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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

13er DOMINGO durante el año - 2 de julio de 2006

  

1.- El verdadero don de Cristo.   Jesús manifiesta una conmovedora solidaridad con quienes sufren. Sabe que, más allá de la curación, necesitan la salvación y, más allá del bienestar, tienen hambre de perdón y de paz. Hace que converjan y que una sea signo conductor de la otra. Muchas veces perdona y cura, otras considera la respuesta de fe como causante de la sanación: “Tu fe te ha salvado”. Siempre subraya la importancia del don espiritual sobre el material. Resolver algunos problemas muy humanos, como la pobreza, la paternidad y maternidad incontroladas - y todo conflicto generado por las mismas - con métodos que repugnan a la dignidad de las personas, no aporta sino más tribulación y pobreza. Quienes leen o escuchan inteligentemente estas palabras saben a qué me refiero. No se percibe un empeño generoso por intensificar y popularizar la educación, por  promover el trabajo digno, por decidir la justa distribución de los bienes, por eliminar la verdadera discriminación; se echa  mano, burlando los graves argumentos de la oposición, al sendero fácil de la mutilación y del aborto. Los responsables de los variados servicios que el pueblo reclama - educación, salud y trabajo - tienen ante sí un ineludible desafío. Es conveniente reunir los mejores esfuerzos para responder solidariamente al mismo.

 

2.- La Iglesia sigue enseñando.  Sin duda la Iglesia, junto a muchos otros hombres y mujeres solidarios con su pensamiento, seguirá exponiendo su enseñanza. Gracias a la acción evangelizadora se ha producido, a lo largo de la historia, una auténtica humanización. La lucha fue ardua, a veces sumamente riesgosa. Al predicar a Cristo se tuvo en cuenta lo que Juan Pablo sintetizó en su primera Encíclica: “En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella, y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, de su existencia”. (“Redemptor hominis” 4 de marzo de 1979) Cuando los dueños del pensamiento contemporáneo advierten que el Evangelio propone el suyo, con la fuerza de convicción de los auténticos creyentes, comienzan a incomodarse. La intencional desacreditación a que someten la doctrina de la Iglesia responde a esa temerosa advertencia. En la perspectiva de la Iglesia, siempre antigua y siempre nueva, la Verdad es - en Cristo - un don inapreciable. Dios es su dueño y lo ofrece gratuitamente a quienes se disponen a recibirlo. Es aplicable a toda realidad y se inscribe en las culturas, purificándolas o llevándolas a plenitud. Es inevitable que deba entreverarse, en una esgrima riesgosa, sin abajarse a una metodología inescrupulosa; creando – por momentos - la sensación de manejarse ingenuamente.

 

3.- El derrotado Vencedor.  Sean sagaces como serpientes y cándidos como palomas” - afirmaba Jesús - constituyéndose en modelo del “derrotado vencedor”.   Sus enemigos, hasta el momento de la ruptura del velo del Templo, se consideraron triunfadores. Al fin habían logrado batir al temido y odiado profeta galileo. En Cristo, la cruz se convierte en trono, los clavos en signos de su verdadero poder, la muerte en antecedente inmediato de la Resurrección. Su aparente abatimiento lo pone al frente de la peregrinación universal que se orienta, definitivamente, al Padre. Esta visión auténtica del Misterio de Cristo no es producto de una ensoñación romántica.  A la vuelta de la historia nos hallaremos con toda su Verdad y quedará denunciado definitivamente el error y sus frágiles victorias. Es urgente ser advertidos y advertirlo. Cristo está presente en nuestra vida, silencioso y activo, dispuesto a recibir el eco arrepentido de quienes deciden internarse en el camino de la fe. Es dejar la superficie, a veces sin base de verdad, para trasladarse a lo que no es apariencia, desde donde Dios se hace encontradizo con cada persona. Me refiero al Misterio de Cristo, definitivamente enseñoreado de la historia, en la que los hombres de nuestro tiempo pretenden edificar su mundo al margen de lo que hizo y hace Dios. San Pablo recuerda la inutilidad de “dar coces contra el aguijón”.  La primera parte de su historia, marcada por una celosa persecución anticristiana, constituirá una dolorosa pero fecunda experiencia de ese error.

 

4.- La humilde búsqueda de la verdad.  La acción evangelizadora, de la que hablamos con tanta frecuencia, es la voz que escuchó Saulo en Damasco al ser derribado de su cabalgadura. Saulo quedó ciego y recuperó la vista al abrir su corazón a la Verdad que los discípulos del Señor le transmitían. Muchos se empecinan en permanecer ciegos y seguir su camino a los tumbos, sin saber a dónde ir. Nuestro mundo está habitado por ciegos, empeñados en rechazar el ofrecimiento de la Verdad, y que entenebrecen con su ceguera los más lúcidos proyectos.   Es necesario volver a Dios, por el Camino trazado por Él, y recuperar la sensatez que produce la humilde búsqueda de la verdad. Para ello, será preciso agudizar el oído e identificar la voz del Maestro que nos llama. Todos necesitamos estar alertas, incluso quienes han tenido la oportunidad de ser receptores de la Buena Noticia. El clima enrarecido por la soberbia, patente en las relaciones entre las personas, produce un distanciamiento progresivo del espíritu del Evangelio. Lo advertimos en los espacios más “sagrados”, habitados por hombres y mujeres que debieran tener conciencia de su necesidad de estar alertas y no descuidar el acceso a las fuentes de la gracia. Los templos - concurridos masivamente - ofrecen esas “fuentes de gracia” o, de lo contrario, son confundidos con grandes laboratorios de paliativos religiosos que no curan ni orientan las vidas de sus visitantes. Al Pastor le corresponde exponer - también para sí mismo - todas las exigencias de la fe.

 

5.- La presencia de Cristo.  Cristo produce cambios esenciales en nuestra vida, personal y social, que, aunque parezcan imperceptibles, interesan nuestra cultura y el orden social que nos impongamos. También, como lo hemos afirmado en circunstancias críticas de nuestra reciente historia, juzga nuestras contradicciones y deja de manifiesto nuestro mal comportamiento. Proclamar el realismo de la presencia de Cristo es, para los cristianos, un deber ineludible. Hace una semana celebrábamos la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista. Su reconocimiento público de la presencia del “Cordero de Dios que borra el pecado del mundo” es ejemplar. No teme al desplazamiento de su carismática figura; el Señor, del que es precursor, está ya presente y es su deber identificarlo ante todo el mundo. Los cristianos - desde sus máximos Pastores, hasta el más pequeño bautizado - tienen la misión y la responsabilidad de señalar a sus hermanos del mundo que Cristo es “el Cordero de Dios que borra el pecado”, que está presente y restablece la justicia y la paz.

 

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