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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

LA SANTÍSIMA TRINIDAD - 11/06/06

 

1.-  Combate contra la incredulidad.  Dos cosas importantes se encuentran en este breve párrafo evangélico: la revelación del Misterio de la Trinidad, en nombre del cual se inicia y desarrolla la vida cristiana, y la promesa de la permanencia de Jesús entre sus discípulos “todos los días, hasta el fin del mundo”. Es necesario aprender de Jesús a vivir en Dios nuestra difícil condición humana. La contemplación de la Trinidad y la seguridad de la presencia de Aquel que nos introduce en ese adorable Misterio deben asistir nuestro arduo caminar entre las tribulaciones y persecuciones del Maligno. Su amor calma nuestra fatiga. Su gracia elimina las secuelas de la lucha cotidiana y nos impulsa a “gloriarnos en nuestra debilidad”. El mencionado texto evangélico de Mateo relata que “algunos sin embargo dudaron”. A pesar de los claros signos de su glorificación no eximió a sus amigos del tributo personal de la fe. La historia extensa de la Iglesia, a partir de aquel momento, debía ser un combate permanente contra la incredulidad. La fe de Tomás es el derrocamiento definitivo de su incredulidad. Somos un pueblo peregrino - en la fe - hacia la casa familiar del Cielo. Allí nos espera el Padre, habiéndonos otorgado en Cristo su perdón. La conversión es una pelea dolorosa por conseguir ese necesario perdón.

 

2.- Incredulidad y comportamiento común. ¡Qué lejos está el clima social que respiramos continuamente del ideal presentado por el Evangelio! La fe aparece como un sentimiento heredado mientras que la incredulidad es el triste sustrato del comportamiento común. Lo absorbemos naturalmente - como el oxígeno - y nos movemos por su misteriosa y tétrica virtud. Los criterios que se manejan provienen de la incredulidad generalizada, no de la fe que, no obstante, afirma la mayoría profesar. Si indagáramos qué piensan nuestros vecinos, incluso quienes comparten nuestra práctica religiosa, hallaríamos incoherencias graves entre el comportamiento habitual y los valores de la fe. El gran desafío de la hora actual, identificado por los últimos y venerables Pontífices, es restablecer la coherencia entre fe y vida. Esto viene de muy atrás. Los responsables de la pastoral de la Iglesia - hace cincuenta años – hablaban de un “divorcio” doloroso entre la fe católica y el comportamiento cotidiano. Como resultado de encuestas recientes aparece una disminución del 10% de los autocalificados católicos, en relación con el año anterior. Es saludable llevar la honestidad de la encuesta hasta sus últimas consecuencias. Del 84% que se mantienen católicos, menos del 10% son “católicos practicantes”. ¡Cómo se reduce el número de creyentes católicos, comprometidos con la fe que profesan! Me conmovió el razonamiento de una ex católica práctica, psicóloga de profesión: “Iba todas las semanas a misa y estaba segura de tener fe. Pero un día advertí que me sentía “tan muerta como la imagen del Cristo al que rezaba en la cruz” y que transitaba por la vida con amargura y miedo de todo”.

 

3.- Falsas imágenes de Dios.  La última frase de su declaración formula la amarga confesión de un error, sin duda involuntario: “transitaba por la vida con amargura y miedo de todo”. ¿En qué fuente ha bebido su “espiritualidad” cristiana? Ciertamente no en el Evangelio y en el ejemplo admirable de los santos. Alguna práctica religiosa - que así concluye - se inspira en falsas imágenes de Dios. Cuando se atribuye a Dios un comportamiento que no corresponde al del Padre misericordioso, revelado por Cristo, nuestra vivencia religiosa se sumerge en la amargura y el miedo, y nuestra religión aparece como difícilmente creíble. ¡Cuántas monedas falsas se distribuyen en esas formas seudo religiosas! Gracias a Dios conviven con nosotros admirables cristianos, de todas las edades y condiciones de vida, que se distinguen por su autenticidad. Para identificarlos se requiere un espíritu humilde, limpio de prejuicios y fiel. Virtudes que faltan en nuestra sociedad, al menos en muchos de quienes tienen la enorme responsabilidad de cambiar las cosas. La Iglesia celebra el Misterio de la Santísima Trinidad en un clima marcado por la adversidad moral e ideológica. El temor – nada cristiano – busca prevalecer entre acontecimientos de lúgubre configuración. Si el amor no inspira e impulsa el comportamiento humano, será el miedo el que lo desoriente trágicamente.

 

4.- Temor e incredulidad.  Repugna al corazón humano moverse por temor. Experimenta la asfixia del encierro y se inmoviliza como cediendo su vida a la muerte. Jesús exhorta a desprenderse de todo temor; más aún, lo considera una incredulidad: “¡Hombres de poca fe! ¿Por qué temen?”. Con motivo de las fechas coincidentes con cierta profecía apocalíptica, de dudosa interpretación, he recibido temerosas consultas: ¿Es verdad que se avecinan catástrofes universales el día 6, del mes 06 y del año 006? Ya pasó la fecha. Algunos han respirado aliviados y otros han sonreído socarronamente. Dios quiere atraernos por el amor, expresado en el misterio de amor de la Cruz de su Hijo encarnado. San Juan afirma que el miedo y el amor no se conjugan, al contrario, se contradicen como la luz y las tinieblas. Las experiencias señaladas más arriba por ex católicos nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre nuestra vivencia de la fe en el seno de la Iglesia Católica. No parece ser siempre el amor la energía íntima de la acción evangelizadora. El capítulo nuclear de la Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” es el titulado “El Espíritu de la Evangelización”. El Amor del Padre y del Hijo es el Espíritu Santo. El Espíritu es el Amor. Su presencia colma de amor la intimidad de los creyentes y los impulsa a constituir al amor en único proyecto de vida. Es el dinamismo que mueve a la Iglesia en la historia voraginosa del mundo para “instaurar todas las cosas en Cristo”.

 

5.- La perfección del amor.  La primera Encíclica del Papa Benedicto XVI, “Deus Caritas est”, pone al tema central en el corazón de su magisterio. La fe de la Iglesia está muy lejos de cualquier falsificación del término. Por ello choca contra conceptos y costumbres vulgarizados en esta plural sociedad. La deformación que el pecado ha introducido en la vida afecta sus principales valores. El más constitutivo de la persona es el amor. Su malversación causa gravísimos trastornos y lleva a la ruina las principales manifestaciones de la vida personal, particularmente la familia. Las severas advertencias de la Iglesia, con respecto a legislaciones contrarias al orden natural, están asistidas por sólidos fundamentos antropológicos y por su multisecular doctrina de la fe. El amor debe avanzar hacia la perfección revelada en el Misterio de Cristo. Dios, Uno y Trino, proyecta su imagen en la obra maestra de su creación: el Hombre.

 

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