Oficina de Prensa

prensa@cea.org.ar

Todas las Noticias

HOME PRENSA

HOME CEA

La voz de los pastores

Documentos

Agenda CEA

Otras oficinas de Prensa

Vínculos

Contacto

Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

DOMINGO DE PASCUA - 14 de mayo de 2006

 

1.- La identidad de Cristo.  La Pascua que hemos anunciado y celebrado constituye una tal novedad que para acceder a ella debemos dejarnos renovar por ella. De otra manera no lograremos entenderla. La forma actual de no entenderla es arrinconarla como una opción religiosa más, que podría ser eventualmente superada por otra. Desde la fe católica no podemos atenernos al slogan utilizado para que nadie se sienta incómodo: “Todas las religiones son iguales”. Son respetables como orientación a la Verdad, si lo son, pero no identificadas con la que encuentra en Cristo su perfecta y definitiva expresión. La base del ecumenismo no es relativizar el contenido de la propia fe católica sino acentuar acuerdos para arribar a la Verdad, no inventada por los hombres sino revelada por Dios. En la Pascua hemos proclamado a Cristo Resucitado manifestándose en Él toda la Verdad. Cristo tiene viva conciencia de ser la Verdad que el Padre le ha encomendado ofrecer al mundo. No es una opción más ya que es el único acontecimiento del “paso” de Dios entre los hombres. La comparación con la Vid y los sarmientos no deja lugar a dudas: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y en él, da mucho fruto, porque separados de mi nada pueden hacer”. (Juan 15, 5).

 

2.- El mal del relativismo.  Cuesta convencernos de ello. Los intentos de un diálogo artificial, donde las legítimas identidades aparecen indefinibles o debilitadas, se constituyen en el caldo de cultivo del moderno relativismo. Es preciso que profesemos nuestra fe, que incluye necesariamente exponerla sin ambages y, no obstante, sin agredir a las personas respetables que no la comparten. Difícil equilibrio: la firmeza en la profesión de la fe y el diálogo honesto y fraterno con el mundo de la cultura y de la búsqueda. Habrá que asegurar, en los cristianos, el fuerte vínculo con Jesucristo: la Vid verdadera. Entonces no se producirán confusiones en la identificación de los valores cristianos y su conveniente manifestación pública y privada. La sencillez, que Jesús emplea en sus expresiones, garantiza la transparencia y veracidad de lo que enseña. Lo que dice es verdad. El Padre lo ha constituido en la Vid verdadera que da Vida interminable a quienes permanecen en ella. La vida humana se agotará rápidamente sin conexión directa con Él. El pecado ha producido una inicial desconexión que requerirá que un nuevo Adán – denominación que Pablo utiliza para referirse a Cristo – conecte la vida humana a su misteriosa vitalidad. Lo hace por la Pascua acontecida y continuamente celebrada. Una mirada rápida en el interior de la sociedad contemporánea da como resultado que la Pascua es ignorada. No podemos inculpar a quienes la ignoran sino a quienes deben comunicarla y testimoniarla.

 

3.-  No puedo ser cristiano a medias.  Algunos pensarán que trato desconsideradamente a los miembros de mi Iglesia. Me incluyo entre ellos. Procuro reflexionar en voz alta en el empeño de una mayor coherencia entre mi compromiso temporal y la fe que profeso. No puedo ser cristiano “a medias”, como quien se inscribe en una institución que desconoce, o cuya titularidad es exhibida como un valor heredado y menospreciado. Es el momento de hacerse cargo de la misión anexa a la identidad declarada. Si soy cristiano debo comportarme como tal y aceptar – de verdad – sus exigencias. Cristo se ofrece como Vid para que absorbamos su Vida y nos desarrollemos como seres vivos. De esta manera logramos el ideal buscado con ansiedad entre las ofertas contradictorias de la sociedad que integramos. Ser cristianos es una misión desafiante y exigente; me refiero a serlo sin esperar que nos reporte satisfacciones superficiales y escurridizas. Es una respuesta de amor a Quien nos ama hasta el extremo de darnos a su Unigénito. Es aprender que el camino del progreso incluye la cruz y no se logra sin emprenderlo y proseguirlo con valentía y generosidad. La mística cristiana supone una ascesis. No como el mundo quiere presentarla, o calificarla, al modo de una aguachentosa actividad. Exige una disposición al sacrificio que está motivada continuamente por el amor. Su ausencia indica que falta esa necesaria “motivación”. La insistencia en presentar el amor – por parte de Jesús – como supremo mandamiento nos da a entender su absoluta necesidad.

 

4.- La palabra de la Iglesia.  El Papa Benedicto XVI lo ha presentado como núcleo central de su magisterio pontificio. Es un tema universal, tironeado desde ángulos adversos, e impuesto para respaldar – por parte de algunos - verdaderas caricaturas del amor auténtico. El mensaje evangélico va más allá del discurso y propone un ideal observado como inalcanzable y absurdo por la farándula prevalente en la sociedad actual. No obstante, no sin inspiración del Santo Espíritu, aparecen vestigios de verdad y santidad, vale decir, de la auténtica centralidad del Dios Amor. La falta de principios alienta prácticas enajenantes referidas a los mismos. En muchas ocasiones he expuesto la vigente doctrina de la Iglesia sobre temas socialmente controvertidos. La palabra magisterial de la Iglesia, de la que me hago eco como Pastor de esta Arquidiócesis, está dirigida a los cristianos – como mandato ineludible – y a los no cristianos como honesta propuesta evangélica. Es lamentable que se interprete como interferencia “política” en el ejercicio responsable de la acción propia de los diversos poderes del Estado. La Iglesia debe predicar el Evangelio y. obviamente, sus exigencias morales. Lo debe hacer con libertad, sin pretender edulcorar las exigencias mencionadas por cierto temor a la “impopularidad”, como lo hacen algunos responsables de la acción política que, no obstante, se identifican como “cristianos”. La verdad es la verdad. Cuando afecta principios inconmovibles adquiere una especial gravedad que excluye cualquier contraria alternativa.

 

5.-  Permanecer en Cristo.  No es mi intención utilizar lo que ya he expresado con claridad (domingo 12 de octubre de 2003) - en ocasiones perfectamente recordadas - para ceder al festival de controversias que se pretende promover ante la reedición de proyectos legislativos que contradicen el contenido doctrinal de la fe católica. La Verdad que tengo que ofrecer como Pastor llama a la conversión. A un cambio de mente y de corazón. Es preciso que todos los católicos sepan el contenido de la fe que profesan – o dicen profesar - y es deber ineludible de sus Pastores recordarlo siempre: “con ocasión o sin ella” (San Pablo. 2 Timoteo 4, 2). No creo que el asunto requiera nuevos pronunciamientos. Jesús decía lo que debía una sola vez y concluía con la expresión recordada: “el que pueda entender que entienda”; o en otros términos: “el que quiera entender que entienda”. El texto evangélico con que hemos iniciado esta alocución recuerda la necesidad de mantener una estrecha vinculación con Jesucristo: “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”. (Juan 15, 5)

 

          Si desea recibir nuestro servicio de noticias, envíenos un mail a :

prensa@cea.org.ar