnación a la Resurrección. Celebramos la Verdad que acontece, como aconteció la creación, y que no puede ser alineada entre los logros almacenados en el “patrimonio cultural”. No corresponde que se la confronte irresponsablemente como si fuera una idea más. El “acontecimiento” está a la vista, se lo podrá rechazar pero nunca negar.

 

2.- Lo celebramos. - ¡Cristo ha resucitado! – exclamamos en nuestra celebración Pascual y, de esa manera, comunicamos un hecho que no admite interpretaciones contrarias a lo que es. No lo hacemos como simples cronistas. Cuando celebramos nos introducimos en el acontecimiento y ofrecemos – a todos - la oportunidad de hacerlo. Lo que se produce en nosotros, creyentes, convierte nuestra vida en el testimonio de su eficacia. El mundo no comprenderá si es solo el entendimiento el que es interpelado. Más aún, una idea puede ser puesta en duda o discutida, pero, el acontecimiento no puede ser negado. La vida es incuestionable. Los Apóstoles se presentan como testigos oculares y creíbles del acontecimiento, no son escribas discutidores. Anuncian lo que ocurrió y su testimonio posee la fuerza del Espíritu que desafía la libertad de quienes los escuchan, hasta promover su masiva conversión (Hechos). Sobre la base de la misión apostólica común, la Iglesia anuncia y celebra el único acontecimiento. Sus principales testigos no buscan acuerdos entre aquellos que deben ser notificados del mismo.  La firmeza en la defensa de la verdad, por parte de la Iglesia, procede de la convicción de que su enseñanza es desarrollo - doctrinalmente formulado - del acontecimiento de la Pascua. Participa de la indestructibilidad del hecho. Su rechazo, por parte de quienes lo decidan, no puede apoyarse en argumentos racionales sino en la capacidad libre para aceptar o negar lo propuesto por el legítimo relato histórico.

 

3.- El testigo notifica y muestra.  La Iglesia ofrece al mundo la posibilidad de encontrarse con un “acontecimiento”, que no produce ella, del que es testigo anunciándolo y celebrándolo. No sé si el mundo capta y comparte esta original visión de la Redención. No es nuestra intención que los hombres acepten las leyes eclesiásticas sino que reconozcan lo que Dios hizo y hace por ellos en el acontecimiento de la Pascua. Somos humildes testigos de lo que Dios, más allá de nuestras normas y disposiciones, protagoniza directamente. El testigo notifica y muestra, con su misma y firme adhesión, el alcance misterioso e histórico del hecho de la Redención. Para ello, el mismo Cristo ha dotado a la Iglesia de una identidad que incluye dos aspectos absolutamente inseparables: el sacramento y el carisma. Por un atroz desconocimiento de la naturaleza de la Iglesia, algunos sectores de la misma han disociado dichos aspectos oponiendo – a veces solapadamente – la Jerarquía y el Carisma. La Iglesia, con sus sacramentos y carismas, con su magisterio y gobierno pastoral, está al servicio de la notificación - a todos los hombres - de que Dios los ha redimido en Cristo. Una “Buena Noticia”, en cuyo anuncio y celebración consiste su única y universal misión. La celebración sacramental, que ha impregnado esta peculiar Semana, visualiza – para quienes creen – el acontecimiento definitivamente instalado en la historia de la humanidad. Los sacramentos, particularmente la Eucaristía, constituyen el camino visible de acceso al mencionado acontecimiento.

                                                                

4.- Es la esencia de la evangelización.  El llamado “Pregón Pascual” no puede permanecer en la penumbra de un templo silencioso; debe hacerse escuchar por todos los hombres - por los más distantes - ya que, el anuncio de lo que ha acontecido, constituye la esencia de la evangelización. Su fórmula tradicional, caída en el vacío de tediosas repeticiones, fue solemnemente proclamada en la reciente Vigilia Pascua: ¡Cristo ha resucitado! Aleluya, Aleluya. Se ha producido lo anunciado por los profetas. Ha llegado la Hora del perdón y de la santidad. Que todo el mundo lo sepa. Que cada hombre y mujer decida su destino ante el sagrado “acontecimiento” que se ofrece como Salvación. Cristo es el Hijo de Dios que se hace hombre para encarnar – en el mundo - el perdón y la santidad. Definitivamente presente en la vida de los hombres con el fin de purificarla en quienes decidan vivir adheridos a Él. Para que esto ocurra el hecho Pascual debe ser correctamente conocido. La Iglesia - que todos los bautizados integramos - tiene la misión de mostrar, en cada uno de sus hijos, la eficacia redentora de ese “hecho”. Lo hace en la fortaleza de sus mártires, en la vida fiel de sus innumerables confesores, en la heroicidad de sus niños y jóvenes, en la sabiduría de sus doctores y en la generosidad de quienes sirven a los pobres y enfermos. Podríamos recorrer – también -  la variedad de roles de quienes asumen notables o ignotas responsabilidades sociales.

 

5.- Momento histórico diferente.  El constante llamado a la responsabilidad, dirigido a los cristianos que ejercen la función pública, toma su inspiración en el acontecimiento de la Pascua. Si nuestra fe no es vana, porque Cristo ha resucitado, nuestro comportamiento personal y social debe responder a esa fe. El mundo requiere que el cristiano demuestre la autenticidad de su fe en los valores que regulan armónicamente sus diversos compromisos. Ese original propósito supone un examen continuo en confrontación con el Misterio acontecido y celebrado.  La Semana que concluimos, y los dramáticos momentos recordados, ha constituido el espacio propicio para ese examen y correspondiente ajuste. Cada Semana Santa, aunque celebre el único acontecimiento, adquiere su propia originalidad ya que hace referencia a un momento histórico diferente. No es el mismo hoy que ayer o en el futuro. Las circunstancias cambian y varían notablemente los desafíos. Al saludarnos por Pascua no dejemos de comunicarnos el gozo - causado por la seguridad de la fe - de que el acontecimiento de la Pascua logra una relación con Dios que redime. ¡Felices Pascuas!

 

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