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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

3er DOMINGO DE PASCUA - 30 de abril de 2006

  

1.-  ¿No ver para creer?  Jesús no admite que se lo confunda con un fantasma. Contradeciría el realismo de su resurrección. Un fantasma no tiene carne y huesos; para que sus discípulos no duden les exige que comprueben palpando sus heridas. ¿Cómo lo lograremos hoy? No de la misma manera. Jesús ha ponderado, hasta llamarlos “bienaventurados”, a quienes creen sin pretender comprobar que lo aceptado en la fe es verdad palpable. Se lo reprocha a Tomás, profundamente humillado, que exigió una comprobación personal sin hacer caso al testimonio de sus hermanos Apóstoles. Corregido aquel comportamiento incrédulo, podremos transitar nuestro sendero de fe hasta Él, Verdad y Vida.  No queda otra alternativa que la palabra y testimonio de la Iglesia, fundada en los Apóstoles, ya que no tendremos la oportunidad de que se nos aparezca. La fe, suscitada exclusivamente por la Palabra, no necesitará visiones y revelaciones particulares. Basta creer humildemente para saber que el Señor Resucitado está presente. Si lo está no podemos pasar indiferentes ante Él. Debemos responder a su amor cambiando nuestra vida. Las consecuencias de la fe abarcan el amplio espectro de la historia personal y social. Nada escapa, para los que creen, de su real orientación.

 

2.- El mundo “amado”.  El reciente Anuncio pascual resuena aún en el ámbito auditivamente bloqueado del mundo. Me refiero a este mundo, tan nuestro y, sin embargo, tan extraño a la fe que profesamos. Lo amamos como lo ama el Padre “hasta darle a su Unigénito”. También nosotros debemos darle al Unigénito del Padre para que se instale como Salvación y firme esperanza de cambios saludables. En medio de un descreimiento, que parte a la ciudadanía en fragmentos, es preciso que resuene ese Anuncio. Las encuestas serias arrojan un resultado alarmante en España, nuestra madre Patria: el 40% de los jóvenes españoles ya no se reconocen católicos y más del 28% se declara agnóstico o ateo; el 5% acude una vez al mes al templo; el 19% lo hace en las grandes Festividades y el 69% nunca o casi nunca ha vuelto a ir a Misa después de la primera Comunión. No es positivo hurgar en los detalles de las encuestas. Jesús es consciente de que sus seguidores constituyen una “pequeña grey” y de que su voz, con frecuencia, retumba en el desierto. Pero su misión no depende de la aprobación de las mayorías. ¿Cuál sería el resultado de encuestas similares entre los jóvenes argentinos y correntinos? No cesamos de repetir que nuestra sociedad se manifiesta enferma. En consecuencia se multiplican los delitos más aberrantes y el desorden cunde paralizando la vida ciudadana. Es verdad que la solución no viene del endurecimiento de las leyes penales y de la represión policíaca, pero, frecuentemente nos sentimos bordeando el abismo y la disolución.

 

3.- Cambiar el corazón.  Es preciso frenar el crimen, pero, la llamada “mano dura” no parece garantizar su desaparición; sólo el cambio del corazón, el encuentro con Quien haga ver el desorden interior y la necesidad de revertirlo. Dije, en una oportunidad anterior, que el Corazón de Cristo transforma al ser moralmente más deteriorado. Existen pruebas sorprendentes en la convulsionada historia de la humanidad. ¿Quiénes eran algunos santos? Seres derrotados, vencidos por el desorden moral. ¿Qué ha ocurrido en ellos? Un encuentro con el Señor, que les manifestó amarlos sin medida, y una cuota ínfima de honestidad, humildad y generosidad - en ellos - bastaron para hacerles recorrer una senda directa al heroísmo y a la santidad. El ser humano, integrante de esta confusa postmodernidad, mantiene su natural capacidad de experimentar la dispersión que lo hiere y de buscar el remedio adecuado. Que nadie se sienta discriminado si afirmamos que Cristo es el autor de la unidad que el hombre anhela. Lo hemos proclamado en la solemne Vigilia pascual y continuamos haciéndolo en cada Eucaristía. No obligamos a creer lo que creemos. Pero, ¡por favor! permítannos ejercer el derecho de creer con libertad y, de esa manera, ofrecer, a quienes quieran oírnos, la doctrina que se deriva de lo que creemos. El ejercicio de los derechos fundamentales se enfrenta con desafíos permanentes. Producto del desorden mencionado – o de la dispersión – es la intolerancia que fácilmente se enquista en ámbitos del pensamiento y de la religión.

 

4.- Dios, el más respetuoso de los derechos humanos.  Pocos parecen mantener cierto respeto por la opinión de los demás. Lo que debía ser diálogo no sale de la contienda agresiva. Con el argumento de que “el error carece de derechos” olvidamos que los derechos hacen referencia a las personas, más allá de sus aciertos y desaciertos, de sus pecados y de sus virtudes. El pecado de los primeros padres es verdaderamente despreciable, pero, no ellos. De tal modo que Dios, el más respetuoso de los derechos de las personas, reacciona ante el pecado con la admirable gesta de la Redención: “los amó tanto que les dio a su Unigénito”. Había que salvar al dignísimo ser humano y, para ello, eliminar el pecado. Durante la celebración de la Semana Santa recordábamos con emoción las palabras con que San Juan Bautista identifica a Jesús: “Es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Los hombres deben encontrarse con esa purísima Víctima que atrae la reconciliación y el perdón. Para ello será preciso ser convenientemente notificados por quienes conocen la presencia viva del Señor resucitado. Corresponde a los cristianos, teóricamente conscientes de la gravedad de su común misión, como verdaderos testigos de la Resurrección. ¿Por qué no se da? La pregunta es simple y muy compleja la respuesta. No se ha adquirido nunca, o se ha perdido, la conciencia bautismal que debiéramos suponer en cada bautizado. La influencia “cultural” del mundo niega, con un lenguaje extraño al Evangelio, la importancia de las exigencias bautismales.

 

5.- La fe de algunos bautizados.  Hace muchos años, durante mis estudios en un país europeo actualizado teológica y pastoralmente, escuché que debía reimponerse el catecumenado. En los principios de la Iglesia constituía un tiempo adecuado de preparación para el Bautismo. No se ceñía únicamente a una catequesis especial para la recepción del Sacramento; a los futuros bautizados se los adiestraba para vivir cristianamente, vale decir, para ser fieles – hasta la muerte – a las exigencias del Bautismo que recibirían.  Cuando se generalizó el bautismo de niños - en países cristianos -  se confió a las familias, entonces profundamente cristianas, la educación en la fe de sus hijos. Lamentablemente se ha desvanecido la fe en innumerables familias que, no obstante, mantienen un nostálgico sentimiento de pertenencia a la Iglesia. Por ello solicitan el Bautismo para sus hijos. Al promediar los diez años de edad, se ocupan – un número notablemente reducido – de que sus hijos acudan a la catequesis. Los sacerdotes y catequistas reciben pequeños “ateos” que jamás han escuchado hablar de Dios; que no han aprendido a orar, como antiguamente, en los brazos de sus madres creyentes. Deben iniciar el proceso de la fe, con el agravante de que – después de algunas horas semanales – vuelven a sus casas donde Dios es una decoración obligada y los valores cristianos brillan por su ausencia. Las encuestas sobre la fe - entre bautizados - son sencillamente aterradoras. Vuelvo al principio de este párrafo. Se proponía un catecumenado de recuperación de los bautizados. Su meta constituía el logro, en quienes habían recibido el Bautismo, de un compromiso cristiano auténtico. ¿No constituye hoy una verdadera necesidad?

 

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