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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

- Domingo 25 de junio de 2006 -

  

1.-  La sabiduría del pueblo.  El temor es consecuencia de la inseguridad, y ésta lo es de la falta de amor al Señor que, no obstante, jamás nos desatiende.  Jesús aparece liberando a los hombres de los males profundos que los aquejan: la posesión diabólica - o el dominio del mal - y las enfermedades. Lo hace mediante su incansable enseñanza y su entrañable cercanía. Su identidad de Maestro y Señor lo ubica en el interior de una historia maltratada por la irresponsabilidad y la ignorancia. Sus seguidores deben atravesar las sombras y combatir - desde la fe - sus propias inseguridades. Ni sus más íntimos son eximidos de esa riesgosa travesía. El tiempo de la prueba y del aprendizaje se extiende “hasta el fin”. Lo estamos experimentando en confusas controversias y en justificaciones cristianamente insostenibles. Es el momento de reaccionar con sensatez y esperar pacientemente que la verdad se imponga o que la luz disipe las tinieblas. El clima agresivo generado contra los valores más sagrados inspira – a veces - respuestas apresuradas y desaliento. Da la impresión que el mal, la corrupción y la ignorancia, prevalecen sobre el bien y la sabiduría. Ya lo he expresado en otras oportunidades: es una victoria ocasional y frágil. Finalmente se impondrá la sabiduría del pueblo que, asistido por su fe religiosa, sabrá dar las espaldas a lo que pretende oponerse a sus más hondas convicciones y creencias.

 

2.- Merecedores de la elección de Dios.  La renovada evangelización constituye una propuesta positiva para el hombre hambriento de verdad y trascendencia. Es un hambre que proviene de su naturaleza y no podrá ser saciado con alimentos no genuinos. Jesucristo es el verdadero Pan “bajado del Cielo” y, por lo mismo, el auténtico alimento que nutre el corazón humano. Es preciso suministrarlo por “la enseñanza de los Apóstoles y la fracción del Pan”. Su descuido produce un debilitamiento que desemboca en la ignorancia y en la traición. La urgencia por evangelizar, que acuciaba a los Apóstoles, hoy se acrecienta enormemente. Nuestro pobre mundo está flagelado por el error y la maldad, no obstante, sus hombres y mujeres son dignos - por elección de Dios - de la Verdad y la santidad. Cristo, por su ofrecimiento en la Cruz, los hace merecedores de la elección del Padre. ¡Qué extraño se hace al paladar actual un pensamiento de esta naturaleza! Pero está la gracia - la acción gratuita del Dios que los ama - y conseguirán el bien trascendente que sueñan. La fe hace accesible la gracia que necesitan. Es urgente que se les anuncie el Evangelio. En él hallarán toda la verdad y podrán encauzar sus actitudes y compromisos constituyéndolos en la respuesta debida al ofrecimiento de integrar el Reino de Dios.  En ese anuncio está incluida su preparación mediante la exhortación evangélica a la conversión.

 

3.- Cristo nos liberó.  La tarea evangelizadora de la Iglesia misionera ha encontrado - y encuentra - infinidad de graves escollos. Lo comprobamos a diario. Es extraño al mundo el lenguaje que en ella se emplea, tanto en la vida de los santos como en el Magisterio de la misma Iglesia. Lenguaje a veces muy distorsionado, por malicia o por torpeza, en los antojadizos comentarios y en la errónea interpretación de sus auténticas conclusiones doctrinales. Es preciso acercar el lenguaje de la sabiduría evangélica a los “bienaventurados pobres de espíritu”. Provistos de ese lenguaje podrán discernir dónde está la verdad y dónde la mentira. Como la educación también la evangelización provee al pueblo de los recursos necesarios para no dejarse fagocitar por las ideologías de turno y, en consecuencia, lograr una libertad saneada - que únicamente Cristo otorga - para elegir sin engaño lo que corresponde.  Hay un texto muy expresivo de San Pablo a los Gálatas: “Para ser libres nos liberó Cristo”. Me he referido, con mucha frecuencia, al tema de la libertad. Se han atribuido a la Iglesia tácticas anuladoras de la libertad. La firmeza en la formulación de la fe es confundida injustamente con prácticas dictatoriales. Nada más distante de la verdad. Llamar a ser responsables no constituye un atentado contra la libertad, tanto individual como pública, al contrario. El pecado enfermó al hombre en su libertad. La gracia de Cristo lo sana y restablece en su plena capacidad libre. Le ofrece la posibilidad de recomponer el orden de la naturaleza irresponsablemente destruido por él.

 

4.- ¿Qué esperan de la Iglesia?  No nos es lícito ocultar esta verdad, que encuentra en el Evangelio su más pura expresión.  No podemos callar lo que nuestras profundas convicciones de fe exigen proponer a los hombres y recordarlo, a quienes dicen compartir la fe católica, en situaciones - como las actuales - causadas por la confusión y el conflicto. Me extrañan algunas reacciones. ¿Qué esperan de la Iglesia? ¿Que disimule su verdad porque incomoda al relativismo moral que pugna por imponerse? Durante los dos mil años de su historia ha manifestado una monolítica fidelidad a las verdades evangélicas. Para mantenerla ha debido enfrentar deserciones dolorosas y dramáticas persecuciones. La unanimidad de la fe es fácilmente comprobable. Basta observar la inquebrantable comunión de Vida y Verdad entre el Papa, los Obispos constituidos en Conferencias Nacionales, los Obispos diocesanos y sus diversas Iglesias particulares.   La Verdad es una. No admite ser torcida - con ánimo de mal modernizarla - hacia intereses que le son contrarios. ¿Cuándo decidiremos aprenderla? ¿Cuándo la acogeremos como don sin pretender reinventarla malversándola? Cristo es la Verdad. El Espíritu de Dios inspira sus formulaciones y constituye el parámetro necesario para no errar y para otorgar a toda norma y legislación humana su legitimidad. Cristo que es “el Señor de la historia” no lo es únicamente de la Iglesia. El recordado Papa Juan Pablo II afirmó: “El hombre es el camino de la Iglesia”. Se refería a todo hombre ya que - por él - Cristo ha derramado su Sangre en la Cruz.

 

5.- ¿Entre quiénes estamos?  El celo evangelizador de la Iglesia, como lo fue de los Apóstoles, alienta una marcha histórica hacia toda la Verdad. Es minoritaria  - en sus auténticos miembros - pero constituye un beneficioso fermento cuya meta es orientar la enorme peregrinación de todos los hombres a la Casa del Padre. No logrará, ni lo debe pretender, que todos piensen igual. Su misión es reunir a los peregrinos, recuperándolos de la dispersión, para que en pos de Cristo vayan a la Morada común. Exponer la Verdad revelada en Cristo es ofrecer al mundo el único mapa de ruta que lo conducirá al anhelado puerto. No todos, como podemos comprobarlo, se atendrán al ofrecimiento que hace Cristo por sus testigos. Algunos mantendrán ante él la frigidez de la indiferencia, otros lo combatirán sin tregua y muchos otros acudirán a su llamado. ¿Entre quiénes estamos? Buena pregunta para un momento de saludable y urgente reflexión.

 

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