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Alocución radial del Arzobispo de Corrientes

Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

 

20 de agosto de 2006

 

 

1.- Cristo Pan bajado del cielo.  La Eucaristía es Cristo-pan. Es preciso comerlo para conocerlo y nutrirse de su santidad y sabiduría. Para comunicar esta asombrosa novedad es preciso utilizar el mismo lenguaje evangélico. Para entenderlo se requiere entrar en la dimensión de la fe. El mundo de las verdades relativas, de las incógnitas irresueltas, del sueño sin amanecer, no puede comprender. Jesús le ofrece la clave para completar el descubrimiento de la verdad y hallar sentido propio a todo lo que constituye su realidad.  Para ello la gracia vendrá en auxilio de los hombres y les devolverá la vista para identificar los valores y las verdades. Mientras esa gracia no sea acogida con sencillez las consecuencias del pecado conformarán un caos sin salida. Pero ¿por qué tanta dificultad para entenderlo? Lamentablemente existe un comportamiento indoblegable que se adueña  de esta sociedad sin rumbo. Lo observamos a simple vista, se nos presenta con apariencia de realidad y no es más que un fantasma que tarde o temprano se diluye. La Verdad sale de los labios de Jesús. Su presencia histórica y sacramental es más verdad que la aparente realidad que cuestiona a la fe. Según el método escogido por Dios la fe no se impone - si ocurriera perdería su consistencia - sino que activa el engranaje de la auténtica libertad.

 

2.-  Llamado a la libertad.  La predicación evangélica es un llamado a la libertad. El creyente es un ser probado en su libertad. Estrena una libertad que ya ha recuperado la salud. Algunos conciudadanos nuestros expresan su temor de que la Iglesia pretenda demoler la democracia y crear una teocracia. ¡Qué lejos de las convicciones católicas! No existe una doctrina que respalde con más solidez la democracia que la Doctrina Social de la Iglesia. Desafiaría a los intelectuales contemporáneos a profundizar los grandes documentos sociales del pasado siglo y de lo que va del presente. El sistema democrático es un estilo de vida que incluye valores irreemplazables. El respeto absoluto a la vida desde el instante de su aparición, la libertad - potenciada por la responsabilidad - y la tolerancia que  regule las relaciones personales. La sincera calificación del bien y del mal, sin descalificar para siempre a quienes se equivocan y saben aprovechar el espacio ofrecido para un digno arrepentimiento. La única esperanza para el pecador arrepentido es Dios. Los hombres no saben perdonar aunque se den las condiciones para el perdón. Los contemporáneos de Jesús - ultra religiosos - se escandalizan cuando la mujer pecadora llora a sus pies. El Señor la defiende: “Se le perdona mucho porque mucho ama”. El amor recuperado es el sendero abierto para el perdón. Es conveniente comprobarlo en la historia. La sed de venganza y la destrucción contra quien ha delinquido cierra las entrañas de los más pacíficos.

 

3.-  La auténtica revolución.  Sin duda la gracia del Evangelio - de Cristo - cambia los corazones y produce una auténtica revolución en la sociedad. Se manifiesta hoy un deseo irrefrenable de cambiarlo todo. El avejentamiento de lo más novedoso es una constante inevitable. Por ello, se suceden continuamente proyectos nuevos que vienen a reemplazar a los viejos, para agotarse al poco tiempo, como las hierbas del campo. En Cristo hallamos la Verdad irreemplazable, la que no avejenta ni permite que “la corrupción del sepulcro” la afecte. El perdón no es concesión a la impunidad ni olvido irresponsable, es un nuevo estado de las personas que indica el cambio de sus corazones. El ofensor y el ofendido causan una verdadera reconciliación cuando ambos se han dejado cambiar el corazón. Será tarea esforzada, promovida por la gracia de la fe, siempre interferida por la acción del mal existente y del egoísmo, que requerirá perseverancia en la obediencia a la voluntad del Padre aunque incluya - como en Jesús - aceptar la cruz. El lenguaje es evangélico pero su contenido posee la capacidad de expresarse en diferentes mundos y culturas. El Evangelio, en su mensaje esencial, mantiene una capacidad de diálogo con todos - menos con el pecado que denuncia - excluyendo toda intolerancia y fundamentalismo. Es preciso escucharlo o recibirlo con simplicidad de corazón y proclamarlo con la misma disposición interior. Las peleas, de las que somos testigos y protagonistas inevitables, toman dimensiones - a veces trágicas - como la guerra y la delincuencia.

 

4.- Despertar la fe.  Pero, esos extremos de la violencia, se generan en corazones enfermos. La gracia de Cristo - en quienes son de Cristo explícita o anónimamente - cura los corazones en una terapia que abarca todo el tiempo histórico. La auténtica acción evangelizadora suscita la fe que conecta explícitamente con la gracia de Cristo y pone a los corazones en condiciones de ser curados. Cuando esa acción ha perdido su capacidad de despertar la fe desciende a una mera campaña de religión intimista y desencarnada. Podrá incluso conquistar éxitos espectaculares pero extremadamente fatuos. No es la excitación afectiva la mejor prueba de una auténtica conversión sino la fidelidad hasta la muerte “aunque sea de cruz”. En mis últimas alocuciones me he referido, con preocupación, a la falta de fe: “la fe de los creyentes está debilitada”. Es preciso dedicar los medios pastorales a nuestra disposición - que son muchos - a suscitar y nutrir la fe en quienes no la poseen, la han debilitado o la han perdido. La profesión pública de fe católica - en un porcentaje alto de los ciudadanos argentinos – no coincide siempre con su comportamiento social y político abiertamente desconectado de la fe que afirman poseer.  La prioridad pastoral actual es renovar la fe. Para ello es preciso que los medios que la suscitan y alimentan se activen adecuadamente. Me refiero, en primer lugar, a la predicación del Evangelio y a la exposición valiente y clara de la doctrina católica. En esta misión están todos los bautizados gravemente comprometidos - desde el mandato misionero de Jesús - sean clérigos, consagrados y laicos.

 

5.- La guerra inhumana es una derrota.  La Iglesia de Jesús, aparentemente reducida en número, sigue siendo el fermento en la masa. Su misión de causar un encuentro real con el Cristo Vivo adquiere un peso enorme en medio de la dispersión de multitudes. La gracia de su Espíritu completará la obra y conducirá a quienes la acojan a toda la Verdad intentada. La fe produce el encuentro, y éste, la transformación de los corazones para la reconciliación. El artilugio de la diplomacia no alcanza, es resquebradizo y frágil. Nos alegra el cese del conflicto bélico del Oriente Medio pero, ¿Quién o qué garantiza su perdurabilidad? El odio está entero. El resentimiento está agravado por la muerte y la destrucción. Ambos bandos se declaran victoriosos mientras que debieran reconocer sus propias derrotas: la misma guerra. El mundo entero, también nosotros, a tantos miles de kilómetros del lastimoso teatro de operaciones, hemos aportado nuestras propias derrotas. Para desmontar esa cruel maquinaria es preciso cambiar - aunque parezca imposible - los corazones y, de esa manera, decidir una nueva edición moral del protagonista de la historia que vendrá. La gracia de Cristo “el Hombre Nuevo” lo hace posible.

 

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