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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

4º DOMINGO DE PASCUA - 7 de mayo de 2006

  

1.- El buen Pastor da la vida.  El Señor define, en contra de la opinión del mundo, su propia identidad y, por lo mismo, cómo deben ser quienes comparten su peculiar misión pastoral: “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas” (San Juan 10, 11) Sabemos cómo Él concretó el don de su vida “por sus ovejas”. Lo hemos contemplado el pasado Viernes Santo siguiendo piadosamente el Via Crucis. Dar la vida no incluye necesariamente la cruenta muerte que Él padeció. Toda su vida fue admirable don por amor a las ovejas. Sus seguidores lo imitan en sus diversas fases. Algunos, como ocurrió con los Apóstoles, llegan a sorber el cáliz hasta su mismo borde: el martirio. Muchos otros la ofrecen en la tarea ministerial cotidiana: en la predicación, en la celebración de los sacramentos, en la constante atención de los problemas personales y sociales que aquejan a sus comunidades. El martirio se produce, incruenta pero realmente, en las incomprensiones, las contradicciones, la maledicencia y, lo que aún es más doloroso, en la traición de los “falsos hermanos”. Lo encomillado corresponde a una expresión del Apóstol San Pablo.  Cuando la caridad anima la vida del Pastor todo se convierte en oblación, hasta sus enfermedades, su ancianidad y su muerte. Sin espectacularidad; desde el silencio, la soledad y el mayor de los anonimatos, ofrece su vida por sus ovejas y manifiesta, ante los ojos de Dios y de la Iglesia, su calidad de buen Pastor.

 

2.- Más que muchos, santos.  Hoy, aprovechando la memoria evangélica del Buen Pastor, la Iglesia se dedica a orar por las vocaciones sacerdotales. No aflige tanto la carencia de sacerdotes como la debilidad espiritual de quienes lo son. Que Dios nos regale santos sacerdotes, aunque sean pocos. Los santos cubren la insuficiencia numérica con la calidad asombrosa de sus vidas. Es necesario que quienes vengan sean santos y quienes ya estamos nos convirtamos a la santidad. Es preciso poner esa principal intención y sostenerla. La oración es el gran medio apostólico, irremplazable para lograr de Dios la santificación de nuestros sacerdotes. Es la oportunidad para aclarar la visión de la vida sacerdotal, a veces oscurecida por parciales apreciaciones, cargadas – muchas de ellas – de premeditados prejuicios. Nuestros sacerdotes son hijos de este pueblo y producto de estas contradictorias culturas. Han bebido lo que todos los niños y jóvenes de nuestras alicaídas familias – a veces destrozadas – y de nuestra escuela pública, de gestión oficial o privada, confesional o no. La gracia de Dios, y una especial protección de María, explica la aparición de estas vocaciones, totalmente extrañas al mundo cibernético de la seductora propaganda y de la pornografía.  Tendrán que hacer un esfuerzo extra para neutralizar la influencia del mundo en el que crecieron y ponerse a construir uno nuevo.

 

3.- La gracia que repara y santifica.  Han descubierto la novedad del Evangelio en la presencia amical de Cristo y de su Iglesia. Se han esforzado por discernir su futuro, desafiados por la gracia reparadora y santificadora del Espíritu. No obstante, si no perseveran en el propósito inicial, sostenidos por la oración, la reconciliación y la Eucaristía, fácilmente recaerán  en el viejo universo del pecado y de la mediocridad. Necesitan, además de la asunción de la propia responsabilidad, el aliento de sus comunidades y la comprobación de que su ministerio encuentra eco y es eficaz. Nadie puede condenar a un sacerdote que ha pecado si no le ofrece la misericordia de su oración y de su cercanía. No ocurre siempre así. Como Pastor y Padre de los sacerdotes he debido soportar expresiones inmisericordes y presiones para que extreme mi severidad hasta sancionar con dureza cuando algún sacerdote no se ha comportado como debiera. ¡Qué lejos de la parábola del Padre misericordioso tal inspiración! Ser evangélicos y contentar al grupo más radicalizado – en el juicio y en la condena – es absolutamente imposible. Jesús es mirado con sospecha al perdonar a María la pecadora. Los fariseos de entonces ponen en duda su identidad profética ya que permite que aquella mujer bese sus pies y los lave  con lágrimas de ardiente arrepentimiento.  Imitar a Cristo, ejerciendo el ministerio de la misericordia, atraerá siempre la crítica despiadada de los modernos fariseos. La bondad del Pastor bueno aparece en el don de la vida. Pide el perdón, y no el castigo, para los responsables de su dolorosa muerte.

 

4.- La “bondad” del Pastor.  El joven que decide seguir a Cristo en el ejercicio del ministerio sacerdotal debe lograr una tal intimidad con el Señor que le permita beber su Espíritu de bondad y le otorgue la capacidad de dar su vida – como Él - por los pecadores. Si no ha logrado, durante los años de formación, experimentar con Cristo la misericordia del Padre por los pecadores, no está preparado para acceder a la Ordenación. ¿Exagerada conclusión?  De ninguna manera. Jesús afirma que “para eso” ha venido. Desviarse de ese original propósito significaría una verdadera desnaturalización de su divina Misión. El sacerdote está “para eso”, también con los hermanos sacerdotes que acudan a su ministerio o que requieran su comprensión. La celebración de este cuarto domingo de Pascua, o del Buen Pastor, me concede la ocasión de brindar una oportuna reflexión sobre esa abarcativa denominación que Jesús se atribuye. Dedicarse a expresar la misericordia del Padre en el misterio de la Cruz hace más comprensible la naturaleza de la vida dedicada al ministerio sacerdotal.  Dar la vida desde la Ordenación hasta los momentos más grises del quehacer sacerdotal; no hay otra forma de ofrecerla “por las ovejas”. En cada instante, al modo de un latido intermitente que lo toma todo, de la muerte que se hace vida, del Dios marginado que ocupa el verdadero centro de atención.

 

5.- ¡Que sean santos!  Cuando observo el trabajo incansable de la mayoría de los sacerdotes advierto que el don de la vida los constituye en buenos Pastores, a imagen de Cristo. Falta todo el tiempo de la existencia de cada uno para lograr el ideal que Jesús les presenta. Es preciso alentarlos desde la oración unánime de la Iglesia y el testimonio de los santos sacerdotes que ya fueron y que son. Las críticas que, a veces, inoportunan y duelen, no son más que expresiones de un auténtico deseo de verlos santos, porque así los necesitan los fieles y el mundo. ¡Qué bien hace asumirlas como voluntad de Dios! Es importante que los sacerdotes no se defiendan de su Señor e Ideal cuando los fieles, con sus maneras propias, a veces irritantes, les reclaman que sean santos como su Maestro. Ese gesto de pobreza de corazón redime, purifica y santifica su vida. Es necesario que hoy, a la luz de la palabra evangélica proclamada, oremos por nuestros sacerdotes, por quienes se han propuesto serlo y se preparan para ello.

 

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