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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA
 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


6 de agosto de 2006
 



1.-  
Hay que escucharlo.  Es preciso escucharlo. De sus labios sale la Verdad del Padre, destinada a los hombres que están sedientos de ella. Más aún, es la Verdad misma que formula Él - por mandato de su Padre - para quienes quieran poseerla. Esa conciencia de transmisor de la Verdad lo acompaña constantemente. Enseña “como el que tiene autoridad”, porque la tiene. Es escuchado con verdadero recogimiento; San Pedro le dice, espontáneamente: “Sólo tú tienes palabras de Vida”. En el texto histórico de la transfiguración el Padre lo declara su Hijo y, como consecuencia, lo inviste de la facultad de enseñar a todas las gentes: “¡Escúchenlo!”.  Quienes creen en los Evangelios, principalmente si juran sobre ellos, no dudan que contienen la Palabra de Dios. En ella está toda la Verdad que Dios revela, por su Hijo; destinada a ser escuchada y asimilada mediante un comportamiento fiel. Cuando Pedro, Santiago y Juan son exhortados por el Padre a escuchar a su Hijo, son invitados a vivir lo que escuchan. Para ello se les exige aceptar la conformación del Colegio Apostólico en el espacio dinámico de una convivencia discipular. Aquellos hombres se constituyen en discípulos ejemplares, que aprenden todo lo que el Maestro es y dice. De esa manera se van capacitando para mantener vivo, mediante un servicio instituido, el magisterio de su Maestro.

 

2.- El Colegio de los Apóstoles.  En lo sucesivo, por intermedio de ese ministerio, se reproduce la clara voz del Maestro que - mediante la palabra – posibilita la adhesión inquebrantable a la Verdad que así es transmitida. Los discípulos aquellos profesan un culto verdadero al magisterio de su Maestro - y a su Maestro - incluyendo la absoluta necesidad de permanecer siempre en el Colegio por Él instituido. Su magisterio está allí, sostenido por la gracia del Espíritu de Pentecostés, brindando al mundo el contenido de la Verdad revelada. Ese Colegio se prolonga en el que integran hoy el Papa y los Obispos. La gracia lo asiste, en las actuales circunstancias, para que Jesús siga siendo el Maestro y conduzca a los hombres al encuentro con la Verdad que necesitan. Encontrará graves contradicciones en medio de una sociedad afectada por la ceguera que impide ver lo que ha sido revelado de una vez para siempre. Es doloroso comprobar los intentos de invención de lo ya formulado hace dos mil años. Se comprende que cada persona deba iniciar y conducir su propio proceso de encuentro con dicha Verdad. El clima cultural influye en la menor o mayor facilidad de acceder a ella. La Iglesia ofrece un acceso directo y garantizado por la acción del Espíritu Santo. Para identificarla en la sociedad se requiere la fe, de lo contrario, inevitablemente se la confunde y desnaturaliza.

 

3.- ¿Católico, apostólico y romano?  A veces los mismos cristianos manifiestan un deplorable desconocimiento de su identidad. Hemos escuchado, de ciertas personas, declaraciones altisonantes: “¡Yo soy católico, apostólico y romano!” – y, a la primera de cambio, desatan su furia contra sus pastores y sostienen principios adversos al contenido claro de la enseñanza de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¿Contradicción? ¿Incoherencia? ¿Ignorancia? El reclamo insistente de que los bautizados sean coherentes - y no cedan a la hipocresía - aparece ante innumerables expresiones de “creyentes” situados en las antípodas de la fe y de la auténtica práctica religiosa. La nueva evangelización exige transparencia y lealtad. Se advierte una atmósfera social enrarecida por la violencia ideológica y delincuencial. Basta salir a la calle, a ciertas horas y en determinados lugares, y experimentar un verdadero terror a lo trágico e inesperado. No se respetan los valores considerados sagrados: la vida, la maternidad, la dignidad de la mujer, de la ancianidad y de la niñez. Cuando las imágenes de la terrible guerra del medio oriente desbordan las pantallas de los televisores sobreviene - en los mudos espectadores - una sensación de desamparo y soledad.  Los cuerpecitos de niños masacrados, en brazos de atónitos socorristas, colman los límites de la imaginación más propensa a lo terrorífico. ¿Cuál es la génesis de mentalidades capaces de llegar a tales extremos de la inclemencia y del horror?: Sociedades que olvidan los valores sagrados de sus tradiciones religiosas e históricas; que descuidan su legislación, a veces desajustada del orden auténtico y de la verdad; que postergan la educación - en sus variados niveles - y se oponen a la observancia de las elementales normas de la disciplina moral y cívica.

 

4.- La libertad enferma.  Se puede alargar la lista casi sin agotarla. He visto las imágenes conmovedoras de la muerte de una joven pacifista que intentó frenar la acción de una topadora, dedicada a demoler casas familiares, con sus habitantes dentro, y fue arrollada por ella. ¡Hasta cuándo, Señor, el mal seguirá inundando la pobre tierra de los hombres! Cristo ha muerto para refundar el orden sobre la piedra angular de la voluntad de su Padre. No es de Dios imponerse dictatorialmente, contradiría su perfecto proyecto sobre el hombre. Habiendo enfermado su libertad, la persona humana necesita un nuevo empeño de su Creador para recuperar la salud.  Se ha producido en el inolvidable acontecimiento de la Pascua. Cristo es el que sana la libertad: “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud”. (1 Gálatas 5, 1) Se entiende mal la libertad cuando se la utiliza como pretexto para ignorar las leyes y, particularmente, la ley divina grabada en la conciencia individual. El denominado “trasgresor” es un esclavo de la enfermedad de su capacidad libre. Elige bajo la presión de su torcida inclinación y, por ello, se equivoca. El que roba elige lo que no debe. El que hiere, lastima, viola o mata se inspira - para elegir - en su progresiva y mortal deformación.

 

5.- Un solo Maestro.  La escena de la Transfiguración adquiere su propia dimensión ante un mundo que intenta crearse a sí mismo desconociendo a su verdadero Creador. El nombre de Maestro con que el Padre  designa a su Hijo, ante quienes deben escucharlo, se conjuga con la misma expresión de Jesús: “Tienen un solo Maestro que es el Cristo”. No es una cerrada interpretación de la historia reconocer la verdad donde se encuentra. Cristo es el Maestro que enseña y la Verdad que es enseñada.  Escucharlo es más que percibir el sonido de una voz y descifrar la sentencia que en ella se deja oír. La doctrina de la fe establece un contacto directo con el Maestro que la ofrece. El requisito de la fe “para entender” no es otra cosa que la adhesión a la persona de Jesucristo Maestro. En la exhortación divina: “¡escúchenlo!” se entiende un reclamo de conversión al Señor que debe ser escuchado. Está pronunciada en el contexto evangélico del “seguimiento”.

 

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