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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

2º DOMINGO DE PASCUA - 23 de abril de 2006.

 


1.-
Jesús Misericordioso.  Cristo resucitado es el triunfo de la misericordia de Dios sobre el pecado y la muerte. El Anuncio, que coronábamos el domingo pasado con un sonoro ¡Aleluya!, no será entendido sino en el marco vivo de la misericordia. Dios se ha compadecido de las heridas de los hombres y se puso a curarlas cuidadosamente. La historia de la Iglesia – en la historia confusa del mundo – es una exposición de esa cuidadosa tarea de Dios. En coincidencia con la Pascua hoy celebramos la Fiesta de Jesús Misericordioso, insistente afirmación de la actividad pascual. Aquella humilde monjita del siglo pasado, hoy canonizada con el nombre de Santa Faustina, recibió la misión de promover la devoción. Las misteriosas revelaciones, con las que el Cielo la distinguió, fueron asumidas por la Iglesia al proceder a su solemne canonización. El trasfondo teológico de su singular experiencia ha dado mucho que investigar a los mejores teólogos y Pastores. Cristo es la misericordia de Dios, en acto de alentar la conversión de los hombres y de acordarles el perdón. La imagen del Corazón al descubierto, atravesado por la cruz, manifiesta la identidad del Dios-Amor que - en relación con los hombres - es misericordia. No existe un estado de deterioro humano tan grande que no pueda recomponerse en contacto con el Corazón de Cristo.

 

2.- Fruto espontáneo de la Eucaristía.  La Pascua, cuya octava hoy concluimos, abre la perspectiva de la caridad. El Jueves Santo recordábamos que la Eucaristía concluye en el servicio fraterno o, de lo contrario, se malogra. El lavatorio de los pies es su mejor escenificación. El servicio a los hombres, a los más necesitados - los pecadores - es fruto espontáneo de la Eucaristía. De allí la proyección evangelizadora de la misma. Es el mismo Cristo, el Dios hecho Hermano de todos los hombres por la Encarnación. Es el Hermano que viene en busca de su hermano menor, despilfarrador de la fortuna que el Padre le había asignado, para devolverlo - revivido y reorientado - a la Casa paterna. Cristo está en plena recuperación del hermano perdido. Históricamente lo hace por el signo de su presencia redentora: la Iglesia celebrando la Eucaristía. ¿Cuándo advertiremos que Cristo mantiene viva su presencia salvadora en el “como su sacramento” (Vat.II L.G. nº 1), la Iglesia? ¿Cuándo dejaremos de desinformar al mundo acerca de su verdadera naturaleza? Algunos autocalificados “católicos” no hacen más que desgarrarla con sus comportamientos cismáticos y sus injustas acusaciones a quienes, en virtud de su ministerio sagrado, tienen el deber de llamarlos a la unidad en una incuestionable disciplina común. Donde está la división y la soberbia impera el demonio. Donde la mentira y el agravio suplen al fraterno y humilde diálogo ha ganado terreno el enemigo de Cristo. Esta verdad no se agota en mezquinas disputas, extrañas al Evangelio e incomprensibles para el pueblo.

 

3.- Fuimos sepultados con Cristo.  Jesús sigue enviando a sus auténticos testigos: los Apóstoles, en sus Sucesores en comunión con el Papa. A través de ellos el mundo recibe el mensaje original y el flujo de gracia que redime. Prescindir de ellos, atribuyéndoles injustamente ser traidores a ese mensaje, asegurando que un grupo disidente constituye la “Iglesia fiel” o el “catolicismo auténtico”, es, además de una mentira, una verdadera contradicción con lo que se pretende preservar. Es herético afirmar que el Concilio Vaticano II no es ejercicio auténtico del Magisterio de la Iglesia. Se lo califica así – de manera más o menos velada - cuando se lo rechaza y desmerece doctrinalmente. La Pascua del Señor, que todos afirmamos celebrar, debe ser una resurrección. San Pablo lo recuerda con claridad: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también andemos en una Vida nueva”. (Romanos 6, 3) La Iglesia de Cristo, presidida y conducida por Benedicto XVI – y los Obispos en comunión con él – tiene por delante una grave misión: que llegue a todos la Buena Noticia de la Pascua. El Espíritu Santo no quiere que sea entorpecida por la irresponsabilidad y mezquindad de algunos de sus hijos. Cada uno debe examinarse con humildad, sin juzgar y condenar a los otros. Al Pastor le corresponde, para no ser tildado de “perro mudo”, presentar la Verdad y desnudar situaciones y actitudes que la contradicen.

 

4.- El mundo necesita santos.  Es un momento de especial gravedad. El mundo actual, tan contradictorio y espiritualmente menesteroso, gime por causa de los gestos desorientadores de quienes deben evangelizarlo. El Siervo de Dios Juan Pablo II indicaba, con la mansedumbre y firmeza que lo caracterizaban: “El mundo necesita de los cristianos el testimonio de la santidad”. Necesitamos borrar de nuestras relaciones, o de sus rupturas, todo atisbo de hipocresía y soberbia. Hay que ser evangélicos. Al seguir a Jesús, en los dolores indescriptibles de su Pasión, advertimos su invitación a compartirlos – portando los nuestros – y de esa manera andar rápidamente hacia la Vida. Los hombres y mujeres de nuestra sociedad necesitan ver a los testigos de la Pascua que no la esconden en una soledad mezquina y pusilánime. Hay que arriesgarse con la Iglesia en comunión, junto a sus Pastores – el Papa Benedicto XVI, los legítimos Obispos y presbíteros - y las comunidades. Cristo está allí, lo ha prometido y no deja de cumplir sus promesas.  La Pascua recupera siempre la identidad divina de la Iglesia y la impulsa a cumplir su universal misión. Desde la misma quienes la celebran se ponen en marcha alentados por la esperanza de su perfecto cumplimiento. La historia, ese impresionante entrecruce de senderos contradictorios, será el campo de su responsable seguimiento de Jesús.

 

5.- “Yo estaré siempre con ustedes”. Mantener el anuncio pascual y su celebración constituye el secreto de su permanencia activa entre personas y grupos - de apariencia hegemónica - que acaban sucumbiendo irremediablemente. La virtud que sostiene a la Iglesia no proviene de la calidad humana de sus dirigentes. Su estabilidad procede de la asistencia continua del Espíritu Santo. Sólo se la entiende desde la fe. Mediante esa asistencia divina se da cumplimiento a la promesa de Jesús: “Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”. La incapacidad de doblegarla, por parte de las pruebas y persecuciones más terribles, se puso de manifiesto en el transcurso de dos mil años. No son - los actuales - los peores tiempos. Somos testigos de los esfuerzos por debilitarla con escandalosos seudo descubrimientos: “El Código de Da Vinci”  y “el evangelio apócrifo de Judas”. El despliegue técnico, multimillonario, que se ha empleado en ellos encubre su maligno y mendaz propósito.

 

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