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Homilía del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

106º Aniversario de la Coronación Pontificia
de NUESTRA SEÑORA DE ITATÍ

- 16 de julio de 2006 -

  

1.-  Inseparable de la Iglesia.  ¡Qué gozo el del pueblo correntino al celebrar a su Madre de Itatí! Hoy se cumplen ciento seis años de la Coronación Pontificia de la sagrada Imagen. La Iglesia corona lo que Dios corona, como - también - produce lo que Dios produce, por su Santo Espíritu. La primera infusión del Espíritu elimina del corazón de los discípulos el temor. Cabe recordar a aquella asustadiza comunidad, sostenida entonces por María Madre.  El primer fruto del Espíritu de Pentecostés es la respuesta a la repetida exhortación de Cristo: “¡No teman!”. A partir de aquella semilla humanamente frágil, pero animada por el Espíritu Santo, comienza la obra gigantesca de la evangelización del mundo. Dios hace fuertes a los débiles y sabios a los indoctos humildes. La historia mostrará esos admirables frutos del Espíritu. María, desde Pentecostés, acompaña a la Iglesia de su Hijo y mantiene su sitio propio entre los discípulos y - con ellos - en el mundo. Desde entonces, la misión evangelizadora no prescindirá de la presencia fuerte y progresivamente explícita de María. Desde su designación como Madre de Juan - ultima lectura del testamento de Jesús agonizante - María adopta a todos los hombres como hijos y los orienta pacientemente al encuentro con su divino Hijo, en la Iglesia.

 

2.- Itatí.  Itatí es una expresión particularmente bella de esa historia de acompañamiento materno. Corrientes aceptó aquel legado divino y estimo que no lo quiere desechar ahora.  Pero - aunque emotivamente no sea así - algunos comportamientos indican olvido y rechazo. Sus hijos correntinos contristan a María de Itatí, la Purísima Madre de Dios y nuestra, cuando abandonan la enseñanza de su Hijo, manifestada en el legítimo Magisterio de la Iglesia. A pesar de las claudicaciones y confusas actitudes, puestas de manifiesto recientemente, es éste un momento propicio para volver a la casa materna y armonizar la propia libertad con la Ley de Dios. Nadie pierde cuando usa su libertad como corresponde. De lo contrario todos pierden y corren el riesgo de no acertar el camino que conduce a la verdad que buscan. Se aprende de María cuando se toma parte del discipulado del divino Maestro, su Hijo. Allí la Madre se pone junto a nosotros y nos enseña cómo debemos volvernos al Padre por el Camino de su Hijo. Es preciso dejarnos llevar por ella, aceptando nuestra natural condición de niños, dispuestos a crecer hacia la adultez de los mayores que son los santos. Para ello se nos exigirá preguntar cuál es la verdad que nos hace libres. Jesús ha dejado la respuesta - en el corazón materno de la Iglesia – por el Espíritu vivificante y renovador. Lo ha dejado en el Ministerio humilde de los sucesores de los Apóstoles, y, particularmente, en los testigos privilegiados de su acción santificadora.

 

3.- Ordinaria intervención de María.  La especial y ordinaria intervención de María, en las historias trajinosas de nuestros pueblos, indica la providencia condescendiente del Padre Bueno que se manifiesta en la muerte y Resurrección de Cristo. No ha pasado el momento de la primera evangelización. Una parte de la humanidad ha sido exitosamente evangelizada y ya goza de su perfección en la Patria del Cielo. Otra parte, la que integramos, está haciendo el camino de despegue y sufre las alternativas del tránsito, agobiada por la fatiga de la lucha y asediada por la tentación.  En ella se dan todos los estadios del progreso: desde el anuncio evangélico, y su correspondiente testimonio apostólico, hasta la Eucaristía, su plenitud sacramental. María, en estas multitudinarias peregrinaciones, se hace para todos: Madre y Maestra. Se palpa su solicitud, y la orientación que ella sabe imprimir en los peregrinos. La llegada de los mismos termina con el abrazo del Padre Dios que los perdona y festeja su retorno. Cristo está en su Iglesia para ser el rostro del Padre – que es suyo y nuestro - y mostrarnos la novedad que debemos adoptar, profundizar o iniciar.  Esa novedad tiene rasgos inconfundibles que conformarán un estilo de ser y comportarse. Si se opta por ella debe rechazarse lo que la impide o vuelve irrealizable. Me refiero a las distintas manifestaciones del pecado asimiladas como aspectos distintivos de la moderna cultura.

 

4.- María funda su amor en la verdad.  Allí se produce la lucha sin cuartel: el bien contra el mal, la Verdad contra el error y el amor contra el odio… Los auténticos valores no se agotan en la formulación de principios irreformables. Cuando son presentados  - en sus legítimas y tradicionales expresiones - sus expositores son tildados peyorativamente de “principistas”.  Lo comprobamos a diario, en ciertas controversias mediáticas o en abiertas campañas que, con la excusa de ilustrar a la gente, esconden la información científica y doctrinal adecuada promoviendo adhesiones impuestas desde el engaño y la ignorancia. María funda su amor en la verdad. Por ello no se constituye en dique que guarda al pueblo para sí sino en generosa espuerta que lo ofrece al único Salvador y Dios. Sabe, como nadie, dónde está el Bien absoluto de los hombres y mujeres - constituidos en un pueblo peregrino - y los conduce pacientemente hacia Él. Su atracción no es música de sirenas sino un verdadero llamado al bien y a la verdad. Su Casa, a la que somos atraídos, es la Casa del Padre donde Cristo, celebrado en el perdón y en la Eucaristía, se hace todo para todos. Así hemos venido hasta aquí. Lo hacemos cada año recordando un nuevo aniversario de la Coronación Pontificia de la Imagen venerada. El pueblo de San Luís - y las parroquias aledañas de Paso de la Patria, San Cosme y Santa Ana - ha mantenido con admirable fidelidad sus anuales peregrinaciones durante 106 años consecutivos.

 

5.- María de la Navidad y de la Cruz.  Celebrar la Eucaristía, como culminación de la solemne celebración mariana, es manifestar públicamente el sentido propio y único de las multitudinarias peregrinaciones a esta amada Basílica y Santuario de Nuestra Señora de Itatí. María nos ofrece a Cristo como en Navidad y en la Cruz. Su regazo virginal exhibe la ternura del recién nacido y  la sangre inocente de Jesús, descendido de la Cruz. Quedémonos con esta imagen y reordenemos nuestra vida - privada y pública - desde una sincera conversión al Evangelio. Es el anhelo evangelizador de la Iglesia. Predicar a Cristo es ofrecerlo al mundo en los brazos de María de la Navidad y de la Cruz. Si ese cuadro histórico no es capaz de conmover nuestro corazón y recomponer nuestro compromiso cristiano, ¡a qué abismos aterradores de incredulidad y soledad hemos descendido! Pero, avivemos nuestra esperanza, Cristo sigue ofrecido a nuestra renovada fidelidad desde los mismos brazos maternales de María.

 

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