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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes
Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS - 04/06/06

  

1.-  El Espíritu de Pentecostés.  Nos encontramos en una sociedad necesitada del perdón de Dios. Este sentimiento, casi unánime, constituye una saludable reserva espiritual. A partir del honesto reconocimiento de las propias miserias morales podremos recomponer los valores perdidos y establecer el equilibrio social faltante. No hay otro camino, no existen alternativas igualmente optables en la perspectiva de la fe. La celebración de Pentecostés recuerda lo acontecido cuarenta días después de la Resurrección y que, como la misma, perdura ocultamente en la historia. Lo real, por ser oculto, no deja de ser real. A veces disimulamos lo inexistente en una aparatosidad deslumbrante. Lo mismo digamos de la mentira y de la intriga al pretender presentarlas como verdad. El Espíritu de Pentecostés sigue operando con la fuerza impresionante de entonces. No hay signos espectaculares. Se da sin que se sienta. Su eficacia aparece en la conversión de los pecadores y en su admirable proceso de santificación. Los signos comunes, elegidos por Jesús para comunicar la gracia invisible, mantienen la opacidad de los cuerpos pesados e impenetrables. Se requiere la fe para conocer la virtud divina que se filtra entre signos precisos, puestos por quienes han recibido la misión de celebrarlos. Gestos y palabras, materia y forma, hacen de la liturgia sacramental el medio eficaz para la conversión y la santidad.

 

2.- Un mundo sin espíritu.  Nos hallamos inmersos en un mundo desespiritualizado, de reacciones débiles ante los desafíos de la hora, que ha sufrido la desventura de reemplazar los grandes ideales por metas fáciles e inmediatas.  ¿Cómo lograr despertar los grandes ideales del pasado que ciertamente mantienen hoy su misteriosa actualidad? En la historia no hay reediciones. La vida, si no quiere permanecer en una especie de desván de los abuelos, se recrea constantemente. El Espíritu Santo, cuya llegada pascual hoy celebramos, “hace nuevas todas las cosas”. Quien pretende reeditar superficialmente lo que fue, y remedar los gestos de quienes lo encarnaron entonces, se condenan a no construir el presente y a perder la auténtica continuidad histórica. La legítima Tradición no se cierra a la novedad del Espíritu; de Él depende su conservación y admirable capacidad de anular un cierto “progresismo” sin origen ni inspiración. Pentecostés tiene una importancia incomparable  en la estructura que Cristo otorga a su Iglesia. En la visión y directivas del Señor el Espíritu Santo será quien enseñe sin error e impulse la obra de la evangelización. Prescindir de Él, tanto en la teoría como en el comportamiento práctico, lleva inexorablemente al relativismo, que Benedicto XVI denuncia en reiteradas oportunidades, o a la muerte. Grandes acontecimientos de la historia constituyen la prueba de la necesidad del sometimiento al Espíritu: Vgr. los Concilios Ecuménicos.

 

3.- Educación para la fidelidad.  Pero, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo se ha alojado definitivamente en la historia humana. Existen manifestaciones sorprendentes de su acción, también en quienes no tienen una noción explícita de su activa presencia. Mucha gente buena, gestos heroicos, dedicación generosa al bien de las personas, constituyen la prueba del trabajo oculto y silencioso del Espíritu de Dios, enviado por Cristo - también al mundo - en aquel lejano día de Pentecostés. Hoy lo recordamos. Ese principal Don requiere de los hombres, aunque no lo conozcan, una íntima y empeñosa actitud de fidelidad. Sostener una conducta honesta, a pesar de los acechos tendidos por la frivolidad imperante, supone una severa educación en la fidelidad a los grandes valores. Alguien me ha pedido – hace muchos años – que orara para que su hijo, recién bautizado, fuera sacerdote. Mi respuesta fue inmediata y simple: “Rogaré a Dios para que tu hijo sea un hombre honesto, destacado por la fidelidad a los valores que profesa; de esa manera estará garantizado el desempeño de su misión, cualquiera sea ésta”. Sin este entrenamiento en la fidelidad -  una austera disciplina educativa – la declinación moral generalizada predominará en los momentos de las grandes decisiones. Los mejores hombres y mujeres constituyen el fruto espontáneo de la educación recibida, especialmente en el seno familiar. Pero la única garantía es el responsable aprendizaje de esa fidelidad por parte de cada uno de ellos.

 

4.-  Fieles al Espíritu.  El don inapreciable de la libertad hace de cada hombre el único responsable de sus actos. Nadie puede culpar de sus errores a otros. Puede darse - en situaciones muy especiales - el debilitamiento de la libertad, rara vez su total enajenación o supresión. El Espíritu Santo hace posible el goce de la libertad, incluso del más débil, e inspira su correspondiente comportamiento. Lo importante es sintonizar con Él y así comandar la propia vida. Equivocamos el camino cuando nos inventamos un plan contrario al de Dios. No somos más libres porque hacemos lo que se nos antoja, al contrario, de esa manera llevamos la debilidad de nuestra facultad de decidir a la muerte de la libertad que intentamos reivindicar. “La verdad los hará libres” - enseñaba  Jesús - y nuestras ilusiones no constituyen esa verdad. La voluntad de Dios es la única Verdad, en la que los hombres debemos abrevar nuestras verdades. El Espíritu Santo, donado por Dios a la humanidad, revela constantemente la voluntad divina, a veces de manera misteriosa y oculta. Quienes adquieren el aprendizaje de la fidelidad sabrán captar su acción e inspiración. No es patrimonio exclusivo de los autocalificados creyentes. Únicamente quienes han pasado con éxito el aprendizaje de la fidelidad están en condiciones de acceder a Él. La Iglesia celebra aquel acontecimiento con fervor litúrgico y se empeña, en el ejercicio de su ministerio profético, en recordar a todos los hombres su universalidad.

 

5.- El aporte necesario de los laicos.  ¡Cuántos dolorosos contratiempos se hubieran evitado con ciudadanos correctamente educados en la fidelidad a los valores de su fe y de su cultura! La fe cristiana no excluye de la grave responsabilidad de ser buenos vecinos y del compromiso por el progreso socio político y técnico de su comunidad. Los cristianos son ciudadanos con plenitud de derechos y todas las obligaciones en el desarrollo de la sociedad. El Espíritu que los anima e inspira se constituye en garante de su identificación y de su aporte ejemplar. Como Pastor no quiero dejar pasar la oportunidad de manifestar mi gozo ante los laicos católicos que se hacen presentes en la exposición lúcida y constructiva de sus convicciones. Lo he podido verificar en la alta controversia protagonizada por ellos con motivo de la propuesta de un proyecto que contempla la legalización de la ligadura de trompas y vasectomía. Sus argumentos multidisciplinares no se limitan a parámetros puramente religiosos. Lo que piensan y dicen no es cosa de católicos - encerrados en sus esquemas - sino de hombres y mujeres de fe que saben compartir, con muchos otros no creyentes, coincidentes conclusiones antropológicas. La seriedad manifestada en el diálogo con algunos legisladores - de hace un par de semanas - constituye una garantía para fundamentar sólidamente las objeciones al proyecto en cuestión. Dios quiera se haya iniciado una era de profunda y seria reflexión en las cuestiones controvertidas que, multiplicadas, emergen en el amplio espacio de nuestra vida en sociedad.

 

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