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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes
Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

- 28 de mayo de 2006 -

 

1.-  Consecuencia de la misión.  Ya comprobada su Resurrección, en los diversos encuentros con los discípulos más allegados, se produce el envío misionero. La experiencia de esos breves contactos, y el entrenamiento en el ejercicio de la fe, los predispone para acoger el mandato con  responsabilidad. La misión que Jesús les confía no es nada complicada. Consiste en anunciar el Evangelio, esperar pacientemente la conversión y bautizar a los convertidos. La nueva vida, compartida en pequeñas y fraternas comunidades, se desarrollará en la escucha de la palabra apostólica y en la Eucaristía (fracción del Pan). Incluye un crecimiento en profundidad y su consecuente expansión demográfica. No los envía a una nación, ni a un continente sino “a todo el mundo”. A veces nos detenemos en la expansión y descuidamos el crecimiento en profundidad. Por ello la expansión es débil y poco influyente en medio de la catarata de gravísimas contradicciones que debe enfrentar la fe. Lo comprobamos a diario. La fatiga intelectual y espiritual da lugar a la tentación de empobrecer la acción misionera o considerarla como de algunos y no de todos. El bautismo responsabiliza a quien lo recibe en la misión universal de la Iglesia de Cristo: evangelizar al mundo. El mandato misionero, relatado por Marcos, está vigente.

 

2.-   El verdadero poder de la Iglesia.  Se dirige a la Iglesia – a todos sus miembros – que está por iniciar su trayectoria histórica en el cercano Pentecostés. El Siervo de Dios Juan Pablo II dio pasos gigantescos en la perspectiva de una Iglesia misionera. Los conflictos que se producen en el mundo, y que desafían particularmente a la Iglesia Católica, poseen una carga de reclamos que deja todo al descubierto. Más que animadversión hay exigencias, más que propósito de negarla existe un secreto reclamo de coherencia y santidad. Cristo crucificado es el vencedor del pecado, del error y de la muerte. El poder de la Iglesia no está en los márgenes del espacio de poder político que logra ocupar en la sociedad. Consiste en los medios de gracia que le ha otorgado su divino Fundador y, sobre todo, en la presencia a perpetuidad del Espíritu Santo. Esos medios y la acción protagónica del Espíritu Santo se manifiestan en la santidad de sus cristianos. Allí se hace patente el poder de la Iglesia: en sus hombres y mujeres santos responsabilizados de las tareas temporales que le corresponden. No existe mejor expresión de su verdad. Algunas controversias públicas no parecen buscar la verdad sino vencer despiadadamente al adversario. No es el método evangélico. El sereno auto dominio de Jesús respondiendo a sus opositores ocasionales indica su deseo de ofrecerles la verdad. No la impone dictatorialmente. Manifiesta la verdad de lo que enseña en la calidad de su comportamiento santo.

 

3.- Actualidad del mandato.  Así lo exige a sus seguidores convirtiéndolos en testigos. Los Apóstoles, sus destacados discípulos, apoyan su predicación con este humilde argumento: “Somos testigos”. Nos corresponde obrar de la misma forma. Su mandato misionero de entonces es actual y lo será hasta el fin de los tiempos. El “método evangélico” inaugurado entonces sigue siendo único y actual. Ofrecer el Evangelio y testimoniarlo con la santidad es la misión de los bautizados. La ineficacia de nuestra actividad pastoral nos permite comprobar que únicamente la santidad convence a los hombres de la veracidad del mensaje que presentamos. Es el “método” original e insustituible. La gracia de Cristo, derramada por el Espíritu en nuestros corazones, nos santifica como testigos y nos faculta para asumir el mandato de la Ascensión. Las renovadas campañas contra la fe de la Iglesia reeditarán sus tradicionales fiascos si los cristianos (Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos) son santos. San Pablo afirma que la santidad es voluntad de Dios. No estoy hablando de una categoría vetusta como las amarillentas estampitas de la abuela. La santidad es la juventud de la Iglesia. Su vigencia - en muchísimos bautizados - asegura la constante renovación de sus estructuras. También acredita su fidelidad al depósito revelado en la agitada marejada de la historia humana. Nuestra catequesis, y la educación de la fe que responsabiliza a las familias cristianas, enfrentan un desafío ineludible.

 

4.-  El más humillante fracaso.  La fe, que se vale de la catequesis, señala el ideal de la santidad. No proponerlo es dejar las cosas a medias o abandonar inconclusa la obra más importante. Un escritor de la primera mitad del siglo XX afirmaba: “La única tristeza es la de no ser santo” (León Bloy). Cuando no se logra concluir una misión, o el proceso académico de una carrera universitaria, afirmamos con amargura que se ha fracasado. Concluir la vida bautismal - con la muerte - sin haberse encaminado a la santidad constituye un humillante fracaso. La santidad - obra exclusiva de Dios - requiere, de parte del creyente, tender a la perfección del Padre, como Cristo nos lo revela. La confianza en la gracia que viene de la fe predispone a ser dócil a la acción del Espíritu, único Artífice de la santidad. Cuando renunciamos humildemente a adoptar un proyecto de propia invención, que no es de Dios, se inicia el seguro camino a la santidad. ¿A qué todo esto? ¿De qué sirve para la transformación de una sociedad con tantos y tan complejos conflictos? Esta sociedad, como afirmaba otro Siervo de Dios, el Papa Pablo VI, está pidiendo a la Iglesia, de manera “angustiosa”,  el servicio de la evangelización. Santidad y evangelización se relacionan necesariamente. Si la fe es un saludable contagio quienes la poseen deben estar impregnados de ella. La santidad es esa “impregnación”. “El verdadero misionero - o evangelizador  - es el santo”, enseñaba Juan Pablo II.

 

5.- La Verdad no puede ser anulada.  La Ascensión revela perfectamente la divinidad de Jesucristo. Desde su condición divina “pasó” por la humanidad adoptándola como propia, redimiéndola y glorificándola. Debemos ser testigos de su presencia divino-humana ya que únicamente por Él el mundo podrá conocer al Padre y descubrir su auténtica vocación trascendente. Ese testimonio misionero tendrá que afrontar graves dificultades, generadas por la mentira y el odio destructor. Pero, la Verdad que los discípulos deben anunciar no puede ser anulada por ocasionales campañas e intrigas. Cristo es el Hijo de Dios encarnado. Su humanidad, gestada por el Espíritu Santo en el seno virginal de María Santísima, es el sacramento original de su divinidad. A los cristianos, verdaderamente convencidos, les corresponde anunciarlo sin temor. De ese anuncio depende que muchos hombres y mujeres de buena voluntad se encuentren con la Verdad que infatigablemente buscan.

 

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