Oficina de Prensa

prensa@cea.org.ar

Todas las Noticias

HOME PRENSA

HOME CEA

La voz de los pastores

Documentos

Agenda CEA

Otras oficinas de Prensa

Vínculos

Contacto

Homilía de la MISA CRISMAL de

Mons. Domingo S. Castagna,

Arzobispo de Corrientes

-12 de abril de 2006-

  

1.- Cada año nos reunimos como pueblo de Dios para proceder a bendecir los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y a consagrar el Santo Crisma. Tradicionalmente es un día oportuno para ofrecer a nuestros sacerdotes una reflexión especial. Es tan abismal el don del sacerdocio ministerial que, como lo recordábamos hace pocos meses, un santo sacerdote – el Cura de Ars – llegó a exclamar: “El sacerdote se entenderá solamente en el cielo. Si lo comprendiéramos en la tierra, nos moriríamos de amor”. ¿Por qué? – nos preguntamos. Quiero ensayar con ustedes, queridos amigos e hijos sacerdotes, también con el pueblo que servimos - aquí muy representado – una humilde respuesta. El sacerdocio ministerial nos llena de confusión: somos poderosos y débiles, importantes e insignificantes, insustituibles y fácilmente desplazables. La condición para ejercerlo no radica en la ciencia, en la capacidad de gobierno, en la habilidad para conquistar multitudes o en el aprecio de los poderosos y sabios de este mundo; está en el amor a Cristo que nos conforma con Él: pobre y humilde, obediente al Padre y dispuesto a morir por el más lejano y empedernido pecador. Si es esta la única condición para acceder al sacerdocio, debiéramos empeñarnos en ser pobres, obedientes y víctimas. Ésta es la senda trazada, con su vida ejemplar, por el Santo de Dios: Jesucristo.

 

2.- Para ello se necesita un verdadero cambio de la mente y del corazón. El amor a Dios, al que nos referimos en nuestras exhortaciones, no se logra adoptando las reglas del comportamiento que este mundo mantiene férreamente establecidas. A Dios es preciso amarlo por Él mismo, como nos ama Él, excluyendo la sutil modalidad del canje mezquino, del “doy para que me recompenses”. Cristo es modelo de ese amor purísimo a su Padre y a los hombres. La cruz, el sufrimiento inconsolable que incluye, expresa un amor anticanje, esencialmente reñido con todo interés egoísta. Para ser como Jesús y, de esa manera, predisponernos a vivir auténticamente el ministerio sacerdotal, debemos amar al Padre  y a los hermanos hasta la cruz de cada jornada, de cada noche de la fe, de cada soledad, de cada embestida de los  sentidos, irritados ocasionalmente por el clima de violencia y de hedonismo que atenta continuamente contra las virtudes cristianas y las promesas sacerdotales.   No creo ser reiterativo si recuerdo que la única garantía de fidelidad es el amor a Cristo, sostenido y alimentado en su convivencia apostólica, capaz de enfrentar los momentos más tormentosos de la vida, tanto institucional como afectiva. Los discípulos no salieron de su mediocridad hasta que lograron la experiencia de la intimidad con el Maestro en el marco de esa convivencia. Menos Iscariote, que se extravió en la desesperación, los restantes experimentaron una transformación profunda del ser.

 

3.- Sin duda es obra de la gracia, ofrecida y otorgada. Nos arriesgamos a perdernos en una serie de argumentaciones teológicas y de bellas expresiones sin conseguir avanzar un centímetro. El amor de Dios es dinámico, crea y construye, va al encuentro del hombre para recuperarlo y lo reubica en su original dignidad. Por ello, se hace perdón y transita un camino de purificación que se vale del sufrimiento, ingrediente normal de la vida humana. Jesús es modelo del Siervo sufriente y en la cruz halla la ocasión suprema para transformar el dolor inconsolable en amor sin fronteras. En ese misterio, que contemplaremos en los próximos días, se produce la revelación del Amor de Dios a los hombres. Nuestra misión sacerdotal consiste en representar a Jesús, revelador del Padre y dador del Espíritu, para quienes lo acepten como Palabra, predicada y celebrada apostólica y litúrgicamente por nosotros, “pobrísimos siervos”. Esa representación tiene un precio, económicamente incotizable: la obediencia fiel – como la suya al Padre – basada en el amor. Los apóstoles debieron aprender a poner ese precio en manos de su Maestro. La amistad que se entabló entre ellos supone, como la nuestra, una intimidad lograda en la convivencia constante. Ya no se dará en aquellas peculiares condiciones; incluirá la fe y sus signos, nueva forma de realización de aquella primera colegialidad. Cristo está realmente presente en nuestra historia personal; los garantes seguros de esa presencia son los sacramentos, particularmente la Eucaristía.

 

4.- Nuestro trato constante  con los mismos hace posible la intimidad con Jesucristo. Sin una vida de fe - en profundidad - será imposible no caer en un acostumbramiento que conforma el ya conocido estado de tibieza, desencadenante de una existencia mediocre e infeliz. El ministerio sacerdotal, desempeñado en la fe, es fuente de santidad y de auténtica felicidad. Un sacerdote que extrae de la relación íntima con su Maestro la energía espiritual y la razón de ser de su existencia no puede ser un hombre triste, insatisfecho y pesimista. La presencia de muchos sacerdotes tristes, insatisfechos y pesimistas revela una carencia dolorosa, un estado estremecedor de infecundidad en el ejercicio del ministerio.  Se expresa en la debilidad de las comunidades cristianas que deben conformar y nutrir evangélicamente. En consecuencia el Evangelio no impacta con suficiente fuerza en los diversos ambientes del mundo contemporáneo. ¡Cuánta es nuestra responsabilidad en la vivencia auténtica de la fe del pueblo! Con cierto  temblor en la voz formulo este concepto. Debemos alejarnos humildemente de toda presunción de que somos los más importantes en la Iglesia. “Los más grandes en el Reino de los Cielos no son los ministros  sino los santos”, repetía Juan Pablo II. Ellos nos enseñan que Cristo, predicado y celebrado, en virtud de nuestro ministerio, es el verdaderamente importante.  Debe ser importante – absolutamente necesario – para nosotros mismos, testigos y humildes ministros de su gracia. No olvidemos: para que los fieles sientan, en sus sacerdotes, la eficacia de esa gracia, deben observar en ellos una conformación existencial con su Divino Dispensador.

 

5.-  Queridos amigos y hermanos: nuestro esfuerzo es mínimo considerando la obra de santidad que Dios realiza cuando nos rendimos a su acción. Allí se produce la identificación personal con Cristo: sacerdote, maestro y pastor. El sacramento del Orden ha conformado nuestro ser bautismal con la capitalidad sagrada que relaciona a Cristo con todo el pueblo de Dios. Necesitamos aprender de Él a presidir, como servidores humildes, a su Cuerpo Místico. Es posible si nos mantenemos hoy en el interior de su colegio apostólico y vivimos de su trato íntimo. Los espacios necesarios - para el mismo - son la oración fervorosa, el ejercicio de la pobreza del corazón, la penitencia, la celebración y adoración eucarísticas.  Especialmente la reiteración continua de nuestra profesión de amor a Cristo, como Pedro: “Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. Con esa única condición podrá seguir confiándonos el ministerio: “Apacienta a mis ovejas”.

 

          Si desea recibir nuestro servicio de noticias, envíenos un mail a :

prensa@cea.org.ar